BETTE DAVIS’ EYES (II)

HABITAN NUESTRO INCONSCIENTE COLECTIVO

Detestaba que me dejaran, no estaba acostumbrado y me jodía. Pero luego pensé que no era para tanto, que me quedaban por delante cuatro magníficas mujeres en lo que restaba de día, por las cuales merecía la pena vivir y sobrevivir.

De nuevo en mi Buick Skylark del 53 azul cielo conduje en plan tranquilo hasta el Tiffany de la Quinta Avenida, donde seguro estaría tomando su tentempié la buena de Audrey. Y allí estaba plantada, con ese estilazo aparentemente sencillo que la caracterizaba; se pusiese lo que se pusiese todo le sentaba como guante de seda en mano delicada. Vestía traje de tweed rosa pastel con sombrerito a juego. Tomaba un zumo de tomate muy especiado con pajita y sombrillita mientras hacía rodar en la palma de su mano derecha dos grandes y plateadas bolas chinas antiestrés. Desde luego, el pecado de la gula nunca haría mella en su pensamiento. Estaba sentada en la cafetería, justo enfrente de la joyería más famosa del mundo, pero miraba al infinito, distraída, como si su otrora pasión por los pedruscos se hubiera disipado. La noté más triste y melancólica de lo habitual. No se trataba de uno de sus días rojos, como ella decía, yo sentía que había algo más.

Cuando me vio llegar, apenas se levantó para saludarme. Hola, me dijo, en un tono apenas audible. Hola cariño, respondí lacónicamente. Me senté, pedí un bourbon y estuvimos sin cruzar palabra cerca de diez minutos. ¿Qué hacemos ahora? Estoy aburrida, soltó de repente. Cat ha desaparecido hace un par de días y esta vez no creo que vuelva. Él sabe que es un animal libre, sin ataduras, así que apechugo a pesar de todo. Estoy peor que mal. Por favor, necesito que me animes un poco. Sabes que soy de placeres sencillos.

No se me ocurría nada, no era de los hombres que improvisaba con facilidad. Empecé a pensar en cómo comenzó nuestra relación, y ¡Eureka! ¿por qué no volvíamos al lugar de nuestra primera cita? Podríamos pasear por Central Park, dije sin pensar demasiado. Cuando se lo insinué, su cara se iluminó, esbozando una sonrisa de esas que me desarmaban por completo, dejándome indefenso como tortuga panza arriba.

Había llegado a la misma conclusión que yo, y eso la ponía contenta. No era el lugar per se, era esa compenetración casi milagrosa que seguía fluyendo entre nosotros a pesar de vernos poco. Cogimos el Buick y nos dirigimos a Manhattan. Hacía un día precioso, soleado pero no caluroso, de esos que no se repetían mucho en pleno noviembre en Nueva York. Paseando entre los árboles sentimos la brisa fresca que llegaba del mar; a veces sucedía, dependiendo de la dirección del viento. Y eso nos retrotrajo a un pasado no tan reciente.

El primer día que salimos juntos por ese gran pulmón verde de nuestra querida ciudad había sucedido algo similar. El parque era el mismo, la brisa también. La diferencia era que nosotros éramos otras personas, mucho más ingenuas y maleables, también más libres y jóvenes. Ahora estamos de nuevo aquí y es lo que cuenta, me dio por cavilar. Estuvimos un buen rato perdiéndonos por los senderitos y caminos del parque. El tiempo pareció haberse detenido. Cuando miré el reloj habían pasado más de dos horas. Fue un largo instante lleno de magia que no podría explicar con simples palabras. Gallina en piel.

En principio había previsto comer con otra chica, pero me fue imposible no caer rendido a su charm. Hice una llamada de teléfono desde una antigua cabina y fuimos a un pequeño bar al borde del estanque. Una sopa de cebolla calentita y un bistec poco hecho acompañaron a unos crêpes con mermelada de fresas silvestres, que aparte de sentarnos de maravilla sirvieron de carabina mientras contemplaba extasiado esos ojos gatunos, llenos de curiosidad y afecto, que no paraban de hablar; a pesar de que comimos en silencio tuvimos una conversación de lo más amena y divertida a través de nuestras respectivas miradas.

