LA CÁMARA OSCURA

FULGOR Y MUERTE DE PAUL AUSTER

Bienvenidos a 2017, hijos del rock ‘n’ roll. Acabé 2016 con un regalo en forma de cuento, y comienzo este año impar con otro relato. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que este es maravilloso. Se encuentra preñado de ternura, contradicciones y humanidad por los cuatro costados.

Me considero un neófito en lo referente al relato, sea este largo o corto. El que escribí de mi puritita imaginación se condenaría a galeras o sería fusilado al amanecer tras juicio sumarísimo después de compararlo con el de otro Pablo, en este caso apellidado Auster y de origen neoyorquino. Este sí que sabe escribir el muy jodío.

Estamos tratando de una de las numerosas historias que se narran en esa pequeña pero gran película que es Smoke (1995). Basada en la obra de Auster y codirigida por él. El dueño de un estanco de Brooklyn, Auggie Wren (interpretado por Harvey Keitel), tiene conversaciones con varios de sus clientes y en una de ellas le narra este precioso cuento a uno:

“¿Recuerdas que una vez me preguntaste cómo empecé a hacer fotos? Pues esta es la historia de cómo conseguí mi primera cámara. En realidad es la única cámara que he tenido. Esta es la historia de cómo ocurrió. Muy bien. Fue en el verano del 76, cuando empecé a trabajar con Vinnie, el año del bicentenario. Un día entró un chaval y empezó a robar cosas de la tienda. Estaba ante la estantería del fondo, metiéndose revistas de chicas desnudas bajo la camiseta. Yo no le había visto porque había mucha gente en el mostrador; cuando vi lo que estaba haciendo le empecé a gritar. Salió zumbando como un conejo, ¡shhhhh! Para cuando yo había salido del mostrador, él corría perdiendo el culo por la Séptima avenida. Le perseguí durante media manzana, y luego abandoné. Se le había caído algo por el camino. Y como no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver qué era. Resultó ser su cartera. No había dinero dentro, pero llevaba el permiso de conducir junto con tres o cuatro fotos.Podía haber llamado a la poli y denunciarle, sabía su nombre y dirección por el carnet, pero sentí lástima por él. No era más que un pobre desgraciado, y en cuanto vi las fotografías que llevaba en su cartera me fue imposible sentir ningún enfado hacia él.”

“Roger Goodwin, ese era su nombre. Recuerdo que en una de las fotos estaba junto a su madre, y en otra de ellas aparecía sujetando un trofeo en el colegio. Sonreía como si le hubiese tocado la lotería. No tuve coraje. Un pobre chico de Brooklyn, y tampoco era tan grave, al fin y al cabo a quién le importaban un par de revistas guarras. Así que…conservé la cartera. De cuando en cuando sentía la necesidad de devolverla, pero entre unas cosas y otras nunca lo hacía.”

“Entonces llegó la Navidad, y yo no tenía nada que hacer. Vinnie me había invitado a su casa pero su madre se puso enferma, y tuvo que ir a Miami junto con su mujer, así que aquella mañana yo estaba en mi casa compadeciéndome de mí mismo. Entonces vi la cartera de Roger Goodwin en una repisa y me dije: ¡qué coño! ¿por qué no hago algo bueno por una vez? Me puse la chaqueta y me fui a devolver la cartera. Vivía en Borum Hill, en uno de esos bloques de casas baratas. Recuerdo que aquel día hacía un frío que pelaba. Me perdí buscando el edificio del chico. Todos aquellos bloques parecían iguales, y yo siempre terminaba en el mismo patio creyendo que era otro. Es igual. Al final encontré el edificio que buscaba.”

“Llamé al timbre. Nadie respondió. No habrá nadie, pensé. Volví a llamar para asegurarme. Ya estaba a punto de irme pero esperé un poco más, y oí unos pasos tras la puerta. La voz de una anciana preguntó: ¿quién es? Contesté: busco a Roger Goodwin ¿Eres tú, Roger?, dijo ella. Después de luchar con quince cerrojos abrió la puerta. Tendría por lo menos ochenta o a lo mejor noventa años, y lo primero que aprecié en ella fue que era ciega. Roger, sabía que vendrías, dijo. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. Y entonces abrió los brazos como si fuera a abrazarme. Yo no tenía mucho tiempo para pensar, tenía que decirle algo enseguida, y antes de que pudiera darme cuenta las palabras salieron de mi boca. Así es, abuela Ethel, le dije. He vuelto para verte por Navidad.”

“No me preguntes por qué. No sé por qué se lo dije, simplemente me salió. Aquella anciana de repente me abrazó allí, en la puerta. Yo también la abracé. Fue como si los dos decidiéramos jugar  a ese juego, sin tener que discutir las reglas. Sabía de sobra que yo no era su nieto, era vieja y chiflada, pero no estaba tan mal como para no distinguir entre un completo extraño y alguien de su propia sangre. Sin embargo fingir la hacía feliz.”

“Yo no tenía nada que hacer, así que acepté encantado el juego. Bien. Entré con ella en el piso y pasamos el día juntos. Cada vez que ella me preguntaba que qué tal me iba, yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que iba a casarme, le conté las historias más bonitas que se me ocurrieron, mientras ella fingía creérselo todo. Muy bien Roger, me decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que todo te iría bien en la vida.”

“Bien, al cabo de un rato me entró hambre; dado que no había nada de comida en la casa, salí a ver si encontraba alguna tienda abierta, y compré un montón de cosas. Compré un pollo asado, sopa de verduras, un poco de ensalada de patatas, un montón de cosas. La abuela Ethel tenía guardadas un par de botellas de vino en su cuarto, así que los dos pudimos organizar una comida de Navidad digna. Nos pusimos un poco chispas con el vino. Y cuando terminamos de comer fuimos a la sala de estar. Los sillones eran más cómodos.”

“Yo tenía ganas de mear, de modo que me disculpé y fui al cuarto de baño, que estaba abajo. Las cosas entonces tomaron otro rumbo. Yo había hecho bastante el tonto con el numerito de fingirme el nieto, pero lo que hice luego fue especialmente insensato. Y desde entonces no he podido perdonármelo. Entré en el baño; apiladas en una de las paredes junto a la ducha descubrí un montón de cámaras, seis o siete, nuevas, de 35 milímetros. Estaban sin estrenar.”

“Yo no había hecho una sola fotografía en mi vida, y mucho menos todavía robado. Pero en cuanto vi aquellas cámaras en el cuarto de baño decidí  que una de esas máquinas sería para mí. Así, sin más. Y sin persarlo un momento tomé una de aquellas cámaras, la escondí debajo del brazo y volví a la sala de estar. No había estado fuera más de tres minutos pero en aquel rato la  abuela Ethel se había dormido. Demasiado vino, supongo. Me fui a la cocina y lavé los platos. Ella dormia plácidamente roncando como un bebé.”

“No había porqué molestarla, así que decidí irme. No podía escribirle una carta de despedida puesto que era ciega. Así que me marché. Puse la cartera de su nieto sobre la mesa, volví a coger la cámara y salí del apartamento. Así se acaba el cuento.”

P.D. Si habéis leído esto,sois la resistencia que aún cree que un libro puede cambiar el mundo…

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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