SEÑORA AZUL Y GORRO ROJO

VIAJE AL FONDO DEL MAR

Cuando en 1974 Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán lanzaron su álbum Señora azul, yo tenía apenas dos añitos, y ellos nunca pudieron imaginar que cuarenta y tres después su homónima canción fuera a ser utilizada para algo tan extraño, tan en las Antípodas. Las mismas Antípodas que surcara con su Calypso el bueno de Jacques Cousteau, el protagonista de hoy.

El mar, la mar, sólo la mar. Masculino y femenino. Los de tierra solemos nombrarlo en masculino; en cambio los marineros suelen identificarla como de género femenino. Como siempre, Rafael Alberti dio todo un curso de sencillez y belleza con ese ya emblemático poema tan cercano a mi sensibilidad y amor por el mar. Amor, respeto y dedicación fueron los motores que hicieron avanzar a Cousteau durante toda su vida, y que tan bien retrata el director francés Jérôme Salle en Jacques (2016).

Hace muy poquito y tras perseguirlo por toda la provincia, Nuria y yo conseguimos, como Antoine Doinel, contemplar el mar en toda su inmensidad dentro de un cine de la sierra de Cádiz. Una contradicción más en nuestra vida, dos enamorados solos frente a la pantalla y tres piruetas con doble tirabuzón para poner la guinda al pastel. Tenía a priori muy buenas sensaciones con esta película y no me equivoqué. Tratándose como se trata de un biopic (o sea, una biographic picture), está resuelta de una manera brillante. Reconozco que soy muy especialito para este género en sí mismo. No hay muchas obras de este tipo que me entusiasmen, ya que en su gran mayoría son demasiado academicistas, pulcras y políticamente correctas. Y lo que yo busco es exactamente lo contrario. Que sean originales, personales y con los claroscuros propios de un Rembrandt que creara, en torno a un personaje, no una obra pictórica, sino fílmica, con lo hermoso y lo feo que tiene todo ser humano.

Jacques (2016) es clásica en su forma y su fondo, y eso no riñe con lo antes expuesto. Hay algo mágico en sus imágenes, que transmiten, al menos a mí, una serenidad azul, como ese mar que Cousteau adoraba desde que era niño y que convirtió en su morada vital. Da la sensación de que lo amó incluso más que a su propia familia, convirtiéndolo en algo vivo, con alma y sonido envolvente, casi como un bebé que estuviera en el seno materno antes de nacer. Cuando se sumergía en el mar alcanzaba algo parecido a una paz interior que no hallaba en tierra firme, ya fuera filmando peces, tiburones o mantas raya en cualquier océano del mundo conocido, o bien buceando con sus hijos Jean-Michel y Philippe y su esposa Simone en un día relajado de asueto.

Jérôme Salle consigue captar la grandeza y miseria de este personaje único e irrepetible, casi renacentista. Fue pionero en la invención, junto con Émile Gagnan, de los reguladores usados aún en la actualidad en el buceo autónomo. Fue gran divulgador del mundo marino, sabiendo cómo llegar al gran público a través de los medios de comunicación y también a los que ponían la pasta con su inquebrantable seguridad y determinación en todo lo que se proponía. Fue también concienciador de la sociedad de los peligros a los que estaban sometidos los mares y océanos del planeta. Fue todo eso y mucho más. Por otra parte, la dedicación a sus hijos y a su esposa no fue en muchos momentos la más adecuada. Eso se muestra y se siente muy de lleno todo el tiempo en la cinta, con esa dicotomía que se repite en todos los genios a lo largo de la historia: la genialidad en su trabajo y la insoportable y disidente personalidad en el ámbito privado.

Con sencillez se muestra la relación familiar de nuestro Nemo particular. Ésta fue compleja con Simone, una mujer que apoyó su pasión pero que sufrió mucho al ver el desfile de amantes que pasaba delante de ella. Por otro lado, la alargada sombra que proyectó sobre sus hijos, que le llevó al enfrentamiento y posterior reconciliación con Philippe, fue otra de las heridas abiertas que siempre estuvo ahí. Siempre anduvo en el límite entre la entrega a una causa por encima de todo y el afán de notoriedad de alguien que se convirtió en mediático en una época ávida de emblemas.

Los guionistas logran así poner en pie una historia basada en dos libros, uno de su hijo Jean-Michel y otro de Albert Falco, y crean algo hermoso pleno de vitalidad que retrata a un ser humano con todas las letras, con esas imperfecciones que nos hacen ser únicos. Siempre pensé que la perfección debía de ser muy aburrido. Las contradicciones y errores son lo que nos hace crecer y creer en poder mejorar como seres.

Dos disciplinas que nunca me parecieron secundarias sino muy muy importantes, la fotografía y la música, rayan a un altísimo nivel. Matias Boucard tuvo por delante el reto de fotografiar el mundo Cousteau, y pasa el examen con nota. Sus imágenes adquieren un poder visual que te hace sentir como si la sal del mar se te pegara a la piel, el sol te curtiera el rostro y el azul inundara todos los sentidos. El complemento perfecto para esas imágenes es el sonido, en este caso en forma de música. Y si esa partitura la compone nada más y nada menos que Alexandre Desplat, uno de los grandes de lo que llevamos de siglo, la sensibilidad, la emoción y la belleza juegan en casa. Un 1 en la quiniela. Con los primeros acordes me agarró por la solapa, me elevó a los cielos y emprendí un viaje que no olvidaré.

Mención aparte se encuentran los actores. Lambert Wilson recrea a un icono, cosa nunca fácil, y está muy bien. Sale airoso. No sólo el gorro rojo, las lentes y la camisa azul hacen un personaje. Audrey Tautou como su esposa Simone, con carácter fuerte y gran luchadora, tiene una química especial con Wilson, mientras que Pierre Niney, que encarna (de noche) a su conflictivo hijo, logra transmitir esa ansiedad propia de un joven en conflicto con su padre, pero de buen espíritu.

No sé si he sabido transmitir en estos breves apuntes esa relación tan estrecha que se intuye bajo la superficie entre el ser humano y la madre naturaleza. Lo que sé es que a mí me conmovió, me hizo pensar y sobre todo consiguió que disfrutara de otro momento mágico (a la vez que natural) junto a la mujer que quiero que envejezca conmigo por los siglos de los siglos, Amén. Sin papeles, mas con corazón, cerebro y piel, como Cousteau.

P.D. Si habéis leído esto, sois la memoria R.A.M.: Resistencia Acuática Marina. Glu, glu, glu…

 

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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