UN STATE ITALIANO

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ELIO

Hace exactamente treinta y cinco años, en el verano de 1983, iba yo en pantalones cortos, jugaba al fútbol, hacía el cafre con los amigos y me bañaba ora en la playa, ora en la piscina. Tenía apenas diez añitos y estaba de vacaciones.

Era un año postmundial; al igual que este que acaba de concluir, con fracaso estrepitoso de nuestro equipo hispano, envejecido y moribundo. Un joven gobierno del PSOE en ambas épocas era otro claro paralelismo. Ahora que lo pienso, sigo llevando pantalones cortos, en este caso bermudas de muchos colores. Las cosas no han cambiado demasiado en la vestimenta pero sí mucho en el cuerpo que cubre y la mente que habita esta cabecita loca que yo mismo me he granjeado. Ha sido un ponerse en situación y comenzamos. El vuelo para Bérgamo está a punto de despegar. Sin escalas y desde cualquier punto del planeta. ¡Arrancamos!

En algún lugar del norte de Italia…de cuyo nombre no quiero acordarme sucede una historia de las de toda la vida. Clásica, complicada, sentimental, algo naif; un poco de todo en la ensalada de la existencia. Esa historia se llama Call me by your name (2017) y la dirige un italiano, Luca Guadagnino, que coescribe el guión en colaboración con alguien que creía muerto (perdóname, amigo bostoniano), el gran James Ivory.

Estamos en 1983, en una fantástica casa de verano con hermosos jardines y grandes ventanales, por donde penetra la luz cálida del estío, y los amaneceres dorados y sensuales ascienden a los humanos que la habitan a la categoría de dioses. Algunos más mundanos que otros, como la madura pareja, que se aburguesó hace mucho. O el pequeño dios llamado Elio, su hijo adolescente, el verdadero protagonista del metraje. Un chico inquieto e inteligente, que deja pasar el tiempo entre libros, chapuzones y novietas. Solaz relax, mas aburrido.

Todo cambia cuando llega Oliver, el joven americano y nuevo ayudante de su padre. Aparte de ser guapo tiene carisma y seguridad en sí mismo. Sus miradas son tranquilas pero penetrantes. Al principio Elio y él no se llevan demasiado bien, casi se evitan, pero tienen más cosas en común de lo que creen. Ambos son judíos, están solteros y sin aparente compromiso serio, y sobre todo tienen apertura de miras para probar nuevas experiencias. Poco a poco empiezan a coincidir en los paseos en bici, ya sean al pueblo, al campo o por puro divertimento. Tienen la sensación de que un mundo maravilloso está a punto de ser descubierto si cruzan la puerta cerrada ante ellos.  Son valientes y acaban por abrirla, quietamente al principio, para luego no cortarse un pelo y dar rienda suelta a sus sentimientos más íntimos. Eso sí, siendo sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón, que decía el poeta.

Poesía que rezuma por todo el metraje. Esta se encuentra en las cosas cotidianas, y de ahí parte hacia un todo de mayor enjundia. Pequeños detalles como las moscas en la ropa, las canciones italianas de la radio, el sudor en la piel, una furtiva mirada o la presencia de la fruta adquieren un carácter poético. El albaricoque es degustado como fruta y deconstruido como palabra. Hay mucha sensualidad en la cotidianidad. Sin que se parezca en trama ni fondo, esta obra del italiano me recuerda de alguna manera a esa otra pequeña joya, en este caso española, Verano 1993 (2017), de la que ya hablé hace unos cuantos meses. Ambas comparten la belleza de la conjugación y compenetración entre el ser humano y la naturaleza. El dolor y el placer que sentimos dentro de nosotros y cómo lo gestionamos. Pero en este caso estamos justo una década antes y con otros protagonistas.

Me da la impresión de que Ivory y Guadagnino no tienen mucho que ver entre sí, pero por azares que tiene el destino, en ese momento, tenían la misma onda creativa. Por lo que he leído y sé de ambos, los dos son homosexuales declarados y nunca han dudado en mostrar un cine explícito cuando tenía que serlo, aunque siempre con mucho respeto por sus personajes y sus intimidades. Y parece que, a modo de guiño juguetón, han trasladado desde la obra de André Aciman sus personalidades a los dos protagonistas. Ivory sería el americano que llega y Guadagnino el italiano que reside y lo acoje. Así se funden, durante un verano que no es más que un instante, en perfecta simbiosis.

Del italiano conozco poca cosa. Melissa P (2005) fue una decepcionante adaptación de una novela también de iniciaciones sexuales, en este caso de una chica, y Yo soy el amor (2009), historia de turbia sexualidad con una turbia Tilda Swinton. Todo muy fallido en mi opinión, a pesar de la aclamación popular. Buenos atisbos que se quedaban en agua de borrajas. Pero ahí va el tipo y se nos marca una maravilla como esta. ¿No será que el americano con pinta de inglés está por ahí pululando?

De James Ivory qué puedo decir. Un grande como director, como guionista y como recreador de ambientes y épocas.  Ha sabido plasmar en pantalla como nadie las dudas, las inquietudes y las intimidades amorosas de unos personajes llenos de unas pasiones que muchas veces no podían sacar a la luz. La homosexualidad, los amores prohibidos, las convenciones sociales, los tabúes…todo era minuciosamente estudiado por el ojo de entomólogo del de Boston. Maurice (1987) tenía mucho que ver con esta obra que nos ocupa, como también Una habitación con vistas (1985), Lo que queda del día (1993) o esa gran desconocida de su filmografía, Oriente y occidente (1983). Algún día, cuando la vuelva a ver, hablaré de ella. A la altura del mejor David Lean.

Call me by your name (2017) es ya de por sí un hermoso título.  La implicación, integración y unión total con el ser amado. Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío es toda una declaración de intenciones. Obra de sensaciones, de feelings, donde lo intangible puede más que lo que se ve. A pesar de todo tiene un guión hilvanado con maestría, delicadeza y lleno de pequeños detalles. Como el plano final, con la nieve cayendo en el exterior de la casa mientras que dentro arde un fuego en la chimenea. Una metáfora de los sentimientos de Elio. Transmite también cierto carácter hedonista. Amor por el clasicismo, como el maravilloso momento del descubrimiento de la estatua griega en el lago di Garda. Respira historia por los cuatro costados.

Tiene cositas de las películas de Eric Rohmer, pero Guadagnino es menos moral y literario que el francés. A ambos le sobra frescura y libertad pero el italiano está menos encorsetado. Ni siquiera moral, sino más bien diría que pedagógica, es esa conversación llena de sinceridad y respeto por el otro que mantienen finalizando la película el padre y el hijo. Hacía mucho tiempo que no veía algo así en una pantalla. Se me ponen los vellos de punta sólo de pensarlo. Ahí se dice una frase que podría ser la piedra angular de toda la obra:

                   “La naturaleza tiene la increíble capacidad de buscar, en un momento dado y sin previo aviso, nuestro punto más débil. Y ahí ataca.”

P.D.Si habéis leído esto, sois una de las resistencias más italianizadas y grecolatinas que existen…

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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