NI EN MIS MEJORES SUEÑOS

TERCERA CARTA ABIERTA A LA MUJER DE MI VIDA

Querida Nuria,

Esta carta de felicitación por tu cumple no llega con tres heridas, como decía el poema de Miguel Hernández, sino con dos días de retraso. Como llega todo a mi vida, con retraso. Tengo claro espíritu de liebre silvestre pero reconozco que la realidad de la tortuga de la fábula siempre se impone. Muchas felicidades, mi amor.

Esta misiva es de nuevo un reconocimiento público del profundo amor que siento por ti, Nuria. Llevamos poco más de dos años juntos, cariño, y parece que han pasado dos siglos desde aquellos últimos días de marzo de 2016. No sé si esa sensación es buena o mala, no lo tengo nada claro. Quiero creer que es positivo tanto en cuanto el tiempo suele pasar deprisa cuando uno está a gusto. Lo único que sé es que estoy enamorado como si fuera el primer día. Aunque siendo sincero contigo y conmigo mismo, enamorado de manera distinta. Ni mejor ni peor, distinta.

El otro día estuve viajando en sueños en una barcaza rosa de algodón dulce a través de los mares del tiempo y te descubrí en la cuna, junto a tu madre, gordita como tú sola y con los mofletes sonrosados. Ya tenías los ojos grandes y curiosos como ahora. Y te quejabas mucho, no te estabas quieta. Puro nervio, como yo, pero lo encauzabas y encauzaste de forma diferente. Como buena Tauro eras cabezota y no dabas tu brazo a torcer. No has cambiado en lo de cabezota, ¿eh?.

Una milésima de segundo después habían pasado mil siglos y me encontré contigo paseando por El Almendral. Tú no me veías a mí, pero yo a ti sí. Tenía como trece o catorce y tú unos diez. Yo venía de mi casa para comprar unas gominolas en el Gordo, un par de flashhhh al enano al que se le congelaban las manos y de paso hacerle a mi madre unos cuantos recados en el supermercado Aldi (con esa lista de letra de médico indescifrable, que me hacía pensar siempre en el enorme mérito que tuvo Champollion y sus ayudantes con la ínclita piedra Rosetta). Supongo que tú volverías de clase, dado que llevabas ese uniforme que vestíais las niñas del María Auxiliadora. Estuve un buen ratito a tu lado, hasta que llegaste a tu supuesta casa, el piso nº1 de la barriada. Entraste en el portal y te perdí la pista mientras el ascensor subía al octavo. No tenías un cuerpo especialmente llamativo pero tu cara irradiaba una luz que no había visto jamás en mis viajes espaciales, por muchos mundos que hubiera visitado. Por algo te llamaban la pequeña Heidi.

Pero, ¿quién era esa Heidi? Siendo yo de galaxias lejanas, investigué un poco in my mind, descubriendo que se trataba originalmente de un cuento de la escritora suiza Johanna Spyri, que en los años 70 fue llevado a la televisión en forma de serie de anime japonés, con un éxito rotundo. Lo entendí todo. Querías pasar desapercibida como yo en un mundo terrícola que nos hubiese devorado como iconos populares. Y te pusiste el vestido de niña. Conseguiste tu objetivo, yo sólo en parte. Mi extravagancia personal fue tachada de timidez encubierta por los estudiosos de la mente, también llamados psiquiatras, una vez que dieron conmigo. Pero estamos hablando de ti, no nos desviemos.

A la vuelta de la esquina, donde la farmacia y la pizzería de Ressy tenían su aposento, desapareció el encantamiento por arte de birlibirloque y al parpadear tres veces te encontré nuevamente en un pueblo serrano llamado Ubrique, en el que pasabas una larga temporada. Estabas más crecidita, no tanto en tamaño físico como en corazón, que latía a fuego lento. Nadie se daba cuenta de que ese corazón de terciopelo rojo protegía tu límpido espíritu de adolescente acomplejada. El órgano había crecido en intensidad y calidez, y literalmente no te cabía en el pecho. Pero un servidor, camuflado esta vez como joven aprendiz de talabartero en esa villa de la provincia gaditana, tenía la extraña sensación de que con tus defectos, tus complejos y tus inseguridades, ibas a resultar una persona maravillosa, como una oruga que se transformara en mariposa de vivos colores. El tiempo me acabaría dando la razón.

Por algo ser el único habitante del Asteroide B-612, poco más grande que una casa, me hacía ver cosas que los demás no podían o no querían ver. Era yo el pequeño príncipe de un remoto lugar, puro y cristalino, donde una rosa silvestre nacía como símbolo del amor y metáfora de la mujer que se ama, y donde las cosas ocurrían siempre con un propósito. Ya me he descubierto ante ustedes y no me importa, no hay nada que esconder. Tenía el poder de la maravillosa inexperiencia, que me otorgaba la esperanza para curiosear por todos los lugares visibles y por los que la imaginación fuera capaz de crear.

Allí en Ubrique seguiste cultivando tu flor interior, el amor del futuro, al igual que yo continuaba regando la rosa que me daría pie a subir los escalones que me conducían al paraíso por descubrir. Quisiste romper tabúes y dudas empezando una clase de teatro, pero pudieron más tus miedos. Allí estaba yo en tu hombro, dándote un empujoncito, pero no fui lo suficientemente persuasivo. Aún no tenía la fuerza emocional de mil rayos y centellas.

