EN LA CORTE DE LA HERMOSA UTOPÍA

O COMO UN LUGAR INTERIOR SE EXTERIORIZA

Federico, ¡cómo me recordaste al rey Arturo cuando te pusiste a otear el paisaje cual si fuera tu Camelot particular! Sólo por ese plano merecería la pena contemplarte, ché… Dejaste imborrable impronta en este pequeño ser, el abajo firmante.

Cuando uno empieza así un tributo como el que voy a perpetrar, no tengo más que pararme un minuto, respirar hondo, mirar al frente y postrarme de hinojos ante la película sobre la que quiero hablar. Nada más y nada menos que Un lugar en el mundo (1992). Hace un par de meses hablé muy poquito de ella, como si un pintor impresionista fuera al campo a tomar notas y diera las primeras pinceladas sobre el tema que quisiera plasmar. Pero en esta ocasión la película resulta tener el papel principal de la obra. Y va y tiene tanto ego o más que una prima donna. Se lo merece con todos los honores.

He de reconocer, a mi pesar, que no tuve la suerte de disfrutarla en pantalla grande. No recuerdo el motivo. Por aquel entonces sólo estaban en Jerez los archiconocidos cines Jerezano, Luz Lealas y Delicias, pero o bien se me pasó o bien era yo más tonto de lo que pensaba. Estaría en la luna, como siempre. Y no la de Valencia, precisamente. El caso es que hasta unos años más tarde no la pude videar por la televisión, creo que en Canal Sur. Venía con mucho bombo y platillos, había ganado la Concha de Oro en San Sebastián y algunos otros prestigiosos premios internacionales. No suelo yo tener prejuicios con esas cosas tan fluctuantes y volátiles como los premios. Ni para bien ni para mal. Y cuando una noche de verano la vi me quedé literalmente con la boca abierta. Ahora, 2018, han vuelto a reponerla en Televisión Española, en ese programa maravilloso, necesario y expandementes que es Historia de nuestro cine. Por eso estamos aquí, para hablar de mi libro. Perdón, de mi película.

Es una obra dirigida por Adolfo Aristaráin, cineasta argentino que ya tenía cierto prestigio entre la crítica pero que aún no se había hecho con el favor del público, a pesar de obras notables como Tiempo de revancha (1981) o varios episodios de la serie hispana Pepe Carvalho (1986). La verdad, tampoco era muy conocido por estos lares. Entonces va el bonaerense y con casi cincuenta castañas dirige esta pequeña joya. Es todo un ejemplo de sencillez y profundidad.

Sencillez porque la realiza con trazo simple y corte clásico, en un alarde de sinceridad consigo mismo y con el oficio. Y profundidad ya que trata temas importantes y fundamentales para el ser humano, sea cual sea su origen  y se habite donde se habite, con una naturalidad, una frescura y a la vez una gravedad que me impresionó mucho aquella ocasión que mis ojos contemplaron la belleza. Esta vez, pasados los años y con mayor bagaje y experiencia (a veces eso no sirve para nada de nada), me reafirmo en mis convicciones y pienso que quizás yo no había viajado a la luna y menos a Valencia. Simplemente me había tomado el día libre y esa jornada falté a clase.

Como buena historia clásica, la voz en off que inicia, se pasea con señorío y garbo por la cinta y se deja ir en un final antológico, cruza cual espina dorsal todo el desarrollo de la historia. Ernesto, el chico que ya ha crecido, es el verdadero protagonista. Es nuestra mirada, nuestro corazón y nuestra aventura.

Vuelve al lugar donde creció. Lugar de infancia, de juegos, de primeros amores; lugar de cariño de unos padres justos y severos en su educación; lugar de conocimiento, de nuevas formas de hacer las cosas y de personas que llegan de fuera para preguntarse si en lo que se duda se obra con corrección y justicia.

En ese camino de redescubrimiento Ernesto se da cuenta de que es como es por todo lo que ocurrió en ese lugar, por cómo tomó partido y por cómo supo sufrir cuando venían mal dadas. Todo eso le llevó a madurar siendo muy chico, haciéndose mayor de repente. Y también le dio por pensar que el camino que le quedaba por delante era tan largo que tenía tiempo para descubrir cuál sería su lugar en el mundo, cuál su paraíso y cuál el momento en el que afirmara: soy feliz.

Me sentí y me siento aún tan identificado con Ernesto en su aprendizaje de vida que yo mismo sólo sé que no sé nada. Que de cada piedra con la que tropiece en el camino he de sacar una enseñanza. Que los amigos, con los dedos de una mano se cuentan. Que los amores permanecen si uno los mima y desea que permanezcan. Y que la coherencia, la honestidad y la ética son pilares a los que aferrarse.

Los personajes que acompañan al adolescente son un buen ejemplo de lo que estoy hablando. Sus padres, Ana y Mario, interpretados por Cecilia Roth y Federico Luppi, son el maestro y la doctora de la pequeña comunidad de Valle Bermejo. Junto a ellos está Nelda, una monja sui generis y comprometida a la que da vida la estupenda y espontánea Leonor Benedetto. Estos tres personajes son los que llevan adelante la educación, la sanidad y la espiritualidad del valle, situado en la provincia de San Luis; con pocos medios pero con mucha convicción, corazón, coraje y decencia. No quiero hablar de actuaciones porque me parece que no hay que tocar nada. Es un colectivo de actores maravilloso y compenetrado.

A esta remota zona del mundo llega un español llamado Hans, un “gallego” como nos llaman por allí. Un tipo al que encarna con maestría José Sacristán y que resulta ser muy importante en el desarrollo tanto de la historia como de la vida del propio Ernesto. Hans del Mayer-Plaza, como él mismo se califica por una curiosa anécdota, es geólogo y está contratado por una multinacional para construir una represa hidroeléctrica. Todo ello con el oscuro, siniestro y vengativo concejal del pueblo sobrevolando las mentes, los bolsillos y las conciencias de los campesinos.

En apariencia se trata de un filme sencillo pero que te cala rápido. La emoción, la poesía convertida en imágenes y la hermosa música hacen que tu corazón sonría. Te hace pensar, y eso siempre es positivo. La buena lluvia sabe donde caer, dice un antiguo proverbio oriental. La hondura y honestidad (con muchos claroscuros) de los personajes protagónicos sirven para motivarte, para darte cuenta de las cosas importantes. Es una mirada limpia hacia la vida y hacia lo que supone vivir.

De alguna manera, Violeta Parra con su pluma y Mercedes Sosa con su voz transmitieron algo muy similar con su Gracias a la vida. Mi canción favorita.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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