BLANCHE VERSUS JASMINE

LUCHA DE GIGANTES: UN CLÁSICO Y UN MODERNO

Elia KazanLo prometido es deuda. En un artículo anterior me refería a mi poca predisposición a tratar sobre cine clásico y alrededores. Para empezar a remediarlo me he puesto manos a la obra, nunca mejor dicho. Quiero enfrentar de una manera metafórica a dos grandes filmes, dos brillantes autores, dos sofisticadas mujeres, dos maravillosas actrices y dos colosales personajes, frente a frente.

¡Señoras y señores! ¡Ladies and gentlemen! ¡Bienvenidos al Madison Square Garden, New York City! ¡Bienvenidos al combate del año! Un combate sui generis, ya que no hay ni campeón ni aspirante. No hay favoritismo, las apuestas están muy igualadas. En el rincón de la izquierda, con calzón blanco de muselina y 51 kilogramos de peso, ligera como una pluma, proveniente de Nueva Orleans aunque es originaria de un pueblecito de la América profunda… ¡BLANCHE DUBOIS! En el rincón de la derecha, con calzón marrón y dorado de Louis Vuitton y albornoz de Hermès, 66 kilogramos de peso, delgada y escurridiza como una anguila, proveniente de San Francisco a pesar de que su origen sea esta espídica ciudad en la que nos encontramos… ¡JASMINE, BLUE JASMINE! ¡¡¡Gong!!! Comienza el primer asalto…

Toda esta parafernalia viene de lo siguiente: hace poco volví a ver, por segunda vez, Blue Jasmine (2013), la penúltima película de Woody Allen (con él será siempre la penúltima,  incluso cuando deje de dirigir, es como las copas). Y caí en la cuenta de que no había caído en la cuenta durante la primera ocasión. Se me encendió la bombilla de mis particulares ideas, y entre todas las tramas y subtramas descubrí que tiene mucho que ver con un filme icónico de los 50, Un tranvía llamado Deseo (1951), a pesar de que les separe más de medio siglo. A veces pasa. Para que Elia Kazan y Woody Allen pudieran aspirar a ser los Gemeliers tendrían que cambiar muchas cosas. Sólo tienen en común su fealdad, su enorme talento y el blanco de los ojos. Sus respectivas carreras son como el Alfa y la Omega. Pero ambos coinciden milagrosamente en esta obra, sea o no casualidad, con las lógicas diferencias de las épocas en que se enmarcan.

Tanto Blanche como Jasmine llegan a la ciudad huyendo de una situación que se nos explica al comienzo. Son personajes que están pasando una mala racha, aunque intuimos enseguida que no son muy estables ni anímica ni psicológicamente. Están trastornadas por algo que les ha afectado profundamente, escapan del pasado y van a refugiarse a casa de sus “aparentemente estables” hermanas; éstas viven en cuchitriles a los que no están muy acostumbradas y a los que en condiciones normales ni en un millón de años asomarían sus cabezas. Las hermanas son mucho más sencillas, “de pueblo”. Además sus respectivos cuñados son unos seres poco más evolucionados que el gorila de montaña, con todos los respetos al gorila de montaña y por extensión a Dian Fossey. Resulta un choque de trenes que hace inexorable el avance de la historia. Es la comparación entre la dama delicada y con ínfulas de grandeza por un lado, y por otro el básico, primitivo y salvaje ser humano que a su manera ama a su pareja, la cual a su vez se deja querer a pesar de vivir, amar y caminar al filo de la navaja. La Bella y la Bestia de toda la vida, vamos.

Para ejemplificar el paralelismo entre los filmes y el contraste de personalidades hay una secuencia que se repite de forma casi calcada: mientras que en Un tranvía… hay una partida nocturna de póker con humo, bebidas y gritos, en Blue Jasmine esta reunión habitual de amigotes del macho transcurre de día en torno a la tele y a un partido de béisbol. Los amigos bastos y poco educados interrumpen la tranquilidad de esas delicadas mujeres con un punto neurótico rayana en la locura (al menos transitoria), que se atiborran de pastillas o alcohol. Ellas les piden que bajen la voz, que se comporten, pero es inútil. Y el Kowalski de turno entra en cólera.

En todo ese microcosmos repleto de humanidad, sudor y esfuerzo por salir adelante (es un ambiente mucho más opresivo, cargado y con tensión sexual propio de Tennessee Williams el de Un tranvía… que el de Blue Jasmine, que es como más aséptica y fría, ya que hay muchas más tramas y subtramas que la envuelven), el triángulo digamos de amor/odio que se establece entre los tres personajes puede ser un perfecto reflejo de cualquier lugar del mundo en que nos encontremos. Pueden estar pasando por esta historia nuestros vecinos del 3º derecha sin que nos hayamos enterado. Eso es precisamente lo que hace que sea tan creíble, a pesar de que resulte algo tan escénico y teatral.

En medio de todo este maremágnum aparece un personaje externo que viene de alguna manera a salvar la vida de las chicas viajeras y protagónicas, alguien cercano a sus sensibilidades que las enamora y las subyuga. Parece que la historia va a dar un giro y va a hacer sonreír por fin a unas mujeres que hace tiempo dejaron de hacerlo. Pero algo sucede que vuelve a truncar el rayito de esperanza. No quiero convertirme en un spoilerman (siguiendo los consejos de una amiga), así que hasta aquí puedo leer. Solamente diré que hay una frase ya mitológica en mi background personal e intransferible que repito mucho: […] siempre confié en la bondad de los desconocidos […] dice Blanche en un momento dado. Al menos ella habla con alguien, porque lo que es la otra… ya le vale.

Woody Allen

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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