¿Y TÚ, POR QUÉ NO ESTÁS LLORANDO?

POCO RUIDO Y MUCHAS NUECES

Exterior noche. Niños jugando. De repente, fuegos artificiales les hacen parar. Una niña con rizos mira absorta el cielo. Todos lo hacen. Un niño se acerca a ella y le pregunta: ¿y tú, por qué no estás llorando?

Hace sólo unos días ha finalizado el verano. Ahora estamos en otro diferente. Un estío fílmico llamado Verano 1993 (2017).

Desde que terminó el curso pasado con el artículo prevacacional, he disfrutado mucho de la minitemporada de asueto, en la que me he enriquecido enormemente con multitud de vivencias, momentos hermosos y alguna que otra decepción. Como el bueno de Bob, cual esponja iba absorbiendo todo lo que me rodeaba. Pero a la vez que acontecía todo esto, también me iba quedando yermo y sin ideas en lo tocante a la creatividad y la inspiración, que normalmente suelen acompañarme con cierta fluidez y no poco esfuerzo. Eso a pesar de haberme puesto a ello varias veces. Como dijo alguien en una ocasión, que la inspiración te pille trabajando.

Pues bien. Como agua de mayo (aunque sea otoño recién nacido), ha aparecido la buena de Carla Simón y ha puesto mis neuronas patas arriba. Hace poco menos de un mes la bella de Nuria y yo fuimos a ver esta pequeña pero gran obra cinematográfica antes citada, que pasará seguramente de putillas para el gran púbico. De ahí el subti-tulo del arti-culo. Ella me ha iluminado (la directora, Nuria lo hace cada vez que inspiro y cada ocasión que espiro) el camino para comenzar con brío, fuerza y mucha pasión la nueva temporada.

Hablando de brío y pasión, voy a polemizar un poco dando mi opinión sobre un asunto colateral al filme que nos ocupa. Me meteré en un charco al estilo Piqué. Tengo la ligera impresión que al igual que ocurrió con lo último de Fernando Trueba, a esta película, de producción catalana, le está pasando factura el candente tema político sobre referéndums y autodeterminación en los territorios del pan tumaca, el fuet y los castells. Los boicots que la sociedad borreguil realiza de manera ferviente en contra de determinadas creaciones culturales (por absolutas nimiedades), me parecen execrables, lamentables y sobre todo estúpidos, propio de mentes fácilmente manejables y simples como el asa de un cubo. Que tendrá que ver la cultura con la política, so memos. ¡Ufff, qué tranquilo me he quedado, redios! Ea, ya está. Entremos en materia.

Verano 1993 (2017) es otra demostración más de algo palmario y básico: que aunque se tengan pocos medios, si verdaderamente tienes una buena idea y sabes cómo plasmarla en una pantalla, consigues llegar al espectador que tenga una mente abierta y que esté ávido de emociones. Y esta directora, hasta ahora desconocida para mí, no sólo ha creado una gran historia, sino que es su historia. Ha indagado en sus recuerdos y ha sabido sacar de ellos las vivencias, las sensaciones y los hechos que acaecieron en ese verano que da título al filme, pero con la experiencia que da el tiempo. Sabe lo que cuenta y sobre todo cómo lo cuenta. O dicho de otro modo, la forma es el fondo. Se aleja un poco para obtener una mejor perspectiva, a la vez que mantiene un tono realista y casi documental, que aporta verosimilitud a la cinta.

Todo está contado desde el punto de vista de Frida, su álter ego. Ella es un niña que perdió a su padre a los tres años y ahora con seis sufre el tremendo golpe de perder también a su madre. Ambos fallecieron a causa de lo que años después se conoció como SIDA, aunque en ese año post olímpico aún no tenía nombre. Este brusco giro del destino hace que, por expreso deseo de su madre, pasara a estar bajo la tutela de sus tíos, Esteve y Marga, que vivían en una casa de campo en pleno Ampurdán. Mientras Platero es pequeño, peludo y suave, Frida es callada, es curiosa. Frida es inquieta y observadora, con una mirada arrebatadoramente melancólica. Una mirada que yo no veía desde que los enormes ojos de Ana Torrent inundaron El espíritu de la colmena (1973). Frida desprende magia a cada paso y nos enamora a primera vista.

No acaba de aceptar que su madre se ha ido, y a través de una poderosa imaginación y una fe inquebrantables mantiene la esperanza de poder verla por última vez. Su prima pequeña Anna le sigue en sus andanzas. Ambas tienen una maravillosa relación en la que el juego, la confianza, la comunicación o la libertad a esa corta edad crea estrechos lazos. También, como no, hay zonas oscuras, como los celos, la envidia o la crueldad infantil. Pero todo está tratado con tanta naturalidad y sencillez que te das cuenta de algo importante: la vida, ya sea en la edad primera o en plena madurez, se compone de todo eso. Luces y sombras.

La mirada de Frida hacia los mayores tampoco tiene desperdicio. Los mira con una mezcla de extrañeza y benevolencia, como diciendo: no entiendo nada de lo que dicen, ese mundo del que hablan no es el mío, pero sé que quieren mi bien. Las relaciones entre el mundo adulto y el infantil resultan ser de una frescura y una verdad que desarma; hay muchas aptitudes diversas en el modo de enfrentarse a determinadas situaciones que la vida depara, y todos tienen sus razones. Carla Simón no juzga a los adultos, sencillamente los coloca delante de los ojos de Frida (los nuestros), para que pensemos un poco y saquemos nuestras (sus) conclusiones.

Al estar situada la acción en el Ampurdán, es la ciudad (plasmada metafóricamente en sus habitantes) la que se traslada al campo, como una reivindicación de la pureza y cierto primitivismo de las zonas rurales alejadas de los núcleos urbanos. Por supuesto, los animales tienen también un cierto protagonismo, como ciclo vital que comparte con el ser humano en esos lares. El gato Feldepatas es un actor secundario que acompaña a las niñas en casa, mientras que las aves de corral son testigos de “las cosas de niños”. Podría seguir con el bla bla (no car, sino tongue), pero sería inútil. Pocas veces se ha dicho más con menos. En muchas ocasiones la imagen y lo que no se dice resulta mucho más importante que las meras palabras.

Es la sencillez hecha obra cinematográfica, siendo ya no maestra, sino profunda y pedagógicamente necesaria. Los actores, desconocidos por mí, hacen más creíble la historia. No voy a desvelar el final, impactante y emocionante, pero sólo diré que me encantan las pelis donde la primera y última secuencia están interconectadas como por un hilo mágico de celuloide.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que aún soporta estos artículos llenos de imperfecciones pero personales a más no poder…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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