¿PINCELADAS DE CONFRATERNIZACIÓN?

EL ESPÍRITU DE TRUFFAUT CABALGA DE NUEVO

Cuando François Truffaut nos dejó hace más de treinta años, no solamente murió una manera de hacer y sentir el cine, sino una forma de entender la vida. No he visto toda su obra, pero por lo poco que sé está muy cerca de mi sensibilidad cinematográfica. El amor al arte que le salvó literalmente la vida, la pasión por las mujeres, la conexión entre la literatura y el propio cine y esa preocupación obsesiva por la infancia  y la educación fueron los pilares que marcaron su existencia. Murió demasiado joven. Los grandes se van pronto.

Al hablar de lo que hablo, quiero darle un pequeño homenaje al gran autor parisino. Acabo de ver hace unos días, en el Teatro Pedro Muñoz Seca de la vecina ciudad portuense, una película que me ha recordado a él. Hacía tiempo que no me ocurría. Es más, nunca lo había hecho. Se trata de Frantz (2016), dirigida por otro francés y otro François, en este caso apellidado Ozon.

Incuestionablemente para mí, Frantz ya es una obra maestra. Me ha conmovido su ritmo, su hermosa historia y el destino de unos personajes marcados desde el principio. Cuando salí del teatro emocionado y de la mano de Nuria llegué a creer que estaba tocando el cielo dando vuelta tras vuelta en la noria de la feria, feria que curiosamente ni había comenzado por entonces. Pero no, me encontraba con el espíritu henchido de gozo y una gran sonrisa en los labios. Por no tener no tenía ni hambre.

El blanco y negro que domina la pantalla es de una belleza arrebatadora e impresionante. Llena de lirismo, de poesía y de sensibilidad, la luz que le otorga Pascal Marti, su director de fotografía, es un verdadero canto al clasicismo, aunque en momentos aparezcan como por arte de magia ante nuestros ojos unas leves pinceladas de color; ocurre siempre cuando se evoca al pasado y se vislumbra al desparecido y añorado Frantz. Parecería más bien como una ensoñación de los protagonistas, un deseo de cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Pero, ¿cómo François llegó hasta Frantz? Todo emana, cual agua cristalina de fuente de entreguerras, de una obra teatral de Maurice Rostand, L’homme que j’ai tué (El hombre al que maté), escrita en 1925. Posteriormente, a principios de los 30, Ernest Lubitsch la adaptó al cine, ya sonoro, con el título de Remordimiento (1932). Con su habitual maestría y su famoso “toque Lubitsch”, narraba con un tono marcadamente antibelicista los años inmediatamente posteriores a la llamada Gran guerra, centrándose en un soldado francés y su sentimiento de culpa por un hecho del pasado. Este bagaje llegó hasta el reputado director francés. Lo demás es historia.

En este caso Ozon le da un punto de vista diferente a la historia, centrándose en la figura femenina que la protagoniza. Nos encontramos en un pequeño pueblecito alemán poco después de la contienda. Anna, la novia del soldado germano muerto en combate, va a visitar su tumba cada día; una de esas veces encuentra ante ella a un desconocido. Ese desconocido es francés, se llama Adrien, combatió también en la guerra y resulta que conoció a su fiancée, como dicen en Francia.

Él va a casa de los padres del fallecido y se presenta ante todos. Relata cómo y dónde conoció a su hijo, y cuenta su historia. Eso le sirve de consuelo a ambas partes. Es como si fuera la metáfora de un intento de reconciliación entre el lado vencedor y el vencido. Rápidamente se establece una conexión entre el francés y la chica alemana, aunque a decir verdad en la mirada y los ademanes de Adrien hay algo turbio, extraño, que transmite cierto desasosiego. El ambiente en el pueblo se va enrareciendo poco a poco hasta que se producen enfrentamientos con ciertos sectores de la vecindad, que no entienden algunas situaciones. Adrien, consciente de lo que está provocando tanto en Anna como en la comunidad, decide volver a su tierra, sembrando el desconcierto en el corazón de Anna y la duda en el resto de la familia.

No cuento más de la historia porque sería desvelar demasiado. Tenéis que ver esta verdadera joya repleta de belleza, misterio y también dureza, porqué no decirlo.

La delicada música acentúa en la obra ese carácter arcano de unos personajes profundamente marcados por el pasado, las mentiras y los rencores. ¿Confraternización de dos pueblos? No fue posible. Los errores volvieron a cometerse años después, como ocurre desde que el mundo es mundo.

Para mí hay un claro paralelismo entre esta película y esa obra maestra de Truffaut que es Jules y Jim (1962). En ambas hay un trío protagonista (dos hombres y una mujer), aunque los matices y diferencias son notables. En la más antigua en el tiempo el tono es positivo, naïf, alegre. Amor fou en toda su pura esencia. En ésta que nos ocupa las sensaciones son negativas y la melancolía impregna toda la obra. Es como si un velo tapara las verdaderas intenciones. Las dos son trágicas de alguna manera, pero el sabor de boca que deja cada una es como la noche y el día. Jules… sería un helado de hierbabuena mezclado con naranja, fresco y agradable al paladar, mientras que en Frantz el heladero habría incluído un poquito de chocolate negro, además de fresa ácida y limón. Todo muy cargado y denso.

Las interpretaciones en Frantz son sutiles, para adentro. Llenas de introspección y silencio. Los personajes parecen mucho mayores que la edad que representan. En Jules y Jim hay mucho diálogo, muchas risas, música alegre y canciones hermosas. Los actores son expresivos y llenos de vida, con ganas de vivir experiencias que les llenen aunque éstas sean también dolorosas. Jules… resulta un canto a la vida. Frantz es una oración fúnebre.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que aún cree que con el diálogo y la cordura se arregla todo…ajolá.

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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