UN COLOR ESPECIAL (I)

MAESTROS OPERADORES

No hablo de Sevilla ni de su supuesto color especial. Me voy a meter en camisa de once varas y me saldré por la tangente. Prefiero el color y el calor de Córdoba o Granada. Y qué decir de Cádiz, la ciudad más antigua y con más solera de Occidente. Hablo de una de las profesiones más importantes y más visuales del mundo del cine: el director de fotografía.

He tenido ocasión de ir poco a poco aprendiendo qué era eso que llamaban fotografía en el cine. Tiene algo que ver con la imagen fija que sale de una cámara fotográfica pero no del todo. De esas he hecho muchas, he disfrutado pensando en los encuadres, las posiciones, las siluetas, incluso hice un curso de cámara estenopeica (1) en Cádiz city cuando estaba en la universidad, allá por los 90. Con lo que tiene que ver realmente es con la luz y el ambiente que desprende una película.

El oficio de operador se centra en obtener la intensidad necesaria para dar el tono visual que una obra filmada necesita. Estar en absoluta comunión con el director, pensar en términos globales y conseguir que el espectador mire donde tiene que mirar. He jugado en muchas ocasiones a intentar acertar la época de la realización de un filme (visto en la tele y desconocido) por la emulsión y la técnica fotográfica de su operador, y normalmente acertaba. Realmente quien está detrás de la cámara cuando se filma es él, siempre en conversación con el director. Tanto el montador como el operador son profesiones estrechamente ligadas al Howard Hawks de turno.

La fotografía no son paisajes hermosos y puestas de sol, es mucho más. La luz es la clave. La mirada de los personajes y la luminosidad (o no) de sus rostros, los claroscuros y siluetas que dan expresividad a una secuencia, el uso de la naturaleza y sus accidentes como medio para complementar la historia o el atrapar al vuelo un mágico instante que quedará impreso a fuego en la retina y el subconsciente de los espectadores serán detalles que darán más o menos credibilidad a las imágenes y por tanto a la historia. Una elección importante por ejemplo es si se utiliza el B/N o el color. Si se trata del primero que sea limpio o que parezca envejecido; si es color que sea alegre y luminoso o bien de tonos ocres. No serían las mismas obras un Dersu Uzala (el cazador) (1975) en B/N o un Ladrón de bicicletas (1948) en color.

Cuando menos reconozco haberme metido en un terreno complicado. Es un tema difícil de llevar al papel y posteriormente a este blog en el que colaboro. No soy ningún experto pero si puedo transmitir un poquito de la pasión con la que he vivido algunos momentos en una sala de cine o delante de la televisión me daré por satisfecho.

Quiero finalizar esta primera parte con una triple recomendación. Tres obras cinematográficas relacionadas con el tema tratado: un clásico, un documental y un moderno. El clásico es El árbol de los zuecos (1978), una verdadera maravilla del italiano Ermanno Olmi. Prodigio de fotografía con una ambientación de la Lombardía italiana de primeros de siglo XX que te deja sin respiración. Siempre recordaré que la descubrí gracias a José Luis Garci y a su programa, y por supuesto las varias conversaciones que tuve sobre ella con mi añorado tío Juan. Es un filme casi antropológico sobre la vida rural, dura y sencilla, de un entorno social y unas gentes muy determinadas. Tiene aspecto de ser más un documento que una película. Rezuma poesía y belleza por todos sus poros. La luz, la neblina, los tonos ocres del terruño… Esa mañana donde una joven pareja se casa y sale en barcaza por el río siempre habitará en mi memoria.

El documental, Maestros de la luz (1992), un ejemplo para todos los estudiosos, curiosos, frikies y amantes de la fotografía en el cine. Se me hace corto, incluso le achaco cierto ombligismo hacia Occidente, pero es maravilloso. Retrata y nunca mejor dicho ese oficio, con testimonios de grandes operadores de la historia del cine. Ameno, didáctico y con imágenes hermosas de secuencias hermosas. Marlene Dietrich en blanco y negro acentuando con luz cenital su cara de Pigmalión, los atardeceres de Néstor Almendros con su famosa hora mágica o el didactismo de Vittorio Storaro son algunos de los componentes de este fresco sobre el arte de la fotografía en movimiento.

Y el moderno es Bright star (2009). Podía haber elegido otras de unas características similares e incluso más espectaculares, pero me quedo con esta coproducción que pasó de puntillas y de la que poca gente se acuerda. Jane Campion es la responsable de esta pequeña joya romántica, nada complaciente ni sentimentaloide. La relación que se establece entre el poeta John Keats y Fanny Brawne a comienzos del XIX en Inglaterra está narrada con gran delicadeza. La dramática historia no está sin embargo exenta de sentido del humor. La luz del sol entra por las ventanas de día y las velas son las protagonistas de la noche, otorgando a las imágenes un gran naturalismo narrativo, podríamos decir. De tema sencillo pero trasfondo abisal. El amor en toda la extensión de la palabra.

Para la segunda parte de este artículo, dentro de menos de lo que merecéis, os espera una sorpresa. ¡Qué tiemble Jordi Hurtado y los veinte años de Saber y ganar!

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que aún hace fotos con un aparato inventado para ello…

(1) Dícese de la cámara fotográfica sin lente, consistente en una caja estanca a la que se le practica un agujero por donde penetra la luz, la cual incide sobre un material fotosensible insertado dentro de la caja (o cámara rudimentaria).

 

 

 

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Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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