BETTE DAVIS’ EYES (Y III)

Y SON DE CARNE Y SUEÑOS

La verdad es que no tenía muchas ganas de continuar con mi gymkana femenina particular, pero uno es un caballero cuando tiene cita con una dama (bueno, yo con siete), y tuve que hacer de tripas corazón. Valiente hipócrita soy, caray. Volví a casa, me pegué una ducha que me sirvió para limpiarme tanto el cuerpo como la mala conciencia y acto seguido me dirigí a Le Bernardin, el mejor lugar de Nueva York para comer marisco y pescado frescos.

Rita había llegado antes que yo a la cita. Tengo que reconocer que cuando la vi de perfil, con esa larga y sedosa melena pelirroja, ensimismada escuchando la melodía de Gershwin que interpretaba el pianista, se me olvidó por completo todo lo referente a Bette. Mi madre siempre dijo que era muy olvidadizo. Sé que soy una mala persona, sobre todo cuando estoy delante de una mujer bonita. Y Rita lo era, especialmente en ese instante, con un elegante traje negro ceñido que resaltaba su esbelta figura. Era más alta que yo y por eso me ponía alzas cuando salíamos juntos, sobre todo a cenar y a bailar.

La noche era perfecta. Swing en la orquesta. Marisco en la mesa. Rita en mis ojos. Conversamos como si fueramos una pareja de toda la vida. Casi como amigos en realidad, algo por cierto mucho más recomendable, os lo digo yo. Pero en realidad ambos sabíamos que cada encuentro era, cuanto menos, peligroso. Orson era muy celoso y posesivo con ella, la controlaba a todas horas. Y era capaz de cualquier cosa, visto lo visto. Así que teníamos que tener mucho cuidado.

Mientras martilleaba una pata del buey de mar que degustábamos, como quien no quiere la cosa me dijo: cariño, observa bien estos ojos tan preciosos que tengo porque va a ser la última vez que los veas. Orson y yo nos vamos a vivir a España. Tanto a él como a mí nos encanta, y sabes de mi origen hispano. Además, lo nuestro no puede seguir así, acabaremos mal, darling. Estoy cansada de esta doble vida.

¡Plufff! Noté como el alma se me iba a los pies. Ya no podría contemplar más esos ojitos color marrón, ojos honestos que decían siempre la verdad. Ojos que imploraban perdón a cada parpadeo. Ojos lánguidos y tiernos, chispeantes y conmovedores. Ojos que me emocionaban.

La noche a partir de ahí dejó de ser perfecta. Había cierta tensión en torno a la mesa. No era sexual ni tampoco estaba resuelta. Acabamos la cena y a ninguno de los dos nos apetecía ir a bailar. Quiso irse sola, sin mi compañía. La vi alejarse con ese aire de seguridad que le había otorgado la providencia, aunque por dentro se la estuvieran llevando los demonios. Tras pagar la cuenta, me quedé tomando un café, pensativo y meditabundo. Una forma de pensar muy curiosa, ya que me puse a hablar en voz alta, con la consiguiente sorpresa de mi vecino de mesa: la avaricia rompe el saco, qué razón tiene el refrán…todas y cada una de las mujeres que he amado, de una u otra forma, han estado a miles de kilómetros de mi corazón. Y yo he contribuido decididamente a ello. Me siento muy desgraciado.

La única manera que tenía de solucionar esa soledad, aunque fuera engañándome a mí mismo, era la clásica huida hacia adelante. Como siempre hacía. Sin hacer frente a la verdad. No había quedado formalmente con ella, pero tenía su cama dispuesta para mí las veinticuatro horas del día, en especial las nocturnas. Marilyn era insaciable. Estaba enganchada al sexo tanto como a las pastillas. Y conmigo nunca hacía huelga.

