LA REVOLUCIÓN DE PAPEL

Las sombras se alargaban perezosamente sobre la plaza. La Luna tomaba posición sobre el frío cielo de enero empujando a un debilitado Sol que se batía en retirada, sin fuerzas ya. La humedad se suspendía en el ambiente cuando no se depositaba sobre las mesas, las hojas del enorme ficus y las piedras que componían el irregular suelo.

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De forma imperceptible para quienes en ella daban por concluida su jornada laboral, en los anaqueles de la Biblioteca Municipal, estaba fraguandose una terrible revolución. La más absoluta quizá de las transformaciones que en la historia del hombre se habían producido. En aquellos momentos, en los estantes de aquel tranquilo recinto bullía una increible actividad. Los textos abandonaban su estado sólido y se licuaban pasando de unas páginas a otras desplazando todo tipo de sustantivos, adjetivos, verbos y adverbios. Oraciones que habían sido escritas en pasiva se transformaban y adquirían una vertiginosa actividad. Actores secundarios asaltaban escenas que no les correspondían y tomaban decisiones sobre tramas concebidas para el lucimiento de grandes estrellas. Personajes que hasta aquel momento habían permanecido fieles a los escritores tomaban decisiones por su cuenta, y sin respetar ningún tipo de derechos de autor lanzaban al mundo un curioso manifiesto revolucionario. Si el hombre no era capaz de respetarse a sí mismo, si elegía a cada paso que daba la autodestrucción, la insolidaridad, la barbarie, ellos decidían que no iban más allá y renunciaban a serles fieles. No serían nunca más soporte de su historia, su presente y sus sueños de futuro.

Los volúmenes más afectados estaban siendo las grandes enciclopedias. Así, a la mañana siguiente, alertado de lo que acontecía en la Biblioteca, un erudito acudió espoleado por su curiosidad a un artículo de la Encyclopedia Britannica donde bajo el apartado Lautrec; Tolouse, se narraba la trágica historia de un artista loco que decía ser rey, y que había sido asesinado a manos de una corista de la que se había enamorado perdidamente. El arma del regicidio, unas bragas de fino encaje blanco.

Don Quijote

Conscientes de la hipocresía y la represión que la religión habían producido desde siempre, los libros se ensañaron especialmente  con los textos sagrados. Así, en una céntrica parroquia de la ciudad un domingo se armó un revuelo tremendo cuando el cura, al leer las Sagradas Escrituras comenzó a mezclar las referencias al Antiguo Testamento con fragmentos de uno de los últimos premios de literatura erótica que para sí hubiesen querido los habitantes de Sodoma y Gomorra. Alarmado, desconcertado por lo que creía que había sido un sabotaje del monaguillo que le tenía cierta ojeriza, se retiró a la sacristía y allí interrogó al pobre niño que entre sollozos le repitió una y otra vez su inocencia. El parroco tras examinar detenidamente el ejemplar de la Biblia que acababa de leer durante la misa concluyó que era el mismo que le habían regalado cuando era seminarista. Por otro lado, un señor bastante mayor que había pertenecido al Opus Dei desde su creación, no pudo soportar tamaña falta de respeto hacia sus sentimientos religiosos e intentó agredir al cura con un candelabro de plata del siglo XVII. Al no poder alcanzarlo en la cabeza, se frustró tanto que tras pasar la noche en vela, murió a la mañana siguiente. Aquella fue la primera víctima mortal de la revolución de los libros.

En aquellos días  mientras los libros se sublevaban contra el hombre, éste seguía sembrando de destrucción e injusticia los frentes de guerra, las calles donde miles de personas hurgaban entre los contenedores de basura en busca de algo con lo que subsistir.

Confiados en que el nuevo frente estaba lo suficientemente lejos, con sus estómagos calientes, la mayoría de los ciudadanos seguían calculando cuánto les costaría pagar a plazos aquél automóvil que flotaba en las pantallas de sus televisores de plasma.

En las páginas de una lujosa edición de El Quijote de la Mancha, un hidalgo metido a revolucionario enrojecía de vergüenza.

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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