TAL COMO ÉRAMOS

No estamos en enero. El 95 quedó atrás. No obstante, lo que escribí entonces tiene vigencia todavía. Esta es una carta que escribí a Rosa, una chica excelente que perdimos a principios de los noventa por un maldito accidente de circulación. Por una imprudencia. Por ser demasiado joven.

Me conmovió por aquellos días la dedicatoria de su padre en un libro escrito por él: “A TODO AQUEL QUE COMO YO, HAYA PERDIDO UNA ROSA”.

Si algún día tuviese una hija se llamaría como ella, como mi madre…

Aquí abajo

27/01/95

Querida Rosa:

Te preguntarás por qué he tardado más de un año en escribirte. También yo me lo pregunto. Supongo que es la pereza. ¿Quién sabe? Quizá sea que no tenía nada que contarte. Quizás, fuera que prefería el silencio y tu recuerdo, no sé.

Como ves, sigo teniendo mis dudas, cargadas en la espalda. A veces parece que van a aplastarme, pero después, todo da una vuelta tremenda -o pequeña- y la vida vuelve a gastarme bromas simpáticas.

Bueno, como no tengo mucho tiempo, voy a contarte un poco por encima cómo están las cosas por aquí abajo. Mira que no llevar el casco abrochado. No te perdonaremos jamás esa irresponsabilidad tuya. Nos has dejado un poco huérfanos.

En fin, a lo que iba. ¿Te acuerdas de cómo empezó todo? El azar -por llamarlo así- nos llevó a todos a la misma clase. Al mismo Instituto. Por cierto, ¿sabes que la mayoría coincidimos en que fue la etapa más feliz de nuestras todavía cortas vidas?

Allí comenzamos a tontear con vosotras. Allí nos “jartamos de reír”. Allí unos estudiamos, otros tiraron la toalla, aunque después la recogieron y han vuelto a pelear.

Allí conocimos a Rafa, que hoy ayuda en UPACE, como director del centro o algo así. Es un fenómeno.

Y a José Juan. Sargento. Mucho más humano y noble que muchos de los que se llenan la boca con la palabra PAZ y luego babean y ensucian cada baldosa que pisan.

Allí conocimos a Nuria, con la que todavía sigo. ¡Joder! Diez años ya. Y tan contentos. Con esas putas dudas que se asoman de vez en cuando, a dar por culo. O simplemente a recordarnos que somos humanos, jóvenes, contradictorios, pesados, juerguistas, apasionados, débiles, fuertes,… con esas putas dudas, pero… aquí seguimos. Y esperando lo que nos venga por delante con los pies cada vez más asentados en el suelo. O eso creemos. ¿Ves?, otra vez las dudas.

Bueno, mira, a lo que iba. Estoy seguro de que recuerdas como íbamos a Divina Pastora. Cómo nos divertíamos allí. Cómo grabábamos nuestros nombres en los bancos de madera -a los que “bautizamos” como “Bancos de la Lamentaciones”. Cómo hacíamos esos brindis con eso que han acabado llamando litronas. Vaya nombre más feo. No saben que para nosotros no eran “litronas”, sino vasos en los que todos, en comunión, bebíamos al tiempo que  nos jurábamos amistad para siempre y amor hasta que nos llevasen con los pies por delante. Perdón, No me he acordado de que tú… fuiste GILIPOLLAS y no te abrochaste el casco. Mira que eres chunga. ¿Quién nos va a enseñar ahora eso del “Tallisu” o “Taullisu”, o como se llame. ¿Por qué carajo no te abrochaste el casco? ¿Por qué? ¡Eh! ¿Te crees con derecho a dejarnos huérfanos? ¿Quién nos va a hablar ahora con ese acento tuyo, cerrado, de Olvera, y que a mí me gustaba tanto cuando volvía de Madrid, entre examen y examen?

En fin, no quiero darte mucho la vara. Para una vez que te escribo,…

El caso es que en Divina Pastora, como en tantos otros lugares, han puesto rejas, Y con razón. La verdad. Nos meábamos en los portales, alguno ha llegado a “pincharse”,  amenazar a los vecinos,…

Y es que como recordarás, algunos de nosotros no sabíamos tener la fiesta en ppaz. No nos dábamos cuenta de que nuestras “amotos” hacían una “jartá” de ruído a esas horas. Cuando los vecinos quierían dormir. No nos dábamos cuenta de que con nuestras risas, unidas a las de tantos otros, les hacíamos la vida insoportable a quienes simplemente querían descansar. Con todo el derecho del mundo.

El caso es que,… no lo hacíamos con mala intención. Y algunos de ellos lo saben. Por cierto, sabes que no hace mucho, se liaron a hostias los vecinos con algunos propietarios de comercios. Los comerciantes se quejan, y con razón, de que ellos no tienen -toda- la culpa de que aquello se convierta cada fin de semana en un infierno. Un infierno para los vecinos, claro. Porque para algunos de nosotros, aunque se cargaron los bancos, aquel sigue siendo una especie de santuario donde cada fin de semana nos juramos amistad eterna. O donde hablamos de los cinco goles que le metió el Madrid al Barça. Ya no se acuerdan del año pasado. Dicen que es historia. Habrá que recordárselo a ellos cuando nos recuerden lo de sus “nosecuantas” Copas de Europa. Total…

Algunos también siguen enamorándose allí. Por mucho ruido que haya. O a lo mejor, porque hay mucho ruido, ¿quién sabe?

Bueno, voy a dejarte. Por hay. ¿Sabes que el otro día Nuria y yo estuvimos con Juanjo en Sanlúcar? ¡Vaya pedazo de profesor! ¿Qué suerte tuvimos de cruzarnos en su camino! Cuando lo pienso… Por cierto, brindamos por ti, ya que fuiste… ¿joven? Ya que no te abrochaste el casco.

Algunas veces, alguien nombra una rosa, y nos acordamos de ti. Y entonces, volvemos a oírte cantar “Still loving you” De los Scorpions. He intentado conseguir el disco. Para recordarte más a menudo y volver a brindar por ti. Contigo.

Todavía te queremos.

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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