HE CRUZADO OCÉANOS DE TIEMPO PARA ENCONTRAROS (y II)

AMITYVILLE

DERSU UZALA LIBROYa estabas tardando, joío. Te esperaba antes y has aparecido en el momento más inoportuno. Por cierto, siempre eres inoportuno ¿No te has parado a pensar por qué? Para los que estén más perdidos que un servidor viendo por vez primera Mulholland Drive (2001), hablo del síndrome de la página en blanco. Y mira que tenía claro cómo enfocar este doble artículo en torno a la amistad, pero no se me ocurría cómo plasmar las ideas que vagaban por mi quijotera para la continuación que nos ocupa. Los “metafóricos” océanos de tiempo se han hecho carne y han habitado dentro de mí. Supongo que la crisis personal que estoy pasando ha hecho mella, provocándome una “ceguera” artística y creativa, con todos los respetos a los artistas y creadores. Eso de que debes estar chungo para idear mejor no va conmigo. Será para los artistas de verdad, para mí no. He de estar a gusto con mi persona y el entorno para que todo fluya… Es curioso que uno de los libros que esté leyendo actualmente hable también de un escritor con ese mismo síndrome. Recomiendo encarecidamente La verdad sobre el caso Harry Quebert, es magnífico; aunque parezca un pensamiento banal, ayuda a todos los que nos dedicamos a la creación a entender y superar esos fantasmas, por pequeña, inocua y perecedera que sea esa creación. No quiero aburriros más, intentaré dar lo mejor de mí. Sed benévolos en esta ocasión. Sin más preámbulos…

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en la amistad en el cine son los opuestos que se atraen. Personajes que no tienen nada que ver el uno con el otro, que por casualidad se encuentran y parece que se buscan para complementarse, para encontrar su otro lado de la luna, como dice la canción. Su otro yo. Todos poseemos muchos yoes, al menos así lo creo. Los demás nos ven de una manera (cada cual la suya, hay miles de versiones de uno mismo), mientras que nosotros nos vemos de otra. La vida debe consistir en descubrirnos a nosotros mismos, que no es más que encontrar todas esas caras que forman ese todo poliédrico que somos. Mucha filosofía barata y poca chicha, ¿no? Ya divago como un viejuno más.

Recuerdo a dos personajes de esa hermosa y olvidada película del infravalorado Jaime de Armiñán, El nido (1980); aunque no fuese el tema central, la relación que se establece entre el protagonista masculino, interpretado por Héctor Alterio, y el cura de un pueblo de la España profunda y de provincias es un claro ejemplo. El primero es huraño, librepensador y casi eremita. Vive en una casa de piedra aislado de todo y pasa su tiempo entre el placer de la lectura, la música clásica o los paseos por el bosque; el segundo es un cura de mente abierta, dialogante y nada arrogante. Tienen encuentros en los cuales discuten de muchas cosas y charlan de otras, siempre con respeto, buen humor y camaradería. Se abren el uno al otro contándose intimidades, pidiéndose consejo y aceptando disculpas. Y se entienden a pesar de sus diferencias. De eso ha de tratar la amistad. Ponerse en el lado de la otra persona, respetando sus silencios a la vez que disfrutando de su compañía. Y por supuesto hay que regarla como una planta para que no se marchite.

Pero al hablar de amistad estallan en mis pensamientos y mi corazón con una viveza impresionante dos obras maestras tanto en el plano cinematográfico como en el que nos ocupa. Una es Zorba el griego (1964), dirigida por Michel Cacoyannis, un valiente heleno que se atrevió a enfrentarse al star system hollywoodiense, haciendo oídos sordos a sus reiterados cantos de sirena. Para poder hacer los filmes que quería renunció desde el principio a hacer carrera en América; él se producía sus obras, ya fueran teatrales o cinematográficas, y eso se nota. Zorba es uno de los más claros ejemplos. Se hizo con los derechos de la novela de Nikos Kazantzakis y sin las cortapisas norteamericanas puso en pie un proyecto complejo, ¡y vaya si lo logró! Resulta una obra de género inclasificable. Hay drama, comedia, tragedia, amor, celos, muerte, sexo…la vida misma. Los sentimientos (se nota el aire mediterráneo) están a flor de piel; se huele el aroma y el salitre del mar, la tierra y el polvo pegados al cuerpo, la lluvia que cala, el sol que curte. Nos empapamos así de las arcanas culturas que han atravesado el Mediterráneo durante siglos, y todo esto está concentrado en el personaje de Alexis Zorba.