Ricura, pasa, que mi cuerpo te ha estado esperando todo el día, soltó cuando abrió la puerta de su pisito de soltera. Se notaba que me tenía ganas, hacía mucho que no nos veíamos. Me sirvió una copa mientras me sentaba en el sofá que yo mismo le había comprado. Y a continuación puso en el tocadiscos Help me make it through the night, uno de mis temas favoritos.

Aquello no era casualidad y ella lo sabía de sobra. Hacía más de tres lustros que nos habíamos conocido, fruto del azar, en un baile benéfico en Florida. Aquel día me miró de soslayo y me trajo la misma copa que mis labios saboreaban hoy. Un Jerez seco tan ardiente como su mirada. ¿Quieres bailar, chiquillo?, dijo aquel día guiñándome un ojo. Y ofreciéndome su mano bailamos muy pegados nuestra primera canción de muchas. Precisamente esta canción de Kris Kristofferson.

Ahora todo era diferente, mas su cuerpo mantenía una lozanía y voluptuosidad increíbles. A la segunda copa, ¿qué hacemos con la ropa?, preguntó. Y  mientras me miraba de una forma entre pícara y sugerente empezó a subir por la escalera quitándose la ropa escalón por escalón. Botas, calcetines, jersey de cuello alto, falda plisada, medias, sujetador…finalmente dejó sus braguitas de encaje en el pomo de la puerta de su habitación; la muy  #%&$”‘*£ la cerró. También yo me fui quitando la ropa, de una manera bastante más tosca, colocándome completamente desnudo y erecto ante la puerta.

No sé el tiempo que me tuvo allí, pero a mí me pareció interminable. El ya puedes pasar que salió de su boca fue un canto de ángeles para mis oídos. Abrí con suavidad la entrada al paraíso color azul y la lujuria se apoderó de mi persona al contemplar la séptima maravilla del mundo. Medio a oscuras, con sólo la luz rojiza de su lamparita de mesilla, Marilyn yacía como Dios, Alá o Buda la trajo al mundo sobre la enorme cama de matrimonio. Estaba de lado mirándome mientras se ponía una gotas de S3 por todo el largo y ancho de la hermosa distribución de sus encantos.

Ven a mí, cariño, susurró dulcemente. Fue el acto amoroso más tierno y a la vez desesperado que he tenido con una mujer. Acariciar el cuerpo de una mujer es casi como un milagro. Es como estar palpando un sueño. Su piel es delicada, frágil y a la vez poderosa. Y ella era verdaderamente powerful. Hicimos el amor como si fuera a acabarse el mundo en unas horas. Sus muslos, su vientre, su arqueada espalda, sus senos llenos de vitalidad. Todo en ella era carnal y hermoso. No se sabía dónde empezaba su culo y terminaban mis piernas. Donde mis labios besaban, mis manos acariciaban a continuación. Nunca la vi llorar tanto durante el acto sexual. Me parecieron horas maravillosas que no deseaba que terminaran. Su sexo pedía más y más, y así estuvimos buena parte de la madrugada. Extasiados, intercambiando nuestros sudores y fluidos, nos abandonamos en brazos de Morfeo.

Cuando desperté por la mañana, no sólo no estaba Marilyn ni tampoco el dinosaurio, sino que mi novia ya se había vestido. La escuché cerrar la puerta con premura y su habitual ¡buena mañana, cariño! camino del trabajo fue lo último que escuché de sus hermosos y pequeñitos labios. Sólo quedaba la fragancia de su aroma flotando por la alcoba y el hueco de su ausencia en el colchón. Y le dije bajito a Platón, el gato que dormitaba a mis pies: ¡tonto de mí! No me he despedido y hasta la noche no la veréQuiero que me siga diciendo ¡vida mía! mientras se encuentra medio dormida, cuando estamos en nuestro enorme lechoAhora la quiero y la deseo más que nunca. Más que nunca, Nuria.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia que aún disfruta y aprende con cualquier cuento, sea del pelaje que sea…

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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