NO SOY LUTHIER, SOY MUSICISTI* (y II)

CRÓNICA DE UN AMANTE DE LA MÚSICA

NO ES FRÍO, ES MÚSICAUn momento mágico. Otoño del 95. Al concluir Braveheart (1995) me quedé como siempre relajado contemplando los títulos de crédito (no entiendo esa manía de las prisas y el síndrome del muelle en el culo por salir pitando al microsegundo de concluir un film, ¡qué pena de gente, de verdad!), mientras disfrutaba de la partitura de James Horner. En un momento dado, un coro surgió como de la nada y me quedé extasiado, con la boca abierta y la gallina en piel, como diría el bueno de Johann Cruyff. Por cierto, hace pocas semanas falleció el bueno de Horner en un accidente aéreo con tan sólo 61 años. Nos han privado de un cuarto de siglo de bellas composiciones y sutiles emociones. Descanse en paz.

Hablando de bocas abiertas, en el verano de 2008 asistí al que probablemente haya sido el concierto de mi vida en lo referente a la música de cine, al menos hasta ahora. Córdoba, finde completo. Exterior noche. Teatro de la Axerquía, preciosa construcción moderna en grada y al aire libre. De fondo, la Mezquita. Alrededor, más de 4.000 personas flipando en colores tanto como un servidor. El concierto fue enteramente dedicado al que para mí es el mejor compositor español de veinte años para acá. No son nada, dicen. Hablo de Roque Baños. El de Jumilla, provincia de Murcia y tierra de buenos caldos, será un poquitín tartamudo pero tiene más cosas que decir y más claras que muchos parlanchines patéticos que andan sueltos por ahí. Él mismo dirigió a la Orquesta de Córdoba y al Coro Ziryab, realizando un colosal esfuerzo para crear esas maravillosas suites que impregnaron la calurosa noche cordobesa y consiguieron que se erizara cada bello vello de mi piel. En especial recuerdo los temas de Segunda piel (1999), Las 13 rosas (2007), Salomé (2002) y Alatriste (2006). Mientras se escuchaba la música en una pantalla gigante se proyectaban imágenes o vídeos de las pelis en cuestión. Fue un largo concierto, pero se me hizo tan tan corto… inenarrable, aunque aquí lo haya intentado describir. Al menos os doy una pincelada, ahí va…

Domingos por la mañana en la Alameda Vieja o en el parque González Hontoria de este Jerez nuestro. Finales de los 80 y primeros 90. Salía con los amigos a dar una vuelta por el rastrillo, pero lo que realmente esperábamos era el instante en que la Banda Municipal de Música, dirigida por Paco Orellana, comenzara a interpretar sobre los templetes de Eiffel un variado repertorio de los clásicos del séptimo arte; entre un cartucho de papas fritas, un refresquito y unas pipas sonaban los hits de Ben-Hur (1959), Lawrence de Arabia (1962), Desayuno con diamantes (1961), Doctor Zhivago (1965) o Lo que el viento se llevó (1939), por poner sólo algunos ejemplos. Ahí nos fuimos enamorando de esa música tan particular, aunque estoy seguro que eso lo llevábamos dentro desde mucho tiempo atrás.

Pegando un salto adelante, ¡hop!, estamos en otro verano, el de 2014. Mi amiga Anita Navarro y yo nos fuimos a El Puerto de Santa María a disfrutar del Bahía Jazz Festival, en los jardines de una bodega típica portuense. Noche preciosa. Un piano, un francés y el cine de Godard. Parece un chiste de esos de los 80, ¡jajajaja! No tenía ni idea de la existencia de un tal Stéphan Oliva; resulta que va y es un maestro que sabe tocar la fibra de los que amamos el jazz, y si está mezclado con el cine ya ni te cuento. Como un buen Bloody Mary. En este cóctel el zumo de tomate no sería nada sin el vodka y viceversa; a pesar de que solos tienen entidad propia juntos forman un tándem explosivo. Y como fin de fiesta va el tío y se marca la nana de La semilla del diablo (1968), del malogrado compositor polaco Christopher Komeda, el cual falleció poco después de su estreno en extrañas circunstancias; nadie esperaba este bis y a todos nos recorrió un escalofrío por la espinita dorsal. El vasito de ginebra con hielo picado y un chorrito de sirope de arce que nos ofrecieron hicieron el resto. Cerrad los ojos y dejaros llevar…

Continuando con el tema del jazz, en mí siempre ejerció una influencia importante. He ido a innumerables conciertos de Rising stars que se celebraban en la plaza de las Marinas, he ido a festivales de verano en sala Compañía, el Alcázar, el museo de la Atalaya, El Puerto, Cádiz… Y he tenido y tengo un maestro que está presente allá donde vaya. El gitano belga Django Reinhardt, que a raíz de una desgracia personal a corta edad sólo tenía activos tres dedos de la mano izquierda. Eso le hizo tocar la guitarra de una forma peculiar y le dio un sello inconfundible, haciéndose un hueco que nunca dejaría de ocupar en el incipiente jazz manouche; creó con el virtuoso violinista Stéphane Grappelli el archiconocido (para los entendidos) Le Quintette du Hot Club de France, con el propio Grappelli al violín, Louis Vola al bajo y tanto él como su hermano Joseph y Roger Chaput a las guitarras. Sus temas han sido utilizados multitud de veces en la gran pantalla, especialmente por Woody Allen, que es un enamorado del jazz clásico. Sin ir más lejos hasta le dedicó una película, Acordes y desacuerdos (1999). Animo a los que no la hayan disfrutado que lo hagan. Es una delicia y además muy divertida, con una música llena de swing y personajes muy extravagantes.

Ahora me viene a la cabeza un estimulante y sorprendente concierto de cine jazzístico que ofreció el compositor Carles Cases uno de los veranos que fui a Úbeda durante los congresos de Música de Cine. Fue en el monumental Hospital de Santiago, y no pude dejar de mover las piernas en ningún momento, bailando al son del piano, el contrabajo y el clarinete. Resultó sorprendentemente íntimo.

Lo último que quiero mencionar es muy friki. A algunos les parecerá que tenía que haberlo nombrado antes. No es que me parezca menos importante, simplemente me ha venido en este instante. El colosal concierto (¡luces, cámara, acción!) que se organizó en el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid en marzo de 2010. ¡Vaya pedazo de ambiente! Allí nos encontramos todos los amigos que solíamos reunirnos en Úbeda o Córdoba. Star Wars en toda su extensión. Los seis episodios en un espectáculo brutal de color, las fanfarrias que todos conocemos y la intimidad de los temas pequeños y románticos. Disfruté como un enano.

He escuchado cosas que vosotros no creeríais, con mi mente viajando por mundos imaginarios más allá de Orión, he visto espadas láser brillar cerca de la puerta de Alcalá. Todos esos momentos en solitario o buena compañía, henchido de sensaciones placenteras, se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de terminar…

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

* Homenaje a Julio Iglesias y Tricicle, y ellos lo saben.

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.