Ojalá todos fuéramos un poco como Zorba, con una pizca de él iría mejor el mundo. Su aparición en pantalla es como un relámpago y un trueno en colisión; curiosamente irrumpe en la vida del pusilánime escritor británico en medio de una tormenta mientras éste se refugia en la taberna del puerto. Nos enamora su descaro, su naturalidad y su franqueza. Contagia a ese hombre y si hace falta se pone el mundo entero por montera. Emprenden así juntos una empresa utópica y que tiene todos los visos de fracasar pero a la vez resulta un viaje de amistad que va a transformar a ambos. Los dos se influencian mutuamente, aunque parezca que el sentido sea único. Zorba transmite un amor y una pasión por la vida como pocas veces he visto en la gran pantalla, mezclada con ternura, buen humor y un optimismo que roza la locura. En un momento dado el griego le dice al inglés que sólo le falta una cosa para ser libre: la locura. “El hombre ha de estar un poco loco para romper las ataduras y buscar la libertad”, relata Kazantzakis en boca de Zorba. Hay que tener en cuenta que la acción se sitúa en la segunda década del siglo XX, en un pueblo de la Grecia profunda, en Creta, con unas tradiciones y un conservadurismo muy marcados; por eso el personaje tiene más fuerza. Rompe con todo lo establecido, se enfrenta abiertamente a la pacatería y a las instituciones, dándose a los demás con una increíble generosidad.

Anthony Quinn realiza la interpretación de su carrera (para mí que no tuvo que actuar mucho, ya que el mexicano nacido bajo las balas de la revolución era igualito que el griego, pura vitalidad y pasión), todo en un puro y estético B/N. Está flanqueado por un extraordinario Alan Bates y dos inconmensurables mujeres de una garra y unas miradas que quitan el hipo: por un lado Lila Kedrova, que ganó el Óscar por su tierno, sensible y ensoñador papel; por el otro, la también helena Irene Papas, que desprende sensualidad, sexualidad y represión por cada poro de su piel. La guinda, el sirtaki que se bailan los dos hombres tras el más absoluto de los desastres (para crear algo nuevo hay que partir del caos anterior). Desde luego es un momento de catarsis, a la vez que un canto a la vida, a la libertad y a la amistad. Es curioso que en este último párrafo haya utilizado dos palabras de origen griego como catarsis y caos. Será el subconsciente, I suppose. Para finalizar, pero no menos importante, nombrar a Mikis Theodorakis, que compone una banda sonora bellísima y llena de matices. El sirtaki final es lo que todo el mundo recuerda pero tiene unos temas muy variados y llenos de mediterraneidad…

El otro filme que me viene indefectiblemente es Dersu Uzala (1975), del genio japonés Akira Kurosawa. Ahora que lo pienso, ambas historias se desarrollan a comienzos del siglo XX, antes de la llamada Gran guerra, cuando cierta inocencia y humanidad moraban aún en el corazón de los hombres buenos. Y eso es lo que son Zorba y Dersu ante todo. Buenas personas. Éste último es un ser pequeño en estatura pero un gigante en empatía, generosidad y simplicidad. Es un cazador de la taiga siberiana que sólo sabe hacer eso. Caza para sobrevivir, no lo hace por diversión o “deporte”. Es su modus vivendi. Y una noche por casualidad se encuentra a un destacamento militar, liderado por un científico y explorador ruso, Vladimir Arseniev, que está realizando estudios topográficos de esa vasta región que es el Ussuri. El cazador se ofrece a ayudarlos en su empresa, ya que conoce el territorio como la palma de su mano, y ahí nace una amistad entre Arseniev y Dersu que perdurará a través de los años. Una amistad sincera y honesta. Dersu es un ser humano excepcional, y de eso se da cuenta enseguida el militar; realmente la película está basada en los diferentes escritos, libros y diarios de viaje que el científico escribió a lo largo de dos décadas, centrándose en el personaje del trampero. Se nota tanto en los libros como en el filme una profunda admiración hacia alguien que partiendo de la sencillez consigue enamorarnos a todos.

La comunión que Dersu tiene con la madre naturaleza y todos los seres vivos que la habitan, a los que llama gente y respeta (el fuego es gente, el río es gente, el viento es gente) es algo que te pone los vellos de punta, haciéndote reflexionar acerca de hasta dónde hemos llegado pero cuánto nos queda por aprender de la buena gente como ese mongol, por ejemplo. No tiene nada que ver con Francisco de Asís y su hermano sol, hermana luna. No hay nada de religioso en ello.

Es una obra llena de poesía, dulzura y belleza, que habla de la compleja relación del hombre con la naturaleza (eso no quita que ésta sea amarga y dura en ocasiones), y sobre todo de la amistad entre dos seres tan contrapuestos como cercanos. Voy a imbuirme del espíritu de Dersu Uzala y en su memoria seré escueto y austero en mi monólogo. Ved el filme, por favor; si tenéis una pizca de sensibilidad os tocará el corazón y os cambiará un poquito por dentro. Yo quiero ser Dersu Uzala cuando sea mayor.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. Por Marta

    • José Manuel Lasanta Besada Por José Manuel Lasanta Besada

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