LA REVOLUCIÓN DE PAPEL

Las sombras se alargaban perezosamente sobre la plaza. En las casas, los ciudadanos se abalanzaban sobre los televisores ávidos de noticias sobre la guerra. Una guerra que les permitía sacarles de la monotonía al módico precio de la sumisión a la barbarie, al absurdo. La tarde declinaba. La Luna tomaba posición sobre el frío cielo de enero empujando a un debilitado Sol que se batía en retirada, sin fuerzas ya. La humedad se suspendía en el ambiente cuando no se depositaba sobre las mesas, las hojas del enorme ficus y las piedras que componían el irregular suelo.

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Al mismo tiempo, de forma imperceptible para quienes en ella daban por concluida su jornada laboral, en los anaqueles de la Biblioteca Municipal, estaba fraguandose una terrible revolución. La más absoluta quizá de las transformaciones que en la historia del hombre se habían producido. La definitiva. La decisión había tardado en llegar pero en el seno de cientos de libros aquel atardecer bullía una insólita actividad. No era el ir y venir habitual de los personajes de aquellos mundos de papel. No era ese vivir controlado por la voluntad de los autores. No se parecía en nada a esa actividad condenada a permanecer inmutable a través de los siglos.

Aquella tarde, mientras el débil Sol de enero se retiraba perseguido por la Luna, en cientos de libros los textos abandonaban su estado sólido y se licuaban pasando de unas páginas a otras desplazando todo tipo de sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios. Oraciones que habían sido escritas en pasiva cambiaban súbitamente de sujeto y de verbo, se transformaban y adquirían una vertiginosa actividad. Las subordinadas se rebelaban y proclamaban al mundo una curiosa independencia. El tiempo de los verbos cambiaba y el pasado se convertía en presente, mientras que éste no se atrevía a permanecer escrito, consciente tal vez de que en cualquier momento podía pasar a formar parte de quién sabía qué incierto futuro.

Los nombres propios desaparecían de las páginas en las que siempre habían estado impresos, emergiendo en otras. Los textos se reorganizaban obedeciendo a una voluntad imposible de determinar. La historia se reescribía, deformando el relato de hechos que hasta entonces creíamos conocer.

En las obras de teatro, personajes secundarios asaltaban escenas que no les correspondían oscureciendo papeles escritos para el lucimiento de grandes estrellas y tomaban decisiones sobre tramas concebidas por autores que antaño los habían condenado a un segundo plano. Personajes que hasta aquel momento habían permanecido fieles a los escritores tomaban decisiones por su cuenta, y sin respetar ningún tipo de derechos de autor lanzaban al mundo un curioso manifiesto revolucionario. Si el hombre no era capaz de respetarse a sí mismo, si elegía a cada paso que daba la autodestrucción, la insolidaridad, la barbarie, ellos decidían que no iban más allá y renunciaban a serles fieles. No serían nunca más soporte de su historia, su presente y sus sueños de futuro.

Los volúmenes más afectados estaban siendo las grandes enciclopedias. Los reyes, por ejemplo, dejaban de tener un lugar propio y aparecían donde menos se les esperaba. Este fue el caso de Alfonso X, quien fue encontrado una mañana del mes de febrero en algún rincón del artículo dedicado al Moulin Rouge, brutalmente estrangulado por una corista a la que había intentado seducir.  Atónito, alertado de lo que acontecía en la Biblioteca, un erudito acudió espoleado por su curiosidad a un artículo de la Encyclopedia Britannica donde bajo el apartado Lautrec; Tolouse, se narraba la trágica historia de un artista loco que decía ser rey, y que había sido estrangulado a manos de una corista de la que se había enamorado perdidamente. El arma del regicidio, unas bragas de fino encaje blanco.

Don Quijote

Aquella terrible tarde, los libros abandonaban su estado de letargo, rebelándose contra su naturaleza estática y cambiando a su antojo. En aquella biblioteca los libros se reían de sus autores.

Los ciudadanos, creyendo estar a salvo de la cruel guerra que los nuevos cruzados mantenían a miles de kilómetros, no eran conscientes de que sobre los estantes de aquella biblioteca había comenzado una contienda cuyas consecuencias sí les afectarían fatalmente.

El hombre comenzaba a perder aquella tarde sus más consistentes puntos de apoyo. La cultura recogida en los libros había elegido aquella ciudad del sur para una especie de suicidio. Aquel fenómeno, incomprensible para la mente del ser humano era el principio de un proceso desencadenado por los libros para dejar al hombre sin el recurso a la fuente de conocimientos que aquellos seres de papel representaban.

Sin ellos el hombre no tardaría en sucumbir ante un futuro que se adivinaba cada vez más oscuro, menos sólido.

