LAS ZAPATILLAS DE BALLET

Érase una vez una hermosa niña venida de allende los mares. Era risueña, sonriente, buena amiga. Érase una vez una buena niña. Como cualquier otra, en definitiva.

Créanme, no estoy para cuentecitos ñoños con moralejas. En realidad no sirvo para contar cuentos para pequeños. Prefiero que lo hagan quienes saben hacerlo. Ya saben, Andersen, Gloria Fuertes, etc. Así que voy al grano.

Las apariencias nunca me han preocupado demasiado. La estética sí. La armonía. Nunca podré entender, ni por supuesto, quiero, el afán de determinados padres por aparentar un estatus, un nivel de vida del que en realidad carecen. De hecho, no comprendo esa actitud que llaman “escalar en la sociedad” puesto que creo que lo que realmente importa son los valores, lo que se atesora en el cerebro, y sobre todo en el corazón. Cierto que esa escalada no es incompatible con apostar por estos valores.

Éranse unas niñas cuyos padres las amaban tanto como a sus propios egos. Un día dichos padres decidieron comprarles unas nuevas zapatillas con wi-fi, bluetooth, y mando a distancia. De esta forma si las niñas no marcaban el paso como debían, podían ser monitorizadas desde casa o el automóvil y corregir los posibles fallos de forma que estos pasaran inadvertidos y saliesen siempre airosas. Así, cada día acudían a colegios, bautizos, misas, comuniones, ferias y demás eventos como dicen por ahí, “de punta en blanco”. Eso sí, el cerebro solían dejarlo en armarios comprados en centros comerciales de fabricación en serie. Total, sus progenitores ya se encargaban de dejar en ellos las improntas necesarias para sus meteóricas escaladas en sociedad.

Insisto. No estoy para cuentos, ni siquiera para destilar ironía. Lo que ocurre en cierto sector de nuestra sociedad me parece tremendo. Nací, me crié y vivo en un pueblo maravilloso en el que habita gente genial. Pero hay una parte de mis vecinos -léase pueblerinos o bajo mi punto de vista, catetos- que vive de, por y para las apariencias. Me voy a explicar. Mi hija ha asistido a un centro escolar al que van pequeños que se crían en muy diferentes familias. Normal. Lo lamentable es una parte de esas familias que ya desde los primeros pasitos marcan a fuego en el espíritu de sus vástagos el afán por el mundo de las apariencias, del postureo, de la banalidad, la hipocresía y el desollado de aquellos que no “están a su nivel”. Triste. Muy triste. Pero  lo peor, lo terrible, es que los propios niños han llegado a decir a mi hija cosas como que llevaba “la misma ropa que otros días”, que sus zapatillas eran “de senderismo y no de deporte”, bla, bla, bla… Y todo eso sería leve, si no la hubiesen marginado en sus momentos de juego, en el patio, en sus relaciones…

No voy a pensar ni por un solo instante, que mi hija haya sido perfecta. En absoluto. Pero que no se olvide una cosa. Es una niña. Ahora tiene cerca de nueve años. Esto viene arrastrándose desde hace unos dos. O sea, desde que tenía seis.

¿QUÉ CLASE DE MONSTRUOS ESTAMOS CREANDO?

NO TE PREOCUPES CIELO, TÚ TAMBIÉN TENDRÁS UNAS ZAPATILLAS DE BALLET.

 

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

Comentarios

  1. Por Marta

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    • Por José Manuel

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