UN COLOR ESPECIAL (y II)

MAESTROS OPERADORES

Aquí va la sorpresa, pequeños saltamontes. Vamos a jugar a un juego. Se llama EL DÍA DEL OPERADOR. Trataré de visionar una jornada particular en orden cronológico y primera persona, a través de momentos escogidos fotográficamente hablando, y vosotros tendréis que acertar la película en cuestión. ¿De acuerdo? Es más fácil de lo que pensáis. Empecemos:

Soy un hombre de ojos azules, atractivo, al que le gusta el riesgo. Contradictorio. Comprometido con una causa que los demás no entienden. Obsesionado con la unión de los pueblos del desierto. No estoy fumando pero tengo una cerilla encendida entre los dedos. Hago el ademán de apagarla y con un suave soplido lo hago. Fundido con rápido montaje a un sol en todo su esplendor, que nace en el horizonte, propiciando que la vida estalle gracias a la luz… Respiro el aire de África por todos los recovecos del mapa, siento la arena bajo los pies, la boca seca y la piel caliente. Y como inglés me convertiré, aunque soy extranjero, en alguien venerado por los árabes. Lo tenía todo en mi contra y lo logré, con astucia, a pesar de ser finalmente traicionado por los míos. Por cierto, soy aún recordado por allí y bastante vilipendiado por mis compatriotas. Curioso.

Un resuelto chico americano like me y una rubia francesita nos hemos conocido el día anterior por casualidad. Pasamos el día de ayer juntos en esta capital europea desconocida para ambos, absorbiendo todo tipo de sensaciones a nuestro paso, y ahora despertamos en la misma capital, en donde nos enamoramos y donde vivimos las horas que marcarán nuestras vidas para siempre. Luz tenue del amanecer en un parque que respira amor por los cuatro costados. Las miradas de complicidad, confusión y tristeza por la inminente despedida hace que sea un despertar agridulce. ¿Esos ojos se posarán de nuevo en mi cuerpo? ¿Volveremos a cruzarnos en otra estación, en otro tren, en otro vagón traqueteante?

Tras haber ido al baño y desperezarme un poco,  ahora nos encontramos en la Toscana. Muchas mujeres y algunos hombres de cierta edad nos encontramos en la campiña, disfrutando de una espléndida mañana, pintando, tomando un piscolabis, recitando poemas, riendo, en suma, gozando de la vida. El dolce far niente en su máxima expresión. Yo personalmente estoy retozando sobre la hierba mordiendo una apetitosa manzana. La luz del sol lo inunda todo, convirtiendo la escena en una mezcla de placer, sensualidad y belleza. Todo con un tono de suavidad, como de ropa recién lavada y perfumada de flores silvestres. Blanco, amarillo y verde pastoril componen el lienzo de esta imagen. Y entonces llegan a caballo los hombres que vuelven de la batalla, rompiendo el hechizo.

Soy una niña. Tengo ocho añitos. Me llamo Estrella y hoy estoy muy contenta. Es mi primera comunión. Mi padre ha cumplido su promesa. A pesar de no pisar nunca una iglesia, hace solo un rato he visto su figura en el umbral, al fondo y medio escondido, sintiéndolo muy cerquita de mi corazón. Ahora estamos comiendo todos juntos. Mis dos tías han venido de Andalucía para estar a mi lado. Son muy cariñosas, especialmente Milagros, que tiene mucha gracia. El sol entra por las ventanas del restaurante haciendo brillar mis tirabuzones rubios y mi padre me coge de la mano. Un acordeón hace sonar un pasodoble entre melancólico y alegre. Bailamos al son de la música y de las palmas que tocan todos. Y pienso, en ese preciso instante, que desearía poseer una varita mágica para poder detener el tiempo y así nunca dejar de bailar. Me siento protegida por él y sus grandes manos, aunque sea un padre misterioso y de pocas palabras. Le quiero.

A media tarde, estoy con un amigo que me resulta cálido a la vez que incomprensible. Lo conozco desde hace poco pero me transmite confianza, a pesar de su aspecto desaliñado y caótico. Estamos en una gran explanada y acaba de suceder la hecatombe, mas nos lo tomamos con humor porque no dejaba de ser una empresa totalmente irrealizable, casi utópica. Los monjes han huido despavoridos y la risa ha inundado nuestras gargantas. Y de repente, dándole la espalda a mi recato, mi pulcritud y mi estirada personalidad, como la mejor forma de despedirme a lo grande, le pido a este hombre, de humanidad mayor que la cultura que le vio nacer, que me enseñe a bailar. Y mientras el sol aún brilla con fuerza, él empieza a moverse con una gracia y un sentido del ritmo mediterráneo que ya quisieran muchos de los que se autodenominan artistas. Un sencillo buscavidas me ha robado el corazón para los restos. Aunque esté lejos de él cuando vuelva a mi país, siempre lo sentiré a mi lado, con los pies descalzos y con la vitalidad, la armonía y la sencillez de un niño.

