RETAZOS

Verano del 2011

Cuando navegas hacia atrás en el tiempo, en tus recuerdos, van surgiendo de entre la bruma de los días recuerdos indelebles, como islas en este Océano Atlántico que en esta madrugada de verano bate a mis espaldas contra la orilla. Así son algunos de los retazos que mi memoria guarda de la vida de Emiliano. “Del Emilio”, como nosotros cariñosamente llamábamos. Son recuerdos de encuentros estivales sobre todo. De cuando viajábamos en coche desde este sur para acercarnos a nuestras raíces sorianas. Son recuerdos del Emilio, del Benito, de mi propio padre, Lucio, y de tantos otros que han ido pasando ante nuestras miradas año tras año y que no obstante siempre permanecerán ahí para recordarnos lo que fueron. Lo que somos gracias a ellos.

Creo que la primera imagen soriana que conservo en mi memoria es la de la prima Luci. De pequeña. Bebiendo agua en la Fuente del Celemín desde donde se divisa un hermoso valle, justo cuando llegábamos desde Andalucía. Después recuerdo los personajes tranquilos, curiosos, de Huérteles en el momento en que nuestro coche llegaba al molino situado junto al frontón. Más tarde vendría el conocimiento de las personas. La siempre hospitalaria tía Lucía, que nos abría – y aún nos abre- el molino de par en par, con sus olores a leña, a embutidos secándose en el somero… El resto de los primos, Santi, Pili, Sita, Pablo, Arcadio… Y el Emilio. Alto, enjuto, de recios huesos y nariz afilada.

Supongo que para un niño son más perdurables los recuerdos de las personas si van asociados a momentos divertidos, felices al cabo. Y este es el caso del Emilio.

Fue una madrugada de verano. Nos habíamos acostado temprano los tres hermanos -Javier, Patricio y yo- nerviosos porque nos habían anunciado el inminente nacimiento de un ternerito de una de la vacas del tío. Tras dormir a duras penas, supongo que en torno a las cinco y media o las seis -ignoro si algún gallo había cantado ya o no- nos despertaron. Se acercaba el momento. Nos vestimos, salimos con nuestro padre del molino y nos dirigimos a la Calleja donde el Emilio tenía sus vacas. Aquello fue un espectáculo maravilloso. No era como en la tele en blanco y negro. Aquello se respiraba, se olía y si te atrevías, se podía tocar. Era el nacimiento de una nueva vida. Era, de esto no tengo dudas, el despertar de mi conciencia soriana.

Ternero

Desde aquella madrugada ya no era sólo de Jerez. También era de Soria puesto que aquel personaje alto y delgado como digo, ancló en el mar de mi vida aquella imagen tan espectacular para un crío que apenas despegaba del suelo.

Después vendrían otras pinceladas. Como la de la mañana en la que Emilio cargó su burro, me montó encima y me llevó por el camino que ve como el arroyo discurre a su derecha. Con el paso de los años siempre me pregunté dónde estaría ese camino, hasta que un día, de paseo con mi perro, lo redescubrí. Fue como volver a montar en aquel burro. Como ir de nuevo al lado del Emilio.

La infancia se acaba. Pero estos recuerdos permanecen ahí. Como los que sucedieron ya en la adolescencia y como los que tenemos ahora que nuestras cabezas están ya prácticamente despobladas, como esos pueblos sorianos. Siempre recordaré sus palabras sensatas cuando hablaba de mi padre, su esfuerzo constante con los animales, con el huerto -del que nos traía las verduras-, con alguna obra que hubiese que realizar en alguna de nuestras casas. Recordaré sus partidas de cartas. También la tarde de invierno en que le pregunté si nevaría al día siguiente y su respuesta: “Sí puede que nieve sí”. Y cómo acertó…

Ahora son otros niños los que han ido almacenando trocitos de sus vidas junto a la de él, como mi propio hijo, Héctor, quién me preguntó apenado cuando le dije que Emilio había partido que quién iba a cuidar ya de los conejitos. O los pequeños Inés y Rodrigo. Y tantos otros.

Como cantaría Pablo Milanés, el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos…, pero los que no pasarán son estos recuerdos, estos retazos que siempre estarán ahí como este océano que bate contra la orilla a mi espalda, ya de amanecida. Como la imagen de Emilio, de Lucio, Benito y tantos otros.

Que los vientos os sean propicios.

Acerca del Autor

José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

Comentarios

  1. Por Hector

  2. Por Hector

  3. Por José Manuel Lasanta Besada

  4. Por José Manuel Lasanta Besada

  5. Por Esther

  6. José Manuel Lasanta Besada Por José Manuel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.