LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS

DOS HERIDAS Y UN AMOR

La tarde agonizaba y las primeras luces de las farolas comenzaron a reflejarse en el cristal del salón. El reloj de Ikea marcaba las siete y trece minutos y el escritor estaba sentado, meditabundo, en el sofá azul ante el papel en blanco. No se le ocurría cómo introducir su nuevo artículo. Empezó a mirar en derredor por si una idea le surcaba la mente, como otras veces. Pero nada. Se fijó primero en la pila cuidadosamente desordenada de cajas negras y blancas y en el Ericófono verde quirófano que las coronaba, más tarde en la poderosa litografía en blanco y negro del tren sobre un London rojo rodeado de fotografías de infancia, hasta que su mirada se detuvo en la original obra dorada con ribetes plateados que su madre, en uno de sus innumerables viajes, le había traído de Grecia. Era la sencilla pero hermosa figura de un bailarín de sirtaki, y ahí se le encendió la bombilla en su cerebro creador. Como si el sonido alegre del Mediterráneo le calara hasta los huesos.

Así podría perfectamente describir la situación en que me encontraba hace apenas cinco minutos la buena de Misako. Esta joven nipona tiene por oficio el ser escritora de descripciones de audio para películas dirigidas a personas con deficiencias visuales de menor o mayor grado. Con meticulosidad, va intercalando entre los diálogos descripciones de las situaciones y el entorno de los personajes. En cada visionado va cambiando pequeños detalles de sus escritos, gracias a la ayuda de los propios invidentes, que aportan su punto de vista y le van corrigiendo sensaciones e inquietudes.

Misako es la coprotagonista de Hacia la luz (2017), la última película de la maravillosa directora Naomi Kawase. Al otro protagonista lo conocemos en una de esas sesiones; se llama Masaya, es fotógrafo de prestigio, o al menos lo fue, y se está quedando paulatinamente ciego, aunque al principio del filme aún ve algo. Entre ambos hay cierta tensión ya que tienen contrapuestas opiniones sobre cómo ella describe las imágenes. La Kawase plantea la eterna lucha entre objetividad y subjetividad. Lo que uno expresa no tiene porqué sentirlo otra persona de igual manera, y si además una es invidente y la otra no, las diferencias en las sensibilidades se acentúan más. Además, todos sabemos que no existe la objetividad.  Todas y cada una de las opiniones son subjetivas.

Masaya pide menos texto por parte de ella para no matar la libertad de pensamiento. El exceso de información no quiere decir que se vayan a sentir con mayor fuerza las cosas o que se sea más sabio. Se impone entre ellos, Misako y Masaya, el lema Menos es más. A partir de ese instante ambos comienzan una relación más estrecha, más personal, donde los secretos familiares se entrelazan, teniendo todo un sentido más global. Las fotografías en B/N de Masaya hacen rememorar sentimientos a Misako que estaban neblinosos en su memoria, mientras que por contra ella le guía hacia esa metafórica luz que supone el comienzo del amor, el cual surge de manera natural y espontánea entre ellos. Dos almas heridas que habitan dos cuerpos muy diferentes. El de Masaya es una imperfección física que le está trastornando, va de fuera hacia adentro, y con ello su mundo se viene abajo, mientras que la herida de Misako es interior, va de dentro hacia afuera. Ambos se encuentran en el momento justo, y eso resulta ser un verdadero milagro.

Al igual que en Una pastelería en Tokio (2015) el vehículo para el conocimiento del otro y su comprensión era a través de la comida, en esta película son el cine y las palabras, lo visual y lo hablado, lo que hace que esos dos seres se ayuden mutuamente. Hay muchos puntos en común entre ambos filmes que definen la enorme sensibilidad de la directora japonesa. Con qué respeto trata a los personajes protagonistas, como no sólo no los juzga sino que los comprende; la luz natural que impregna esa sutil y hermosa fotografía,otorgándole un tono semidocumental en muchos momentos; la relación con la naturaleza misma en primera persona, que puede ser dura y salvaje pero que se encuentra muy presente en toda la obra de la Kawase, siendo por derecho propio un personaje más de la historia. Y los silencios, tan elocuentes en su espacio vital como los acertados diálogos.

Cuando Nuria y un servidor acabamos de contemplar Hacia la luz, tuve una extraña sensación. Me pareció profunda y humana, sencilla y emotiva, pero de una emotividad distinta a la citada en el párrafo anterior. Mientras que Una pastelería… tenía un tono conciliador que se tornaba lúgubre y con mucha carga de emoción contenida, en esta el tono grave y serio da paso a un posible esperanza en el futuro, a una nueva vida, a pesar de las dificultades que la misma siempre nos depara. Los actores, por cierto, están espléndidos. Masatoshi Nagase repite de protagonista en una obra de la nipona, mientras que Ayame Misaki resulta ser cautivadora. Solamente cambia la i por la o de su apellido para dárselo al nombre de su personaje; ese pequeño trueque nos hace ver que el aparente e insignificante cambio es como una metáfora de la sutileza y la austeridad de su actuación. Apenas perceptible pero de una importancia sobrenatural.

Esta reflexión me recuerda una cita de esa obra capital de la literatura que es El principito, de Antoine de Saint-Exupéry: he aquí mi secreto, que no puede ser más simple. Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.

Creo que no tiene porqué explicarse en estas líneas. Está bastante claro y cristalino, tanto como el agua del arroyo de la montaña de los restaurantes chinos. De ahí volvemos a gambetear con la elegancia de Zidane y la fantasía de Garrincha para regresar Hacia la luz. Hay una frase de ella que entronca con la del aviador y escritor francés, y que se repite en varias ocasiones como una letanía, como un mantra: Nada es más bello que lo que desaparece ante tus ojos. Un tono más sombrío sobrevuela los cielos del entendimiento y la emoción. No tienen las dos frases la misma forma pero en el fondo desean y quieren transmitir parecido significado. La ceguera de Masaya pasa a ser algo que la Kawase, aparte de hacerla visible, la convierte en metáfora de la vida y de las cosas hermosas que aparecen en nuestras vidas.

Con seguridad hoy no he sabido comunicar bien mis profundas emociones con respecto a esta pequeña joya cinematográfica. Es sólo una pausada, sencilla y subjetiva mirada sobre una película que pasará seguro de puntillas por la cartelera, y que de nuevo me reafirma en la frase de Saint-Exupéry: lo esencial es invisible a los ojos.

P.D. Si habéis leído esto y no habéis caído con vuestra avioneta durante la Operación Dragoon, sois la resistencia. Si por el contrario habéis caído cerca de la bahía de Carqueiranne, también sois la resistencia. Una resistencia póstuma y trufada de alabanzas…

 

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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