LA CAJA DE PANDORA

Harry Haller abrió la tapa que protegía el libro y comenzó a leer en el mismo punto en que había dejado de hacerlo un día antes.

1984

“Nadie se explica cómo pudo ocurrir. Al final de un pasillo húmedo y poco iluminado se encontraba, a la derecha de un pequeño ventanuco, la habitación 101. Contra lo que cabía esperar esta habitación no estaba ocupada por Winston Smith, allí no había ratas, a las que éste tenía un tremendo pánico. El personaje al que una cámara de video vigilancia ubicada en el techo de la estancia no quitaba ojo de encima se hacía llamar Edmundo, y se encontraba allí víctima de una traición urdida por dos de sus amigos. A Edmundo, quien tenía el porte de un caballero, lo acusaron de andar tras una chica que no pasaba de los catorce años.

Lolita II

Dolores era su nombre. El había jurado defender su honor por todos los caminos y cruces de una vieja Piel de Toro y así fue hasta que según los dos felones fuera hallado en actitud lasciva con la menor en un ventorrillo de la región española de La Mancha. Dick y Perry, que así se llamaban los traidores, se habían refugiado en España huyendo de las investigaciones de la policía estadounidense, que los vinculaba con el asesinato de una familia de granjeros de Kansas.”

 El lector, que más bien parecía un saltimbanqui que fuera dando tumbos de un volúmen a otro de una biblioteca constreñida en un artilugio electrónico, decidió invocar a Mefisto y vender su alma con tal de pertenecer un día a aquel loco pero maravilloso universo de frases encadenadas, de historias entrecruzadas y personajes hiperactivos que viajaban de historia en historia a su entero capricho.

En sus manos, sobre una pantalla retroiluminada, unos personajes de tinta electrónica danzaban y creaban sus propias aventuras en aquel aparato destinado a reconvertirse en Caja de Pandora de la que surgiesen todo tipo de catástrofes para los que en otro tiempo habitaron mundos de papel.

 Caja de Pandora

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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