La despedida fue triste. La dejé casi sin querer frente al portal de su casa, un coqueto apartamento del East Side; ambos sabíamos que nunca más nos volveríamos a ver, y aún así nos abrazamos como dos amigos de toda la vida. Su mirada se cruzó con la mía, y con una sonrisa sincera me dijo: hasta que nos veamos, encanto. Cuando me di la vuelta, mis ojos se llenaron de lágrimas. Era la mujer de mi vida y no supe verlo a tiempo. Ya era tarde.

Ahora me esperaba toda una señora a la cual admiré mucho antes de quererla. Eran las cinco menos cuarto y apenas había tráfico por el Downtown. Llegué a su pequeña Manderleigh, como ella la llamaba, y pulsé el timbre. Me extrañó el silencio que reinaba. Habrá salido un momento, pensé. A la segunda llamada al timbre con forma de león rampante vi que había una nota doblada bajo la piedra del porche. Los palos del sombrajo se me cayeron de golpe. Con la letra que reconocí de su hermana leí: Bette está en el Bellevue Hospital Center. Habitación 347. Ha sufrido una agresión. 

Sin pensármelo dos veces compré en la floristería de la esquina una docena de rosas blancas, sus favoritas, y me dirigí al 462 de First Avenue como alma que lleva el diablo. No sé como demonios no me estrellé contra un camión de bomberos que salía para su turno. Sudando y asustado llegué a la tercera planta y lo que vi sobre esa cama de hospital no se lo imaginarían ni mis peores pesadillas. Bette estaba acostada y todo su cuerpo cubierto con vendas y apósitos, aparte de una pierna y un brazo escayolados. Nadie la reconocería por la calle de tal guisa, pensé irónicamente. Estaba mirando por la ventana y se giró hacia mí cuando besé la maltrecha mano, toda de blanco. Resultaba impresionante ver a esa mujer tan fuerte y arrogante, tan llena de soberbia ante la vida, ahora indefensa y con tubos por todos lados.

Lo más sobrecogedor era que la parte de su cuerpo que me enamoró la primera vez era lo único que se vislumbraba a través de todo el entramado de vendajes. Sus ojos. Los ojos de Bette Davis.

Quise escapar de allí pero conté hasta diez y me senté junto a ella buena parte de la tarde. Me contó a duras penas que había salido con su hermana a comer algo ligero tras recibir mi llamada. Al volver a casa Eva Harrington estaba escondida en el seto de entrada y la había atacado con una barra de hierro, insultándola y echándole en cara su mala suerte en los castings a los que se presentaba. Todos los papeles a los que aspiraba te lo han dado a ti, gritaba furiosa. ¿Qué culpa tenía? Cuando la somanta de palos y patadas cesó, no podía ni moverse. Sentía varias costillas fracturadas, una brecha en la cabeza por la que manaba sangre y roturas por todo el cuerpo, aparte del intenso dolor a causa de los golpes, que comenzaron a amoratarse en seguida.

Su hermana llamó a la ambulancia y posteriormente a la policía, y en seguida llegaron ambos. En el hospital le diagnosticaron de todo. Ni nombrar quiero tanta cháchara medicucha, dijo, así que a continuación se quedó en silencio y no habló más. Con una ternura impropia de ella me cogió la mano y nos contemplamos el uno al otro. Se puso a llorar como una niña. Pasado un buen rato llegó su enfermera. Tenía que administrarle morfina para el dolor. La visita tenía que concluir, así que le gasté un par de bromas absurdas para liberar tensiones acumuladas, la besé en los caídos párpados y me despedí cerrando la puerta. Nunca me gustaron los hospitales. Sabes cuando entras, pero no cuando vas a salir. Es territorio comanche para mí.

Continuará.

P.D. Si habéis leído esto, ya que sois una resistencia activa, esperaros un poquito a que concluya la historia, no me hagáis ese feo, please…

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. Por Ana

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  2. Pablo Solís del Junco Por Pablo

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