DURA POR FUERA, TIERNA POR DENTRO

EL EMBRUJO DE UNA MIRADA ARREBATADORA

Me quedé petrificado la primera vez que la vi. Lo recuerdo como si fuera ayer y no me estoy quedando con vosotros. Yo tenía más o menos diez años y ella se llamaba Clara Aldán. Hablo de una mujer, no de una fruta madura, aunque estaba para comérsela enterita, de arriba abajo. Con piel y todo. Era una noche de primavera en Televisión española y mis padres me mandaron a dormir. No podía ver la serie porque era muy pequeño y además al día siguiente había colegio. Me refiero a Charo López y Los Gozos y las sombras (1982).

Esa obra realizada para televisión y que adapta la novela de Gonzalo Torrente Ballester me dio la oportunidad de conocer, aunque fuese de soslayo, a ese animal que devoraba la cámara. Todo esto lo digo a posteriori, con el peso y el paso que tienen los años, ya que en ese momento sólo pude quedarme con su figura, con su voz, con su mirada. Un instante que ha supuesto toda la vida. Confieso que fue la primera mujer con la que tuve un deseo llamesmosle sexual, aunque en aquella época las sensaciones que afloraron fueron de inquietud y de juego inocente. Fue el inicio del comienzo del principio…

Hasta muchos años después no volví a verla. No coincidimos en los mismos ambientes ni disfrutamos de compañías semejantes, jajaja. Fue un verano sin ternuras ni azoteas, pero con una pizca de lujuria cuando la miré de arriba abajo y la remiré de abajo arriba. La película era Epílogo (1984), dirigida por Gonzalo Suárez y magistralmente interpretada por la susodicha, Paco Rabal y José Sacristán. Era una vuelta de tuerca más a los personajes de Rocabruno y Ditirambo que tanto provecho sacó el director asturiano, con la literatura, la competitividad y una mujer como motores de la historia. La verdad es que no entendí demasiado. Era yo bastante joven para saborear esa compleja y profunda trama. Mucho tiempo después la redescubrí y me encantó.

Pasemos ahora a Secretos del corazón (1997). Pequeña pero gran película dirigida por ese navarro honesto y cercano que es Montxo Armendáriz. Ahí Charo hace de tía de Javi, ese niño protagonista de ojos grandes que se enfrenta a la vida y descubre secretos ocultos y vivencias que le marcarán para siempre. A todos nos ha pasado lo mismo de una manera u otra. La infancia y todo lo que ocurre en torno a ella nos hacen ser como somos cuando crecemos. Es a la vez el paraíso perdido que añoramos y un espacio donde los traumas, las deficiencias, los afectos y las sensibilidades crean una especie de tela de araña que nos forma (o deforma) a su antojo. Esa tía María aporta muchas cosas a la historia, pequeños detalles de un papel mal llamado secundario que nos demuestra una vez más la versatilidad de una actriz como la copa de un pino. Hablando de árboles, todo se desarrolla en los parajes idílicos de los valles navarros, que le otorgan mayor magia al filme. Puedo afirmar que son preciosos esos lugares porque poco tiempo antes estuve, a mediados de los 90, durante una vacaciones de verano. Ochagavía, Isaba, la selva de Irati o El Roncal (que da nombre al valle), son enclaves hermosos que me tocaron profundamente.

Retomando lo dicho con anterioridad, a ella tuve la fortuna de disfrutarla en muchas ocasiones en pequeños roles. Siempre he dicho que actrices del carácter, la fuerza arrolladora y el carisma de esta salmantina de pro no abundan. Que estaba desaprovechada en el cine. Esa mirada profunda que derretía el acero, esa voz aguardentosa que hacía temblar los cimientos de la tierra y ese cuerpo voluptuoso y rotundo que hubiera hecho pecar al más eremita de los hombres son suficientes cartas de presentación para que pase a la historia. Al Olimpo y más allá.

Actrices que como ella me hubiera gustado ver más en pantalla grande son por ejemplo Mercedes Sampietro, Terele Pávez o Assumpta Serna. Pero se prodigan poco, las muy joías. Ella trabajó mucho en series de televisión que pasaron a la historia y que poco a poco he ido descubriendo, como la antes mencionada, Fortunata y Jacinta (1980), Los pazos de Ulloa (1985) o Estudio 1 durante la década de los 70, y otras conocidas pero menos protagónica, como en Curro Jiménez o El pícaro.

Fue Petra en La Regenta (1975), Dina en Últimas tardes con Teresa (1984), Nati Robles en La colmena (1982), Carmen en Plenilunio (1999), Doña Elvira en Don Juan en los infiernos (1991) o Charo en Tiempo de silencio (1986). Todas grandes interpretaciones en papeles muy diversos con una característica común: la ternura y sensibilidad internas mezcladas con una fortaleza exterior que siempre llevó por bandera.

Era, es y será una mujer y una actriz de armas tomar, pero con un punto femenino muy sutil y elegante. De las que me gustan. Guerrera y sensible. Limpia y oscura. Misteriosa y amiga. Siempre que la veo pienso: es nuestra Anna Magnani particular e ibérica, como el jamón de bellota de cinco jotas que se paladea y olfatea incluso antes de llevárselo a la boca. Es grande desde la humildad. Es portentosa desde el cariño. Es humana desde el corazón. Charo es actriz. López es mujer. Todo tan claro como una noche de luna llena.

P.D.Si habéis leído esto, aparte de la resistencia, sois seres con corazón, alma, tripas y sexo que desean, aman y sufren…

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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