¡HIP, HIP, HURRA!

H DE HUNGRÍA

hungria-vLlevo unos meses bastante escaso de ideas respecto a este lugar común en el cual nos encontramos cada cierto tiempo. Excepto el artículo anterior, que salió prácticamente de un tirón, me están costando God & Help todos estos últimos. Al principio recuerdo que se lo achacaba a la dicha de estar enamorado, situación que en opinión de muchos artistas no resulta nada prolífica para la creación. Hay una teoría que dice que el desamor, la ansiedad o la necesidad han hecho más por el arte que la concordia, la tranquilidad o el amor aburguesado y aburrido. Llevado al extremo, recordemos sin ir más lejos el genial monólogo del amoral Harry Lime en la para mí una de las obras cumbre del cine británico de todos los tiempos: El tercer hombre (1949), de Carol Reed.

Lo que estaba diciendo, que le echaba la culpa al amor. Pero si soy sincero, falto a la verdad. Simple y llanamente tengo lo que se dice el cerebro seco y enjuto, me cuesta hilar una frase con relativo sentido armónico. Vamos, que no doy pie con bola. Hete aquí que hace un par de viernes vamos Nuria y yo a nuestra sala Quemá, nuestro estreno este otoño, y me encuentro con Hipo (Hukkle) (2002). Película húngara de György Pálfi que me ha dado nuevos bríos en esto de la escritura. Un soplo de aire fresco respecto a lo habitual y corriente. Me he puesto manos a la obra y me está saliendo solo, como un parto sin dolor ni epidural.

Se trata de un largometraje digamos que experimental, que narra de manera personal y llevado a hoy día un suceso de la crónica negra ocurrido entre 1911 y 1929 en la Hungría profunda. Una mujer llamada Júlia Fazekas llega a  Nagyrév, un pueblecito agrícola situado a unos 150 kilómetros de Budapest. Allí en un principio ejerce  tanto de comadrona como de abortista en favor de las mujeres del lugar, convirtiéndose poco a poco en una persona de cierta relevancia en una zona con grandes dosis de pobreza y analfabetismo.

En 1914 estalla la Gran Guerra y los hombres de Nagyrév son llamados a filas. Hombres con tendencias de machismo recalcitrante y altos niveles de alcoholismo, que tenían subyugadas a sus mujeres, hijas o hermanas. A partir de ese momento ellas comienzan a sentirse libres por vez primera, y empiezan a tener relaciones de toda índole con los prisioneros aliados que se habían establecido en el entorno. El problema surge cuando los hombres del pueblo vuelven de la guerra, en muchos casos mutilados, heridos o ciegos. Y por supuesto con su violencia hacia ellas más marcada aún. Como las mujeres habían cambiado y no querían desandar lo andado, recurren a Júlia Fazekas para que les de una solución. La misma resulta ser de lo más original y transgresora. Les da arsénico para que envenenen a sus maridos, padres o hermanos. Luego la cosa se les fue de las manos, pero eso no entra ni en mi cometido ni en mi jurisdicción.

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Ese entorno y esa truculenta historia la lleva Pálfi hasta nuestros días (personalmente hubiera preferido que la situara en su contexto histórico), pero no la refleja de manera dramática, sino como puro y duro cine experimental. Con un ágil y poderoso montaje, con imágenes de gran belleza visual y con una extraña poesía; dentro del audio del filme le otorga todo el poder a los sonidos y ninguno a los diálogos, casi nulos a lo largo del metraje. Esto me lleva a pensar en la poca importancia que le damos a los sonidos en nuestra propia vida, cuando nos dan mucha más información de lo que parece y nos llevan a lugares que ni soñaríamos. Todos tenemos recuerdos asociados a sonidos y a olores. Hay en la peli una sucesión de ellos con un ritmo y una cadencia que los hace especiales. El hipo del anciano en el banco, la maquinaria de las fábricas, los animales y sus ruiditos, los coches que pasan, la vida misma crea un entorno propicio y a la vez cruel que forma un todo unitario, natural, redondo.

Esto me recuerda muchos momentos del cine. Recuerdo la maravillosa y surreal Delicatessen (1991), de los añorados Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, cuando en esa 13 Rue del Percebe francés, lugar y tiempo etéreos, una chica toca el chelo con su metrónomo, una mujer sacude una alfombra, un hombre llena una rueda de bicicleta, dos trabajan con un diapasón y unas latas, otro con un rodillo pinta el techo, una pareja “prueba” una cama de muelles…todos esos actos van sucediendo ante nuestros ojos para crear una divertida poesía musical de sonidos que van in crescendo hasta el clímax final.

Otro recuerdo es el del documental de Fernando Pérez Suite Habana (2003), retrato de la ciudad cubana a través de un día cualquiera, desde que amanece hasta que se pone el sol, y todo contado con la respiración, el corazón y los sonidos de la ciudad. Su sístole y diástole, su inhalación y exhalación, su melodía y su ruido…con una serie de personajes que van cruzando sus vidas (con el estilo Robert Altman) a lo largo de toda esa jornada, para continuar disfrutando y gozando del mero hecho de estar vivo, extrapolándolo así a toda una existencia. Naturalista, humana, cercana.

El último (1924), de ese maestro alemán llamado F.W.Murnau, es un caso único en la historia del cine. Siendo un largometraje mudo, rehusa los textos escritos de diálogo en todo momento para demostrar que se puede narrar sin más arma que la imagen, siempre que se tenga talento, originalidad y las cosas claras. Y se entiende perfectamente la historia de ese pobre botones de hotel que se las ve y se las desea. Un humillado y vilipendiado Emil Jannings, grande en todos los aspectos. Imprescindible para cinéfilos y cinéfagos.

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Poco más que añadir. He hablado menos de lo habitual de Hipo, pero querría resaltar que se trata de una experiencia original y digna de contemplar. Puntos de vista bastante poco frecuentes con la cámara y los animales, un par de elipsis visuales con los que me quedé con la boca abierta y un toque de humor negro que le da su puntillo a la cruda historia. No gustará a la mayoría, lo aviso, acostumbrados a sota, caballo y rey, pero en la vida hay que arriesgarse y probar cosas nuevas. Se lo dice uno que nunca ha probado la marihuana, pero sí me he arriesgado con platos típicos húngaros como el del otro día, un impronunciable Borsófozelék, que no sé que demonios significa pero que era una especie de crema de leche con guisantes y una albóndiga centroeuropea. Todo ello aderezado con buena conversación, pan de campo, una cervecita fresquita y la música de Bob Dylan de fondo. Curiosa mezcla de culturas, platos y lenguas.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia húngara…



 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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