EL LOBO ES UN HOMBRE PARA EL LOBO

NUESTRO LAURENCE OLIVIER

Fiel desde el principio. Pedro y el lobo, de Serguéi Prokófiev. El lobo estepario, de Hermann Hesse. Un hombre lobo americano en Londres, de John Landis. Lobo hombre en París, de La Unión. La loba capitolina en escultura. Muchas obras de todo tipo de artes están relacionadas con el mamífero carnívoro por el que tanto luchó el añorado Félix Rodríguez de la Fuente.

En una ocasión no tan lejana en que visité a una socia mía me acordé de usted, pienso ahora para mis adentros. Le relato. Primero asoma su cabecita por el umbral del pasillo casero, que dicho así de pronto podría parecer un postre hecho en casa, pero nada más lejos de la realidad. Acto seguido da rienda suelta a su instinto animal, saliendo a curiosear. Donde pone el ojo azul pone la pata negrucia, y así, despacito como el pesao de Luis Fonsi, traspasa la puerta de entrada tras atravesar todo el pasillo. Investiga. Huele. Ronronea. Camina de forma elegante y se sorprende, al igual que lo hago yo cuando asocio un gato siamés doméstico y apacible con la imponente figura de usted. Permítame que le llame de usted durante todo este ratito que vamos a compartir; primero porque no tenemos una gran familiaridad, y segundo y más importante, porque le admiro profunda y sinceramente. Casi de manera reverencial.

De un tiempo a esta parte, si le digo la verdad, me cuesta mucho escribir sobre algún actor, actriz o director en concreto. Crear un artículo sobre alguien a quien admiro me resulta a la vez grato y complejo, ya que pienso que no estaré a la altura del personaje en cuestión. Bienvenidos todos al parque de atracciones llamado Mis Inseguridades… A Woody Allen, Carlos Saura, Emma Suárez, Pepe Sacristán o la mismísima Audrey Hepburn aún no les he hincado el diente, y sé que se lo debo. Como me ocurría con usted. Pero hete aquí que el pasado año, cuatro días después de mi cuadragésimoquinto cumpleaños, el veinte de octubre, va su señoría y se me muere. No hay derecho de que a uno le den esos sustos, ¡coño! Y pensé, ¡qué demonios!, ahora no tendré más remedio que escribirle algunas letras de agradecimiento.

Esto lo voy a hacer (y lo estoy haciendo) en forma de extraña misiva, una misiva poco convencional, tal como usted tenía la forma de mirar a sus compañer@s en pantalla. No se sabía por donde iba a salir. Si esa mirada derivaba en un abrazo o un beso reparador, o bien significaba un conflicto, una dureza, una trifulca; como dicen allende los mares, un kilombo en toda regla.

Ruido lo que se dice ruido no hizo usted mucho a lo largo de su vida artística. Sus interpretaciones se caracterizaban por su sobriedad, su honestidad y su verdad. No he visto toda su obra pero sí buena parte de la última etapa y retazos sueltos de sus comienzos, y realmente, con ese corpachón que tenía como de Frankenstein con una cabeza bien amueblada, a uno no le salía otra cosa que quererlo con infinita ternura. Fuera un personaje bueno, un fantoche, un ladrón o un tipo de moral intachable, a ese siempre lo comprendías. Entendías sus motivaciones, sus luces, sus sombras y hasta sus andares.

Incluso te situabas, cual caballo de carreras en Ascot, dos cuerpos y una cabeza por delante de la mayoría de actores/actrices compatriotas tuyos a la hora de la interpretación no gestual sino puramente vocal; no es que declamaras tu texto y diálogo como un actor sobreactuado, sino que tus palabras resonaban en mis oídos de manera clara, como si Dios mismo, con su voz grave, te pidiera un favor ineludible.

Cronos (1993), de ese genio de la fantasía que es Guillermo del Toro, fue lo primero que visioné de usted. Ocurrió en la plaza de las Marinas, sede del extinto Cine Club Popular de Jerez, que tanto hizo por mi crecimiento cultural y humano. Uno de esos innumerables martes me quedé absolutamente boquiabierto con ese cuento que rezumaba una extraña mezcla de magia, historia, misterio y terror gótico. Y su actuación me agarró de la pechera para no soltarme en toda la eternidad. Tengo un grandioso recuerdo de la ópera prima del director mexicano, aunque esté algo olvidada en mi memoria. En la última planta, en el ático izquierda de mi subconsciente, se encuentra dándome qué pensar. Resulta dificultoso eso de hallarla, pero sé que antes o después la redescubriré como la gran película que es. Y cuando lo haga escribiré sobre ella.

O estoy loco o sólo yo pienso esto. Es cavilar sobre Cronos y me viene a la cabeza Los duelistas (1977), de Ridley Scott. Ambas son óperas primas muy diferentes entre sí, de directores con mundos por completo equidistantes, y sin embargo tienen una poderosa característica común. Ambas son dos maravillosas obras maestras muy olvidadas y subvaloradas hoy en día, eclipsadas por otros filmes de mayor renombre de sus autores.

La clase magistral que dio su señoría en la magnífica Martín H (1997), de uno de sus directores fetiche, Adolfo Aristarain, fue de las que hacen época. Ese cuarteto de interpretaciones dentro de una más que evidente obra de teatro no se me olvidará jamás de los jamases, como tampoco que fue una de las dos únicas sesiones en las que vi el cineclub lleno a rebosar. Juan Diego Botto, Cecilia Roth, Eusebio Poncela y su persona ponían los vellos de punta con unos duelos verbales de ritmo desenfrenado, eléctrico, donde en un segundo se pasaba del halago al sarcasmo, del humor a la tragedia y del amor a la tristeza. Nunca vi tanto estado de ánimo concentrado en dos horas. Se podría subtitular “la montaña rusa de verano”, por ejemplo.

Una de las cosas que me gustaban de usted en cada filme era la familiaridad. Me explico. Ya pudiera ser un villano con cara de malo, un enamorado con cara de bobo o un hombre corriente con cara de hombre corriente, siempre creí ver a un tío mío en pantalla, como si de la familia se tratase, vamos. Hablando de enamorados y relaciones, recuerdo dos papeles que interpretó que me dieron una visión más amplia y rica de su señoría. En Sol de otoño (1996), de Eduardo Mignogna, Norma Aleandro y usted iniciaban una relación sentimental a partir del azar. Lo práctico y lo necesario pasa a ser ternura y amor en un filme hermosísimo y bastante olvidado. Ambos están de matrícula de honor tratando un tema que, no sé el porqué, resulta aún tabú en nuestros días: el amor en la mediana/tercera edad. El arte del cine no suele tratar casi nunca este tema, y los hombres y mujeres que sobrepasan los 50/55 años tienen el mismo derecho a enamorarse, tener relaciones sexuales y quererse que el resto de los mortales. Unos años más tarde me encontré con usted en unos Lugares comunes (2002) muy especiales. De nuevo Adolfo Aristarain. No es estrictamente una obra romántica y sí un drama en toda regla, pero está llena de detalles en esa relación que mantiene con su pareja, Mercedes Sampietro, que me emocionan y me llegan muy adentro. La serenidad y la fortaleza inundan las miradas, a pesar de las vicisitudes que acontecen en sus vidas. Diálogos brillantes por su verdad, no por su grandilocuencia.

Parafraseando al rico refranero español, no hay dos sin tres. Aristarain es su director, su amigo, su hermano. El paradigma del cineasta sencillo, que cuenta historias sencillas llenas de humanidad, cercanía y realismo. Eso y mucho más es exactamente Un lugar en el mundo (1992), una pequeña joya de este director argentino tan poco prolífico como muy talentoso. No tuve la fortuna de verla en un cine; lo hice una noche en La2 y me cautivó desde el primer momento. Pepe Sacristán, Cecilia Roth y usted conseguían una simbiosis casi mágica con sus personajes llenos de claroscuros pero siempre con una coherencia moral inquebrantable. Yo pasaba de la veintena cuando vi esta maravilla, pero al instante me sentí muy identificado con el chico de doce años, que era, un poco en la sombra, el protagonista. Todos éramos un poco ese Ernesto que volvía a su origen y rememoraba esa historia de solidaridad, descubrimiento, pérdida, lucha por la justicia y sobre todo de amistad y valores. Reconozco que tengo un vínculo especial con ella y es, con todos los honores, uno de mis filmes favoritos.

Pasión y compromiso con el oficio. Esas dos palabras son las que utilizaría para definir su carrera. Aparte de esas obras arriba citadas que para mí son la quintaesencia del arte cinematográfico, ha tenido usted momentos inenarrables con compañer@s irrepetibles, como con Victoria Abril en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995), Javier Bardem en Éxtasis (1996), Carmen Maura y Sergi López en Lisboa (1999), Paco Rabal en Divertimento (2000) o Eduardo Noriega y Marisa Paredes en El espinazo del diablo (2001). Describir cada uno de esos fogonazos sería pesado y alargaría en demasía este artículo, que no pretende ser más que mi personal homenaje a un grande de la escena. Bravo, maestro. Gracias, señor.

Inventando el final perfecto para este regalo, si desde donde está ha podido usted leerlo, como los millones de lectores que se cuentan con los dedos de una mano, es la resistencia que siempre fue. Valiente, comprometido, honesto. Fiel hasta el final.

P.D. Para los que aún no sepan de quien se trata, he ideado un pequeño juego. Uniendo la primera letra de cada párrafo, de arriba hacia abajo, hallareis el nombre del homenajeado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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