Volví a mi Asteroide B-612 para regar mi rosa, talar mis baobabs y seguir viajando de planeta en planeta. Tuve muy curiosas experiencias, hasta que un día me encontré con un intrigante personaje que se había estrellado con su avioneta en el desierto del Sáhara. Hablando y filosofando con él se me abrieron los ojos del alma y me encontré buscándote de nuevo por este planeta que llaman Tierra. Eras ya una mujer, que también viajaba para hacerse preguntas y escapar de un pasado que no deseaba recordar. Te encontrabas en tierras centroeuropeas, cuidando de un bebé llamado Verónica. Sin que te dieras cuenta, me introduje en su cuerpo y supe lo que era ser amado por una naturaleza tan cariñosa como la tuya. Estabas creada para dar amor, te encantaban los niños y volcabas en ellos tu ternura impenetrable. Disfruté de una sensación maravillosa por un tiempo, pero tuviste que dejarme y te perdí la pista. De nuevo te me escapabas de entre las manos, como la arena del desierto antes pisado.

Entonces pasé por un bache emocional importante. A pesar de viajar y viajar no hallaba la solución a mi tristeza. No sabía que hacer ya que no podía tenerte a no ser que rompiera con todo y renunciara a mi mundo. Un día la rosa, encerrada en su fanal, me dijo que rebuscara dentro de mí y hallaría la solución a mis desventuras. De casualidad, una tarde a las tres de la mañana, contemplando el sol de la medianoche, abrí un periódico. Allí encontré un anuncio donde se impartían clases de tango en una pequeña localidad otrora pisada por mí, Jerez de la Frontera. Me puse en contacto con los profesores, bautizados Cristina y Alberto, que me dieron confianza en dar el paso decisivo. El baile cura las almas heridas, me dijeron por teléfono. Parecían majos y cercanos a mis inquietudes. Una tarde de octubre me deshice de mi traje de principito, perdí mis sencillos poderes y me convertí en humano, pidiendo sólo una cosa a la providencia: conservar mi espíritu en cuerpo de hombre, y así fue. Entré en clase y ¡te encontré allí! Seguías teniendo esencia, presencia y potencia. Parecías ser una aparición, pero no, te saludé dándote un beso en esas mejillas que seguían sonrosadas y me di cuenta enseguida de que eras tú. La razón que estaba buscando para vivir. La idea de la rosa del Asteroide B-612 se hizo real y todo cobró su sentido. Mi timidez poco a poco se fue mitigando contigo. Todo resultó sorprendentemente fácil.

Y ahora, pasado el tiempo y después de muchas experiencias, sigo disfrutando cada momento que paso a tu vera. Te echo de menos cuando no estás. Me enfado cuando en la cocina te pones impertinente. Sufro si te encuentras mal de ánimo o tienes alguna dolencia física. Cuando me sonríes mi corazón se acelera, y si tu mano me toca, mi alma se alegra. Ir al teatro o a un concierto contigo es un privilegio, pues bien sabes que aquello que nos hace vibrar nos hace libres a ambos. Viéndote bailar latino me pongo contento. Cuando duermes te observo; estás de perfil, con esa paz, y la ternura me invade. Me gusta acariciar tu cuerpo pequeño con mis manos grandes. Poner mi cabeza en tu pecho y escuchar latir a tu corazón. Y abrazarnos sintiendo tu calidez. Ver una peli acurrucados en el sofá. Pasear por la playa y hablar de muchas cosas. Escucharte y que me escuches. Descubrir lugares nuevos para los dos o que uno le enseñe al otro un recuerdo del pasado. Leerte alguna poesía mientras estás recostada en el sofá. A veces quiero animarte y no puedo. En ocasiones quieres animarme y no lo logras. Pero siempre llegamos a un entendimiento. La razones del corazón se imponen. Uno de los mejores momentos del día es cuando llega la noche. En la cama y en escorzo (1), mientras voy a apagar la lamparita de la mesilla de noche, contemplo tus ojos clavados en los míos y tu sonrisa iridiscente que me conmueve, y eso es lo último que deseo que mis ojos vean cada día.

Estás viva. Me siento vivo. Que no se pierda nunca eso, a pesar de las dificultades que la vida nos ponga por delante. Miremos al futuro con ilusión y ganas. Démonos una oportunidad. Nos lo merecemos.

La licencia de que Roy Orbison esté junto a nosotros hoy se me ocurrió unas cuantas tardes de primavera, hablando con Alberto, el mayor fan de ese genio de la música poco recordado por estos lares. No soy un experto como él pero he sentido sus canciones muy adentro desde siempre. Sus letras se parecen mucho a lo que soy o quisiera llegar a ser. Aunque sean tristes y nostálgicas. Sencillas, románticas, profundas y llenas de amor, un amor que he encontrado en tu alma, un alma que me mira embelesada, como cuando un gato mira en la oscuridad de la noche de los tiempos algo no visible para los demás. Eres la única que intuye que en otro tiempo, en otro espacio, en otra vida, fui el pequeño príncipe del Asteroide B-612.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

(1) Proveniente del italiano scorciare, el escorzo es un recurso de la pintura, la fotografía y el dibujo que se utiliza para dar sensación de profundidad.

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.