UN HOMBRE Y UNA MUJER

O CÓMO UN FILM ROMÁNTICO NO TIENE POR QUÉ SER ESTÚPIDO

He de decir sin temor a equivocarme que suceden cosas diferentes a lo habitual en esta cabecita mía llena de serrín. Por vez primera desde que estoy con Nuria siento y hablo de una película de corte romántico, al mismo tiempo que el título del artículo corresponde exactamente con la cinta a tratar. En efecto, se trata de Un hombre y una mujer (1966), dirigida con mano maestra por Claude Lelouch, entonces un joven cineasta que iba por libre y nada tenía que ver con la nouvelle vague.

Hace ya más de medio siglo que se realizó esta verdadera obra de arte cinematográfica. Tiene mucho más mérito del que se supone ya que se hizo con muy pocos medios, muchos inconvenientes y grandes dosis de talento. Desde luego que Lelouch no descubrió la pólvora ni nada que se le parezca, pero cada uno de sus fotogramas desprende un dulce olor a naranja con canela que se te mete por las fosas nasales, para más tarde tener ganas de que se materialice en algo físico con el fin de darle un buen bocado y que así la explosión de sabor inunde nuestras papilas gustativas.

Por mucho que a los autores no les guste, el azar y la fortuna influyen más de lo que quisieran en cómo derivan las cosas. Digo esto porque cuando uno ve que está rodada tanto en B/N como en color piensa que el director quiere decirnos esto y aquello, en plan metáfora brillante e incluso pedante. Pues no. Lelouch rueda en ambos ya que empezó rodando los interiores en B/N y en un momento dado se le acababa el dinero, pero entonces tuvo la fortuna de hallar financiación externa, por lo que pudo rodar los exteriores en color. Esto es un ejemplo de cómo el azar puede devenir en grandeza, aunque también pudiera resultar un desastre. La delgada línea roja. Al punto me viene esa gran frase de nosequién: la diferencia entre la genialidad y la locura es el éxito. Pues eso.

Mi relación con Un hombre y una mujer viene de antiguo. Mis padres me hablaban cuando era adolescente de una peli francesa de amor que se estrenó el mismo año que se casaron. Les encantó. Siempre tuve mucha curiosidad por ella pero no había manera de verla en la tele. Nunca la ponían. Una tarde, a comienzos de este milenio, la encontré de ganga brujuleando en la sección de cine de unos grandes almacenes y no me lo pensé. Se había remasterizado y reeditado de nuevo. La vi con ellos un domingo lluvioso. No esperaba que me atrapara y me robara el corazón como lo hizo. Muchos años después, hace unos cuantos  sábados, la volví a ver, esta vez acurrucado con Nuria en el sofá. Tenía un gran recuerdo, pero había una nebulosa alrededor que me hacía no recordarla bien. Fue un maravilloso redescubrimiento, visto con la perspectiva que da el tiempo y mi nueva circunstancia  personal. Verla con ella fue toda una experiencia, muy gratificante y placentera. Por cierto, a ella le encantó.

El film es el colmo de la sencillez. Pero tiene un punto de magia, un yoquesequé que no sabría explicar. Ambientada en el norte de Francia entre París y Deauville (costa de la baja Normandía), narra la historia de amor entre dos adultos que vienen de pasarlo mal en esto de las cosas del querer. Sus respectivas parejas han muerto y la madurez llegó de golpe y porrazo. Se sienten en la flor de la vida, aunque también son desdichados, mas no les da demasiado tiempo a pensar en ello por sus respectivas profesiones. Ella trabaja en el mundo del cine y él es piloto profesional de coches. En común tienen algo de melancolía y un hijo cada uno, de corta edad.

Eso de los hijos es lo que les hace conocerse gracias a la casualidad. Él, interpretado magníficamente por el francés Jean-Louis Trintignant, no encuentra sentido a su vida. Ella, una atractiva y exitosa Anouk Aimée, que borda el personaje, tiene el rumbo perdido en la suya. La hija de ella y el hijo de él estudian en el mismo internado al que acuden los fines de semana para pasar unas horas juntos. Debe ser algo hermoso y doloroso a la vez el ver a tus hijos, disfrutar de ellos y ver reflejado en sus ojos a la pareja que ya no está. Una de esas veces él la lleva de vuelta a la capital, y empiezan a hacerse amigos, hasta que el amor (o el deseo de amor) estalla. Están demasiado solos y a la vez se hace tan difícil comenzar una relación de nuevo…los recuerdos son muy fuertes y todo se complica.

La mirada de Lelouch es de una madurez y una elegancia impresionantes. Retrata milimétricamente los movimientos del hombre y de la mujer como si estudiara sus acciones, sus inquietudes, sus pensamientos, sus misterios. Como un antropólogo que disecciona mentalmente aquello en lo que profundiza. Silencios que dicen mucho. Diálogos llenos de sensibilidad y no sensiblería, miradas preñadas de ternura que no de merengue y situaciones realistas que no deben confundirse con fantasiosas.

Humana, cercana, nostálgica, conmovedora o emocionante son algunos de los adjetivos que se me ocurrían mientras la contemplaba por segunda vez. No quisiera desvelar mucho más de la trama porque no hace falta. Es sencilla pero profunda a la vez, por lo que puedo afirmar que es una de las pocas películas en las que las sensaciones llenan al espectador, no importando tanto lo que ocurre sino cómo ocurre. Al menos eso le pasó a este órgano que tengo por corazón. El final resulta sorprendente y abierto, hermoso en su estética, como toda la obra.

Recordar finalmente la maravillosa banda sonora de Francis Lai, con ese tema principal que emocionó a los espectadores de todo el mundo y aún sigue haciéndolo, junto con canciones maravillosas que te ponen el corazón de gallina. Os recomiendo encarecidamente su visionado, que será infinitamente más enriquecedor que este pobre artículo. Alea jacta est.

P.D. Si habéis leído esto, sois una resistencia amorosa. Haced el amor, no la guerra. Fuera del mundo los Trump, Marine Le Pen, Kim Jong-un & company…no aportáis nada a la humanidad…

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. Por mari Carmen

    Responder

  2. Pablo Solís del Junco Por Pablo

    Responder

  3. Por Nuria García Santos

    Responder

  4. Pablo Solís del Junco Por Pablo

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.