FRI(KINO)POLIS OF MY HEART (y III)

UNA DECLARACIÓN DE AMOR

La parte contratante de la tercera parte debe ser igual que la parte contratante de la tercera parte. No se vayan todavía, aún hay más, que diría Súper Ratón. ¡¡No olviden supervitaminarse y mineralizarse!!…

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Me viene a la cabeza como un fogonazo aquel agosto de mediados de los 90 en que dio comienzo el primer ciclo de cine japonés organizado por un grupo de chavales llamados OTAKU SHIN (que fueron de alguna manera los primeros pasos del actual salón Manga), donde nos pusieron durante dos jornadas y bajo un calor asfixiante grandes películas de Ozu, Kitano y sobre todo la versión completa de Los siete samurais (1957) de Akira Kurosawa. Más de tres horas y media con 40º C en un antiguo casco de bodega en calle Paúl, con un sencillo y único ventilador que cuando nos llegaba creíamos en los milagros. En la actual casa de la Juventud si no morí allí no voy a hacerlo nunca. Es posible que la grandeza, las ganas y la ilusión que le pusimos todos (para mí fue un acontecimiento, ¡qué peli, por Buda!) fue lo que nos salvó.

Cine veranoHablando de veranos, los cines estivales me han acompañado a lo largo de las tres últimas décadas en plan Guadiana; fueron noches muy agradables. Eso de estar bajo la luz de la luna, con un clima cálido y una cervecita resulta estupendo. ¿Alguien se acuerda de la época en que Hipercor ponía su sala prefabricada en la explanada delantera y con el tejemaneje de los hipercores íbamos al cine? Una de esas noches me lo pasé en grande, era yo pequeño, viendo Cristal oscuro (1982) y comiendo gominolas que había dejado de pagar (eufemismo) en la tienda un rato antes. En los últimos años voy mucho a los cines de verano de El Puerto de Santa María (en los colegios de San Luis y San Agustín), que tienen unas muy buenas propuestas de películas recuperadas y recuperables en su idioma original, tanto clásicas como actuales, con tu bocata de tortilla comprado en el ambigú. En dos palabras, im presionante.

Pequeñas locuras. Las sesiones dobles (elegidas). El ir al Jerezano a las seis y luego a las ocho al Luz Lealas, o presentarme en el ínclito Luz Lealas a media tarde para luego enlazar con el Cine-club a las nueve menos cuarto era algo estupendo. Era todo un juego. O también cuando el ocaso del cine Jerezano llegó. Hubo un intento de salvarlo mediante sesiones dobles en V.O.S., con dos filmes de una misma temática por semana. Estaba muy bien, era algo arriesgado, pero ya sabemos que el riesgo tiene el peligro de caerse, y eso ocurrió un día a finales de agosto de 1998. Crónica de una muerte anunciada. ¿Y cuándo cruzaba con mis colegas de toda la vida Jerez entero de punta a punta y de madrugada? Veníamos de sesiones golfas, yendo de ida en autobús a Continente, y al no disponer de coche ninguno en esa época volvíamos andando por una ciudad desierta y dormida, charlando, riendo, comentando. Yo era como el conductor del autobús, iba dejando uno a uno en sus respectivas casas, hasta llegar a la mía.

Proyector

Un golpe duro fue la primera vez que vi el solar del antiguo Luz Lealas. Precisamente volvía yo de una sesión de Cine-club por calle Lealas en moto. Ya sabía que debido a un incendio provocado por causas desconocidas (los indigentes se habían convertido en okupas de un edificio en ruinas y devastado) se había demolido días antes, pero al verlo con mis propios ojos fue todo un shock. Tuve que pararme, bajarme de la moto y quedarme un rato allí, solo, en silencio, como quien vela a un ser querido. Los recuerdos afloraron uno tras otro como una cascada y un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Por eso y mucho más no quise ir el día de la demolición. Lo iba a pasar mal, recordando el instante de esa historia tan maravillosa y que me ha marcado tanto como es Cinema Paradiso (1988), cuando los personajes asisten al momento del derribo de toda una vida de recuerdos, de besos robados, de una parte de ellos mismos. Otro pequeño golpe fue el corte de un día para otro de los ciclos de cine en V.O.S. organizados por la UCA en colaboración con el Ayuntamiento de Jerez  que se iban sucediendo en la recuperada y muy bien restaurada sala Compañía. Creo que los recortes en cultura tuvieron la culpa y eso lo pagamos unos cuantos. Disfrutaba mucho de esa digamos prolongación del Cine-club en el centro de Jerez, en un lugar mucho más propicio para disfrutar de filmes de autor y con otras inquietudes que lo estrictamente comercial. Y un golpe más anecdótico que duro: en algunas ocasiones hubo, aprovechando la oscuridad de la sala, algunos torpes intentos de tocatas a lolitas que provocaron posteriores fugas de las mismas en La mayor de edad. No tenía más remedio entonces que ver lo que se proyectaba. No he sido yo lo que se dice un galán en la fila de los mancos, aunque para mi sorpresa y en una época concreta sí que levanté pasiones entre personas de mi mismo sexo, pero ahora el que no estaba por la labor era yo. Era época de bandanas al cuello, no sé si el síndrome de Brokeback mountain ejercía alguna influencia… Unos tantos y otros tan poco…

ESCENA 8

Para finalizar y aunque sean recuerdos de pantalla chica, quiero recordar a dos programas de la tele que han sido fundamentales: ¡Qué grande es el cine!, idea de José Luis Garci y sus secuaces amiguetes, donde disfruté de muchas y buenas películas, sobre todo clásicas, difíciles de poder ver en aquellos momentos pre-internet, con sus divertidos,  magníficos y didácticos debates posteriores con Juan Cobos “el cuentacuentos”, Miguel Marías “el british” o Juan Miguel Lamet “el carpetovetónico”; y en otra onda, ese imperecedero y eterno (actualmente supera las 1.000 ediciones) programa que es Días de cine. Nunca podré agradecer lo suficiente a ese genio de la comunicación que es Antonio Gasset-Dubois las carcajadas que salían de mi garganta profunda, las sonrisas cómplices y la absoluta compenetración con el fondo y forma de sus argumentos. Un crack con el que me encantaría pasar una velada. Sardónico, irónico, crítico, divertido, humano…

Bueno, hasta aquí algunas de mis remembranzas con el séptimo arte como telón de fondo. Siempre será para mí un milagro eso de que se reúnan gentes desconocidas en una sala oscura para mirar (y admirar en ocasiones) una pantalla en blanco que en cuanto se escucha el ruidito de la cámara de proyección se convierte en un lugar de soñadores y voyeurs.

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Quien ama el cine ama la vida, decía François Truffaut. El abajo firmante lo suscribe plenamente.

FIN

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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