YO NUNCA FUI DE MARINERITO

LA IMAGINACIÓN FUE SIEMPRE MI MEJOR TRAJE

No sólo por placer

No sé lo que le ocurre a  mi cabeza pero siempre pasa lo mismo. Cuando estoy en pleno estío mi mente se evade y se libera completamente de esta cosa de escribir. Pienso en ello y creo que nunca más se me ocurrirá algo con lo que entretener a las mentes más privilegiadas (y calenturientas) de este país. Pero entonces llega octubre. Mi pequeño cerebro borbotea ideas, como si fuera un caldero que reposa a fuego lento y en el que las burbujas nacen y mueren en un segundo. Y voilà, una tras otra las palabras, los pensamientos, las reflexiones e incluso las opiniones se van plasmando en el papel en blanco, ya ajeno al archiconocido síndrome del escritor, que todo lo envuelve. 

Y aquí llego, sin mi traje de primera comunión. ¿A qué viene todo esto del traje?. Digamos que tiene una doble vertiente. The first one. Corría mayo de 1982, curiosamente el mismo año de la película que nos ocupa. No es que yo fuera a que me dieran la primera ostia, en sentido literal, en pelotas, sino que iba yo muy ufano (e incluso me atrevería a decir que resultón) con mi pantalón corto de vestir, mi bonita camisa celeste y mi corbata azul con lunaritos blancos. Hecho un pincel de Sorolla, vamos. No me planteé en ningún momento ir de marinerito, como veía uno tras otro a todos mis primos el día de su primera comunión. Sicursicursicur…si leen de corrido el apellido de la familia de Cádiz city darán con lo que opinaba ya por entonces del consabido traje.

La otra pata de la mesa es la película sobre la que quiero hablaros hoy. Fanny y Alexander (1982), del nunca suficientemente ponderado Ingmar Bergman. Incluso para los que no aguantan los discursos profundos, complejos, filosóficos o también metafísicos del director sueco, esta obra resulta muy pero que muy accesible. La vi hace mucho tiempo en un ciclo televisivo allá por los 90, cuando aún se dignaban a poner ciclos interesantes, y hace unos días la he vuelto a disfrutar en buena compaña. La de Nuria y Platón, durante una tarde de domingo en que nos quedamos en casa. Una sesión de sofalito con palomitas que fue maravillosa.

La recordaba yo de manera somera, no muy bien, la verdad. La peli seguía siendo la misma, mas yo he cambiado mucho en los más de veinte años que han separado una visión de otra. Eso sí, mantiene una belleza en las imágenes, un reposo en el tono y una música llena de delicadeza que quita el sentío.

La magia se ha producido de nuevo. Me ha parecido una verdadera obra de arte. Un día Bergman dijo que era su testamento fílmico (aunque luego realizó una última incursión hace poco más de una década), y yo añadiría que además fue su testamento vital. Si en sus filmes siempre habla de los miedos, obsesiones o dudas morales que lo atormentan, aquí se desnuda ante el público para contarnos la historia de su familia y de él mismo a principios del siglo pasado. Él es el Alexander del título. Como si fuera un delicado pintor y la pantalla un enorme lienzo, el sueco no se hace el ídem y crea un espléndido fresco de época, de su época, claro está. 

El apasionado amor por el teatro se plasma desde la primera secuencia, con ese niño jugando con uno de juguete, sintiéndose atrapado por el aura mágico que desprende. No sólo por placer, la cita escrita en el teatrito de cartón, es toda una declaración de principios. A lo largo de la obra esto lo extrapola a que la vida es un gran teatro y cada uno de nosotros es un personaje que representa un papel en ella. La familia como lugar que puede ser acogedor y a la vez tenebroso. Porque la familia, la de Bergman y su alter ego Alexander, se dedicaba al teatro. Con una educación propia de la Suecia de principios del XX, pero con la libertad que otorgaba profesión tan humanista.

También hay pequeños guiños al cinematógrafo, con la aparición de la linterna mágica en una hermosa secuencia. Bergman le da un sentido teatral a todo el conjunto y no le importa que se note. No es el cine dentro del cine, sino el teatro dentro del cine. Todo un homenaje al arte de contar historias sin necesidad de giros argumentales inverosímiles ni barroquismos innecesarios. Clasicismo que siempre está de moda.

Pongámonos a contemplar la vida desde el punto de vista de los dos hermanos del título, en especial el de Alexander. Nos embarcamos así en un viaje de comedias y tragedias en el seno de la familia Ekdahl, que se ilumina con una luz resplandeciente en torno al bello arte teatral, para luego sumergirse en una lúgubre oscuridad teñida de severo y estúpido sacrificio. El segundo marido de su madre, el obispo protestante Edvard Vergerus, se corresponde con lo más ortodoxo de una religiosidad mal entendida. Vida que se torna triste y apagada para los niños, en contraste con la alegría y libertad que desprende la primera parte, ya que al morir su padre todo cambia. Los colores llamativos, la casa decorada y con vida propia, las risas y el jolgorio o la Navidad en familia dan paso a otra casa, más cercana al medievo, con la austeridad monacal por bandera. La rígida y cruel educación se imponen. La alegría y las sonrisas han muerto.

Hablando de muertos, durante buena parte del metraje Alexander ve a los fantasmas de su padre, su tío y su padrastro, que le acompañarán para siempre y le producirán tanto buenos consejos como desazón y resquemor. Un chico tan sensible tiene estas cosas. Os lo dice alguien que lo es, y mucho.

Afortunadamente, en esos malos tiempos el chico se escuda en las enseñanzas y el cariño del amante de su abuela, el judío Isak, interpretado de manera magistral por uno de los actores fetiche del director nórdico, el gran Erland Josephson. Esa pésima etapa significa una auténtica penuria para Emilie, la madre de los niños, que poco a poco enferma y se da cuenta de donde se ha metido. Una serie de hechos e incidentes nada ocasionales y sí provocados hacen que todo concluya con buen sabor de boca. Entre otros gracias a Isak, que resulta fundamental para la conclusión de los hechos. La madre y sus hijos vuelven al seno de la gran casa familiar, tan acogedora y cálida como siempre. El discurso final por parte de Gustav Adolf Ekdahl es emocionante a más no poder, y refleja un amor y un respeto por la vida y el teatro que te pone los vellos de punta. Igual que resume la historia, la propia película es un compendio de toda la obra del sueco, haciendo sencillo lo complicado. Yendo al meollo cuando la cebolla está aún por cortar. Más aún, cuando todavía no la hemos comprado.

Terminaré tal y como concluye el filme. Alexander se refugia en el regazo de su abuela mientras esta lee el prefacio de la novela cumbre de August Strindberg, El sueño:

“La mentira y la realidad son una. Todo puede acontecer. Todo es sueño y verdad. El tiempo y el espacio no existen. Y sobre la frágil base de la realidad, la imaginación teje su tela, y diseña nuevas formas, nuevos destinos.”

Se baja el telón. Fundido a rojo. 

P.D. Si habéis leído esto, sois amantes del teatro y una resistencia culta y crítica…


Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior