MELODÍAS DE ARENA Y SAL

CUENTO DE VEROÑO 

Era una tarde de domingo de un verano recién nacido. Me hallaba en una calita de esta provincia que me vio nacer y no podía encontrarme más relajado. Toallas, sombrillas y bañadores llamativos  daban color y alegría a mis sentidos, ya de por sí agradecidos por el contraste de las diferentes pieles que se tostaban a mi alrededor. Las rocas desgastadas y rojizas me envolvían, dando un tono semisalvaje al entorno natural. El continuo rumor del mar y la marea que poco a poco descendía me otorgaba el sosiego necesario para poner la mente en blanco y dejarme llevar, pensando en ese preciso instante que la felicidad me había tocado con su varita mágica.

Ahí estabas tú, delante de mí con tu cuerpo pequeño, cuerpo que envolvía ese espíritu enorme y bello. La mujer que tuvo a bien acogerme en su vida y aceptarme como su compañero de camino. 

No sé bien lo que ocurrió pero de repente el cielo se oscureció. Todos los seres que estaban a mi alrededor se quedaron inmóviles, como maniquíes en un escaparate de la calle comercial de cualquier ciudad. La pelota de un niño interrumpió su magistral pase. Una cometa roja y verde pareció convertirse en fotografía artística. Las gaviotas que sobrevolaban la calita se quedaron colgadas como de hilos de tanza. Unos jugadores de cartas a mi izquierda nunca acabarían esa partida y allí, exactamente a las 13.27 de la tarde, sólo latía un chachachá que sonaba en un transistor y mi propio corazón, que aún no creía lo que veía. Esa estúpida gaviota podría haber entrado enterita en mi boca, abierta de asombro.

Alcé la mirada y noté algo diferente en el horizonte. Un punto de luz brillaba en su centro y daba un tono extrañamente turquesa a la superficie del mar, más propio de Tahití y Bora-Bora que de las costas gaditanas. No era la luz de un faro pero me atraía cual si una sirena estuviera llamando mi atención con sus cantos. Pero no era una voz sino una luz, mejor dicho una luminosidad, un fulgor; una sensación más espiritual que física me envolvía con toda su grandeza. 

Mi cuerpo entonces pareció actuar a su aire, siguiendo un impulso. No era mi cabeza la que daba las órdenes, era el cuerpo mismo el que mandaba. Me levanté de la toalla y fui hacia ti, atemorizado por lo que podría haberte ocurrido. Puse mi oreja en tu pecho y sentí el bum bum de tu corazón.  Resoplé de alivio, sólo dormías profundamente. Estabas petrificada, como si algo sobrenatural hubiera interrumpido a la mitad un acto que estuvieras realizando. Como esas personas de las faldas del Vesubio que se quedaron inertes con la famosa erupción. No hace mucho se ha sabido que los amantes de Pompeya del 79 D.C. eran hombres. Nosotros éramos hembra y varón, mas la idea no dejaba de ser la misma.

Levanté entonces tu cuerpo y me sorprendí. Eras una pluma, apenas pesabas. Tu acumulación de átomos y neuronas eran minucias para mis fornidos y morenos brazos. Mientras caminaba hacia la orilla llevándote conmigo, empezó a sonar en la radio algo muy familiar. Tanto que comenzó a dolerme la cabeza de manera brutal, creyendo que me iba a estallar. Era sin ningún género de dudas David Bowie y su tema Starman. Con las veces que la había bailado y ahora me parecía tan siniestra…

Notaba sensaciones poderosas, todo muy a flor de piel. La fina arena engulléndome los pies a cada paso. El agua helada mojándome los tobillos. Arriba y abajo. Arriba y abajo, con el fluir de la marea. Mi vista también se agudizó y el punto de luz del horizonte se fue haciendo más y más brillante, más y más grande, hasta que se levantó en la vertical del mismo y comenzó a girar sobre su eje. En ese preciso momento comprendí, como si me hubieran disparado con una bala de diamante en la frente y la lucidez me iluminara, que aquel punto creciente era el asteroide B-612, el cual venía a buscarnos, que yo era el Principito de Saint-Exùpery y que la rosa del cuento se había encarnado en una mujer, curiosamente con tus facciones y tu corazón. 

Me introduje contigo en el mar, empecé a nadar y nos fuimos acercando, brazada a brazada, a nuestra tierra, a nuestro asteroide, a nuestro hogar, mientras unos delfines nos acompañaban en la travesía. Alguna vez volveríamos a este extraño lugar que tan poéticamente nos había acogido durante una décima de segundo sideral.

Un andrógino con voz prodigiosa

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior