PLATÓN IN AUDREY´S EYES

EL GATO CINÉFILO

c__data_users_defapps_appdata_internetexplorer_temp_saved-images_audreyhepburnEn un lugar de Cádiz de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un gato siamés de los de pelo corto, porte elegante, enjuto de carnes y con ojos azul cielo. Habitaba casa alquilada junto a un humanoide, al cual permitía residir allí (y no al contrario como se piensa). La felicidad se le reflejaba en los largos bigotes que le servían de radar. Pájaros, saltamontes, escarabajos y cucarachas le servían de distracción mientras veía pasar la vida. Comía diariamente su ración, adobada con carnes y otras exquisiteces que le daba su dueño. Era cariñoso con él y zalamero cuando le interesaba. En fin, que era feliz como buen gato doméstico, aunque los ramalazos de salvajismo e instinto animal aparecían con frecuencia.

Además de todo eso, había tenido varios percances gatunos a los cuales sobrevivió milagrosamente. El humanoide era buena persona, le había ayudado a vivir y se había portado siempre como una madre desde que lo recogió con apenas dos meses. Era algo recíproco, pues se sentía como un hijo con él. Platón, el gato filósofo, era de ascendencia portuense, así que lo de poeta, marinero y dicharachero le venía de familia. De espíritu sociable y muy inteligente, tenía una especial conexión con el humanoide. Pero había algo más que los unía: el cine.

audrey-cat

Desde que comenzaron a convivir notó que el ser de dos patas se tumbaba de noche en el sofá a contemplar una especie de caja con gente pequeñita en su interior; reía, lloraba, sonreía y a veces incluso se estremecía con lo que ocurría entre esas cuatro paredes negras. Empezó pues a interesarse por esa cajita cuando se colocaba encima de él para notar el calorcito de su cuerpo. Y sin que aún pueda explicar cómo ocurrió, con los ojos absortos en el cristal, sintió por dentro un escalofrío a la vez que su dueño cuando una chica joven, de aspecto angelical y con una toalla en la cabeza, apareció en el alféizar de una ventana tocando con una guitarra un precioso tema, tema que le retrotrajo a sus ancestros y le recordó lo libre e independiente que se sentía cada segundo de su existencia.

Pero aún había algo más. Con su percepción gatuna se dio cuenta de que esa cara la había visto en alguna parte. Tras mucho cavilar se le encendió la bombilla… ¡Arrea! ¡Estaba por toda la casa! Cuadros, latas de galletas, posters, un enorme biombo en el salón, incluso una camiseta con la efigie de esa hermosa señorita. No sabía su nombre pero se enamoró perdidamente de ella. Tenía que conocerla como fuera, mas no conocía forma o manera de hacerlo. Una mañana de domingo, su gozo fue a parar a un pozo. En un libro que leía el humanoide vio que ella había fallecido mucho antes de que él naciera. Se entristeció, pero sintió también que ella viviría para siempre, ya que en ocasiones volvía a aparecer en la pantalla y podría de nuevo disfrutar de su calidez y su inocencia.

Una noche de verano, postrado a lo largo del humanoide y con los ojos entornados, volvió a verla. Estaba con un hombre que la llevaba a lo que los antiguos llamaban la boca de la verdad, lugar donde se supone que sólo se podía decir la verdad, valga la redundancia, a riesgo de que al meter la mano te la comiera esa horrible boca si resultabas ser un mentiroso. Era una especie de oráculo, como en la época clásica. La situación fue sorprendente y divertida, y Platón pensó: ya que no puedo conocerla en persona, viajo a la ciudad de Roma y encuentro ese lugar, con el fin de conocer mi pasado. Quería saber si había sido un gato feliz en sus cinco anteriores reencarnaciones, y si la fortuna le sería propicia durante su última reencarnación como ser humano. Pero ese deseo se olvidó, como tantos otros.

El tiempo pasó y el humanoide pasaba cada vez menos tiempo con él. Lo llevaba a casa de sus padres y esos cuatro días se le hacían interminables, aunque “los abuelos” le daban todos los caprichos y le trataban a cuerpo de rey. Poco a poco fue notando que desaparecían muebles y objetos cuando semanalmente volvía a casa. Las fotos de esa cara con ángel, los posters y hasta el consabido biombo se esfumaron… Una tarde de sábado, en vez de viajar a casa de “los abuelos”, lo llevaron a un lugar nuevo, una nueva casa donde su dueño empezó a vivir con una  hembra. Al principio se notó raro y fuera de lugar, pero se fue habituando tanto a la casa como a la hembra. Rincones a explorar y un mundo nuevo se abría para él. Además, le gustaba como se trataban los dos humanoides. Le cogió  bastante cariño a ella y los tres se hicieron inseparables. Por cierto, de nuevo estaba la cara de esa chiquilla angelical por todas partes en la nueva casa.

Una mañana muy temprano, recién amanecido y de buenas a primeras, se acordó de la boca de la verdad y la naturaleza solo tuvo que hacer su trabajo. Cuatro noches más tarde, estando la puerta de la terraza abierta, saltó desde el 3° a un árbol cercano y de ahí al suelo. Le restaba un largo camino hasta Roma, lleno de peligros y calamidades, mas sabía que su instinto no le defraudaría. Echaría de menos a su “madre humanoide” pero tenía una misión: quería descubrir que el brillo de los ojos de esa chica de mirada felina, llamada Audrey, había viajado hasta sus ojos para quedarse incrustado en su iris azul cielo.

A pesar de que el humanoide se entristeció por la inesperada desaparición, siempre tuvo la esperanza de que el gato volviera alguna vez de su larga travesía. Mientras eso ocurría, a veces observaba el precioso biombo incrustado en la pared; si lo miraba atentamente, podía sentir a Platón en los ojos de Audrey…

platon-guapo

Este cuento, mi cuento de Navidad particular, solamente desea ser mi regalo en estas fechas. Huyo de los buenos propósitos, de la hipocresía de ser bueno estos días, en fin, de la moto que nos quieren vender los de siempre. Coherente conmigo mismo, soy como soy los 365 días del año, para bien o para mal.

Acabo mi año deseando que el que viene os sea propicio. Este 2016 ha sido especial para el que os escribe. He conocido al amor de mi vida y sólo por eso merece la pena inspirar y espirar.   Haced lo posible por disfrutar de las pequeñas cosas y luchad cada día por ser mejores personas. Chao, pikolines.

mafalda-navidena

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que le ha cortado la cuerda a Papá Noel para que no suba al balcón…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. José Manuel Lasanta Besada Por José Manuel Lasanta Besada

    Responder

  2. Por Nuria García Santos

    Responder

  3. Pablo Solís del Junco Por Pablo

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *