EL AGUA BENDITA

Ando acojonado últimamente. Veréis. Hace unos meses tuve que ir a Madrid por un asunto familiar. Caminaba más o menos plácidamente por la calle cuando a la altura del Congreso de los Diputados oí a alguien dar voces. Al doblar una esquina, algo me salpicó de forma brusca en el ojo izquierdo llenándome de la misma manera el cachete y mi roja nariz. Era algo húmedo. No llovía y pude comprobar, tras conseguir abrir el ojo -el otro lo cerré por instinto- que se trataba de un tipo con cola de caballo en su cabeza y que con un hisopo (¿se dice así?) duchaba, casi literalmente a los viandantes al mismo tiempo que les decía cosas tales como “¡arrepentíos!”, “¡siervos del capitalismo satánico!”, “¡nosotros os redimiremos!”, y así otras frases altisonantes.

Me quedé, como digo un poco acojonado. Me sequé la cara y me alejé camino del Museo del Prado y la Cuesta de Mollano.

Volví a casa, en Jerez de la Frontera, y no podía olvidar la actitud del colega de la cola de caballo y el hisopo de agua bendita.

Hube, de volver a la capital días más tarde y cual no sería mi sorpresa cuando en plena Puerta del Sol, al salir de una famosa pastelería, me disponía a comerme una de mis napolitanas y… ¡toma ya! En el ojo derecho en esta ocasión. El mismo individuo, al que según me dijeron llamaban “el coletas”, blandía el mismo artilugio de la otra ocasión y esparcía su particular agua bendita sobre todo incauto que se ponía a su alcance mientras soltaba la misma retahíla… que si estado satánico-capitalista-explotador-represor… bla, bla, bla… Volví a secarme, tiré la napolitana que había quedado hecha unos zorros y volví a acojonarme. Lo reconozco, tengo el corazón muy pequeñito. Pero en mi defensa tengo que decir que el llamado “coletas” no estaba solito. Lo acompañaban dos o tres más que al parecer vendían una especie de pócima que tenía toda la pinta de humo de colores y que yo temí fuera algún arma química o un pedo expelido por alguno de ellos y que hubiesen teñido de morado con el objeto de hacerlo más o menos atractivo.

No me creeréis, pero juro que he tenido un tercer encuentro con el del hisopo hace dos días. Está cambiado. Lleva el artilugio en la mano todavía, pero ya no se dedica a duchar al personal. Según parece se ha comprado una finquita de 2000 metros cuadrados cerca de campos de golf y quiere llevar una vida campestre rodeado de gallinitas, ovejitas, arbolitos,…

Estoy acojonado. Lo confieso. Si tengo que volver a Madrid, espero no ser golpeado por una pelotita de golf al pasear por la Carrera de San Jerónimo. Ojú dios mío… ¡El “Coletas”!

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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