DORAYAKI MON AMOUR

UNA LECCIÓN DE HUMANISMO

UNA PASTELERÍA EN TOKIOHa sido pura casualidad, lo juro. Algunos artículos atrás hablé de un documental sobre Florencia y lo subtitulé Como un japo desmayao. Fue una de las últimas veces que me quedé delante de una pantalla cinematográfica absolutamente sin palabras y con una felicidad interna imposible de describir. Pues bien, hace unas semanas fui con Nuria a las sesiones de la cinemateca en el teatro Pedro Muñoz Seca de nuestra vecina ciudad de El Puerto de Santa María, y nos quedamos los dos y gran parte de la sala con la boca abierta, los ojos enrojecidos y el corazón preñado de felicidad con una película, japonesa por más señas. El pasado y los actos vuelven, siempre lo hacen, de ahí la casualidad antes referida.

Primero he de comentar que desde que era pequeñito siempre me ha atraído la cultura oriental, concretamente el cine de los ojos rasgados. Lo pongo en su contexto para que entendáis mi pasión por los charlies amarillos y concretamente por esta obra magna.

¡Con el tiempo que me ha costado decir pilícula y ahora van y lo llaman flim! Jajajaja…Después de esta surrealista y absurda broma made in Gomaespuma (homenaje), comentar que el film se llama Una pastelería en Tokio (2015), de la talentosa directora Naomi Kawase. Casi de mi generación, resulta ser una cineasta con una sensibilidad fuera de lo común, incluso dentro de lo especial que es ya el cine oriental. Sólo había visto una obra suya antes, El bosque del luto (2007), que me pareció transespléndida. Pero esta supera cualquier expectativa posible. Es un compendio de belleza, ternura, emoción, aprendizaje y comprensión. No es triste sino está llena de esperanza, un poema filmado que da muchas claves acerca de lo mucho que tenemos que aprender de la cultura oriental. Aunque muchos occidentales no comprendamos del todo la forma de ser de los japoneses, chinos, vietnamitas, etc… el fondo está muy muy clarito: la sensibilidad, la sabiduría y la sencillez en sus actos los hace profundos, cercanos a la verdad.

La película de Kawase nos da lecciones de vida acerca de como valorar a las personas mal llamadas de “la tercera edad”. El respeto, la solidaridad y el saber escucharlos es algo inherente a la cultura del sol naciente, cosa que se nos olvida a los occidentales en muchas ocasiones.

Trata muchos otros temas, por ejemplo el de la intolerancia. Hay tres o cuatro momentos en los que se producen situaciones intolerantes, prejuicios que todos tenemos y nos hacen sacar el lado oscuro de nosotros mismos. El instante en que el encargado de la tienda (Sentaro) rehúsa contratar a una señora de 76 años (Tokue) sólo por su edad y su aspecto, cuando se le obliga a la chica a dejar el piso porque no se admiten mascotas teniendo un simple canario, o también cuando el vecindario que hacía colas a la puerta de la pastelería les da la espalda a la extraña pareja al enterarse de que la anciana está enferma y vive en una leprosería. Pero a la larga, si las personas son buenas, honestas y coherentes, todo se arregla. La vida pone todo y a todos en su sitio. Al menos eso creo yo, que hay una justicia poética pululando por ahí y uno acaba recogiendo lo que ha sembrado en el transcurso de su vida.

La naturaleza en Kawase es hermosa pero nada condescendiente. Sus ciclos y estaciones van y vienen sin interrupción, pero mostrando belleza y dureza propias de su naturaleza, valga la redundancia. Tokio es un personaje más, casi imperceptible, casi fantasmal. La cineasta sabe ser paciente con la imagen y capta los sonidos (del viento y del silencio) como nadie. Bueno sí, como otros cineastas japoneses. Ora Mizoguchi, ora Kurosawa, ora Ozu, ora Miyazaki. Para aquellos que tenemos la sensibilidad por arrobas, esa mezcla de humanidad, naturalismo y sencillez hace que sea una obra grandiosa, como una melodía perfectamente sincronizada, un clásico desde el momento en que dejé la sala oscura.

No quiero centrarme en los detalles porque deseo que la descubráis vosotros mismos, mis pequeños y crujientes saltamontes…pero os diré que las contenidas y aparentemente simples interpretaciones tanto de Sentaro como de la anciana Tokue y la joven estudiante son conmovedoras. Todos los diálogos, especialmente entre los protagonistas, desprenden verosimilitud, cercanía, ternura. Y comprensión, mucha comprensión. Los personajes se desprenden de los prejuicios, como se desprende uno de las ropas sucias que aunque se laven no quedan nunca limpias del todo. Pero ellos utilizan lejía Rabbitt, y quedan todos los recovecos del alma limpios como la patena. El guión es, como se suele decir, sota, caballo y rey, mas realizado con talento, buenos diálogos y el tempo justo todo puede suceder. La clave es no lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Los grandes lo saben, y Kawase es grande.

Al igual que en la película de Alain Resnais que homenajeo en el título de este artículo, Hiroshima mon amour (1959), tenía una letanía que repetían los protagonistas: Nevers, Nevers, Nevers, con esta el corazón me dicta otra: Nuria, Nuria, Nuria… Y es que el plus de contemplar ese poema en imágenes junto a la persona amada engrandece esta sensación de belleza, y todo se ve de otro color (de rosa) cuando uno está con cara de boludo enamorado…

DORAYAKIS

P.D. Si habéis leído esto, ¡os invito a un cartucho de dorayakis! Eso sí, el vuelo a Japón me lo pagáis vosotros…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

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