¿QUÉ PENSARÍA DE MÍ EL NIÑO QUE FUÍ?

Hace unos días, a un grupo de “personas humanas” que tratamos de acercarnos al teatro nos sugirieron que reflexionáramos a cerca de la pregunta que se formula en el título de este artículo.

No sé si he dejado a alguien tirado en la carretera. Lo más probable es que sí. Algún cadáver guardaré en algún armario. No soy ningún diamante. No soy puro. Lo tengo claro. Hace ya años -ni me acuerdo casi- decía de mí que era casi transparente. Afortunadamente, aunque solo sea como mecanismo de supervivencia, he dejado de serlo. Me pregunto cuánta gente puede mirar por el retrovisor y afirmar con rotundidad: “Sí, yo fuí siempre fiel a mí mismo y nunca dañé de forma consciente o inconsciente a -digamos- nadie”. Supongo que sí. Que estas personas haberlas haylas. Como las meigas. Pero entre nosotros, entre los mortales poco dados a las pócimas y sortilegios, me parece a mí que no, que quien más y quien menos sabe que al abrir algún armario de su pasado o de su presente -lo cual sería peor- algún tufillo a muerto saldría. Y es que… ¿quién no ha sido alguna vez un poco Fausto? ¿Quién no ha vendido alguna vez un trozo de su alma -de su “pureza“- por conseguir alguna manzana, aunque ésta estuviese al final envenenada?

manzana

Creo que el niño que fuí, a fin de cuentas, no tendría de mí una opinión del todo mala. Digo esto siendo bastante crítico con mi pasado y mi presente. En su día quise cambiar el mundo. Hacerlo más justo -según mi criterio, claro-, más habitable. Hoy, sin renunciar a ello, -este supuesto adulto al que el niño de entonces contemplaría, está mucho más desgastado- solo aspiro a que mi paso por este mundo sea poco estridente. Con el paso del tiempo a aquel niño se le supone más sabiduría. Pero muy posiblemente, más que del ser en el que se convirtió, se entristecería al descubrir que el mundo en el que crecía no estaba habitado por Bambi, Tambor, Alicia, la familia Ingalls, Pipi Calzaslargas… sino que las imágenes de los informativos en las que estallaban las bombas y la gente moría de pura miseria eran reales.

Y en resumen, y afortunadamente, dicho niño se sentiría esperanzado aún ya que puesto que la partida que cada cual juega en su vida no está terminada, todavía hay tiempo de corregir errores cometidos y mejorar cada día.

 El reflejo en el espejo

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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