Tengo hambre y no hay nada en la nevera. Llamo y quedo con mi chica para salir a cenar temprano. Aún estamos de novios y no nos hemos casado. Ducha, fijador, traje nuevo y corbata a juego, todo oscuro, como mis ojos y mis asuntos. La recojo y ella está espectacular con ese traje ceñido y sexy a la par que elegante. Tiene clase, aunque sea judía y yo católico. Me muero por acariciarle el culo y ella se deja complacer. Bajamos del coche y comienza la magia del cine. Como somos buenos tipos y más chulos que un ocho, dejamos a los pringaos en la cola y entramos por la puerta de servicio; untando a todo quisque pasamos por los interiores del restaurante, pasillos, todo el ancho y largo de la cocina, más pasillos, hasta llegar a la sala de fiestas, donde un camarero nos coloca una mesa en primera línea de actuación, con su lamparita y todo. El cantante, italoamericano como yo, nos dedica una canción. Y le susurro al oído: nena, así serán todas las cosas. No te faltará de nada. Brillante fotografía nocturna y urbana para un plano secuencia antológico.

Acabo de cenar with my girl y nos apetece pasear por una ciudad en blanco y negro mientras suena una vieja melodía de George Gerswhin. Noche tranquila, la suave brisa nos acompaña a cada paso al borde del río. Ella lleva a su odioso perro salchicha pero está tan preciosa a la luz de la luna que hoy se lo perdono todo. Tengo deseos irrefrenables de besarla, y veo el cielo abierto cuando diviso un banco. La animo y nos sentamos. Curiosamente, enfrente de mi puente favorito de la ciudad, el cual se encuentra con cierto aire brumoso y recortado in the sky, lo que le confiere un aspecto entre misterioso y romántico. Es un momento mágico cuando mis labios se encuentran con los suyos, básicamente porque besa muy bien y me siento el hombre más afortunado del mundo. Vivo en la ciudad más maravillosa y ella se encuentra empadronada aquí. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Y ya vamos a la cama, que hay que descansar. Aunque la noche sea mi hábitat preferido. Ahí doy lo mejor de mí. ¡Qué mala pinta tengo! Por cierto, cuando me miro en el espejo no me veo. Pero sé que estoy alopécico perdío, con colmillos que se nota que hace tiempo no visitan al dentista, ojos desorbitados, largas uñas que escuchan la palabra manicura y se meten p´adentro  y una levita negra que cubre mi enclenque figura. Más o menos como un Sabina al que no le hubiera dado el ictus y hubiera seguido cerrando los bares… la ilusión de cualquier suegra, vamos… Me hallo subiendo una escalera, con una sombra expresionista en la pared, buscando una doncella virginal a la que hincarle el diente y chuparle la sangre. ¿Ya no vale lo de estudias o trabajas? ¿Es mi única manera de ligar? Que fin de año más triste voy a pasar, otra vez viendo los saltos de esquí…

Para acabar, es madrugada. Interior noche. La casa está en silencio. Un hombre hecho y derecho como yo necesita beber un trago para darle una mala noticia a mi padre. Éste baja en bata y pijama, preguntándome que es lo que todos saben menos él. Le miro a los ojos y le digo, mientras se atisba un sentimiento de culpabilidad en mi compungida mirada, que otro de sus hijos ha sido asesinado. La indefensión, la ternura y la intimidad del momento más duro para un padre está reflejada en ese momento, lleno de dolor. Mi padre se acerca, me abraza, y ambos lloramos en silencio mientras la noche nos envuelve con su manto de quietud. Al operador, conocido entre sus colegas como el príncipe de las sombras, se le escapa una furtiva lágrima mientras filma la escena.

Ahora vamos con el tomate. Los/las que acierten la totalidad de este juego tendrán como premio un enorme abrazo y un cariñoso beso. Si es macho será sólo un beso y si es hembra serán tres, porque ellas lo valen y a mí me gustan más.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que se abre al cine, el arte total…

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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