La memoria escrita del hombre, su presente, sus sueños de futuro impresos en miles de volúmenes a lo largo de los tiempos, se desvanecían. Si el hombre no era capaz de respetarse a sí mismo, si elegía a cada paso que daba la barbarie, millones de personajes que habían habitado hasta aquel día en cálidas regiones de papel, decidían que no iban más allá. Lo abandonaban a su propia destrucción.

Por supuesto, en su revolución los libros no respetaron los sentimientos religiosos de loshombres. No podían dejar en pié tanta hipocresía. Conscientes de las ampollas y la represión que la religión había producido desde siempre, los libros se ensañaron especialmente con los textos sagrados.

Tan grandes eran los deseos de dar un escarmiento a los hombres que los habitantes del mundo de papel escogieron a un sacerdote para lanzar al mundo su manifiesto revolucionario.

Así, en una céntrica parroquia de la ciudad, precisamente cerca del lugar donde se había gestado la sublevación de los libros, un domingo se armó un revuelo tremendo, aunque hay quien reconoce no sin cierto recelo, que no pudo reprimir las carcajadas. Tal fue el altercado, que en la prensa del día siguiente y en las ediciones electrónicas, las noticias de los deportes habían sido sustituidas a toda prisa por detallados informes de aquel suceso. Por lo que se supo, el cura, al leer las Sagradas Escrituras comenzó a mezclar las referencias al Antiguo Testamento con fragmentos de uno de los últimos premios de literatura erótica que para sí hubiesen querido los habitantes de Sodoma y Gomorra.

Alarmado, desconcertado, pálido, pidió disculpas a la feligresía y se retiró a la capilla. Una vez allí interrogó al monaguillo por lo que creía que había sido un sabotaje de este, que le tenía cierta ojeriza. El pobre niño entre sollozos le repitió una y otra vez su inocencia. El parroco tras examinar detenidamente el ejemplar de la Biblia que acababa de leer durante la misa concluyó que era el mismo que le habían regalado cuando era seminarista.

Por otro lado, un señor bastante mayor que había pertenecido al Opus Dei desde su creación, no pudo soportar tamaña falta de respeto hacia sus sentimientos religiosos e intentó agredir al cura con un candelabro de plata del siglo XVII. Al no poder alcanzarlo en la cabeza, se frustró tanto que tras pasar la noche en vela, murió a la mañana siguiente. Aquella fue la primera víctima mortal de la revolución de los libros. No fué la única.

El Obispado de la ciudad abrió una investigación acerca del suceso y se descubrió, al leer la quinta página de aquel ejemplar de lo que hasta entonces había sido una simple Biblia, una especie de carta donde con un lenguaje apocalíptico “los libros de todos los tiempos”, -que así aparecía firmado el mensaje- se declaraban en rebelión perpetua contra el hombre.

De la historia del Catolicismo se eliminó la Inquisición y en los volúmenes de Geografía nunca más se encontraron el Muro de las Lamentaciones, El Vaticano, el Santuario de la Kaaba… Juan de Torquemada fue desde aquella tarde mascota de unos juegos olímpicos y un tal Jomeini, de ser un radical defensor del Corán pasó a ser misionero difusor de la Teología de la Liberación en las selvas de El Salvador.

Como en todas las revoluciones, no todos estuvieron conformes. Fiel a la actitud que había mantenido desde que Cervantes lo situó en La Mancha, Alonso Quijano había tratado en vano de resistirse a aquel viaje sin retorno. Estaba convencido de que ellos aún eran útiles al hombre. Que eran capaces de hacerlo soñar, reír, llorar, mejorar en suma.

Poco duró su resistencia. Una mañana, pocos días antes de que la revolución estallase en los anaqueles de aquella biblioteca, sus recios huesos de tinta se estremecieron al reconocer el lamento que millones de gargantas volvían a lanzar, como en tantos tiempos pasados.

En aquellos días  mientras los libros se sublevaban contra el hombre, éste seguía sembrando de destrucción, insolidaridad e injusticia los frentes de guerra, las calles donde miles de personas hurgaban entre los contenedores de basura en busca de algo con lo que subsistir.

Aquella trágica noche, en los televisores, los espectadores conseguían por fin ver en directo una víctima de la guerra. Una explosión, captada por las cámaras de una agencia de noticias que había adquirido los derechos de retransmisión del conflicto, había acabado con la vida de algún enemigo de las fuerzas del bien. La sangre había llegado a salpicar al objetivo.

Minutos más tarde, una filial de la afortunada agencia de noticias anunciaba una colección de fascículos con DVDs con las imágenes más espectaculares de lo que se había denominado “La Última Cruzada”.

Confiados en que el nuevo frente estaba lo suficientemente lejos, con sus estómagos calientes, la mayoría de los ciudadanos seguían calculando cuánto les costaría pagar a plazos aquél automóvil que flotaba en las pantallas de sus televisores de plasma.

En las páginas de una lujosa edición de El Quijote de la Mancha, un hidalgo metido a revolucionario enrojecía de vergüenza.

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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