BETTE DAVIS’ EYES (I)

LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO ANTIGUO SIGUEN VIVAS

Si alguna lo llega a saber me arranca la piel a tiras, me dije frente al espejo. Un tigre hambriento sería menos peligroso y sus uñas no desgarrarían tanto como las de una mujer engañada y burlada por amor. Recuerdo, en mi época de vacas gordas, haberme sentido como el bueno de Howard Hughes cuando las tenía a cientos y ninguna se enteraba de la existencia de las demás. Yo no era tan suertudo y tenía hace una década sólo un par de docenas de hembras que me esperaban sedientas de deseo en cualquier esquina de la ciudad.

Por cierto, yo provenía de un pueblo perdido de Norteamérica que no aparecía ni en los mapas. Hacía unos años me había trasladado a Nueva York para abrirme camino en la vida y labrarme un porvenir, como solía decir mi difunto padre. Pero el estrés y el ritmo desenfrenado de la ciudad que nunca duerme primero me dejaron sin un centavo en los bolsillos, y luego me habían agriado el carácter hasta no reconocerme ni en el espejo. Sólo mi habitual facilidad para engatusar al género femenino y llevármelas a la cama me ataban a ese pedazo de tierra bordeada por el East river y otros afluentes cercanos.

Ahora, pasado el tiempo y de vuelta de todo, sólo había siete mujeres de rompe y rasga con las que me veía, mas no muy a menudo. Los encuentros ya no eran tan salvajemente sexuales sino que prefería su compañía en algún lugar público, disfrutando con ellas de otra manera. El sexo había perdido aliciente para mí. Por supuesto que me gustaban sus cuerpos, pero lo que en verdad me hechizaban eran sus miradas. Las víctimas se habían tornado verdugos y ellas ahora eran las que me engatusaban a mí.

Cuando sentía la botella medio llena (que cada vez eran las menos), me levantaba temprano, me ponía mi mejor traje, y, armándome del valor que sustituía a mi nula vergüenza, llamaba por separado a las siete maravillas y quedaba con ellas a lo largo de la jornada. Hoy iba a ser uno de esos días, y fue lo que hice. Tras lustrarme los zapatos negro caoba, salí de casa para no volver hasta medianoche. Aunque no eran más que las ocho y cuarto de la mañana, mi estómago ya había iniciado su novena sinfonía y pedía a gritos que lo atendieran.

Me dirigí en coche hacia el centro para recoger a Gene. Tenía veinte años menos que yo, podría ser su padre. Pero eso no me cortaba a la hora de besar esa delicada boca. Lo primero que pensé cuando apareció en el umbral fue que el menda lerenda había tenido mucha, pero que mucha suerte. Ese ser apacible no me había conquistado por su cuerpo esbelto y proporcionado, sino por su mirada. La misma mirada que ahora estaba detrás del café noir que saboreaban sus labios. Esos ojos color verde mar en los que me ahogaba cada vez que los contemplaba eran mi perdición. Ningún salvavidas podía hacer nada por mí, salvo dejar que el destino me atrapara de manera inmisericorde. Ramalazos de pereza turbaban mi razón cuando estaba a su lado, pero por una vez me zafé de ella y pude escapar. Con la excusa barata de una cita con mi abogado, pagué la cuenta, dejé cinco dólares de propina, a Gene con el croissant y la palabra en la boca, y salí de la concurrida cafetería. A pesar de la estupenda conversación que departíamos, nuestro desayuno y quizá nuestros encuentros habían concluido. Así de estúpido soy.

Me encaminé a paso rápido por el bulevar. Recién había amanecido y sobre las hojas otoñales se reflejaba el sol, provocando una extraña calidez en el suelo. En ese instante me vinieron a la cabeza sus grandes ojos color violeta, y me derretí pensando en ellos casi tan rápidamente como el carámbano que acababa de caer del tejado de la esquina. Sin saber muy bien porqué eché a correr, a correr, a correr, para llegar lo antes posible a la cita con ella, con Elizabeth. Quería estar yo presente en la librería para ver cómo entraba por la puerta ese cuerpo redondeado, que era su apellido. Su nombre eran esos ojos violáceos únicos en el mundo, ojos que nunca había visto en ningún otro ser vivo sobre la faz de la tierra.

Pero la muy puerca ya estaba allí. Me había cogido la vez. Cuando la campanilla de la puerta sonó, ella levantó la vista del Baudelaire que tenía entre sus manos y me silbó, piropeándome como hacen los hombres con las mujeres. Eso ya fue demasiado para mi ego masculino, tan acostumbrado a llevar las riendas. Me di la vuelta, sabiendo que con mi actitud y mi decisión no iba a volver a verla nunca más. Ni a su cuerpo suave como visón tendido en mi cama ni a esos ojos tiernos y desamparados que pedían guerra a cada guiño, y que ahora estarían llenos de ira furibunda. Que la aguante el borracho de Richard. Campanilla y se acabó.

Avergonzado de mí mismo, me puse a dar vueltas por la ciudad, sin rumbo y con demasiado tiempo por delante, intentando no pensar en la tontería que acababa de hacer. Mi Jean Perret suizo marcaba con pulcra exactitud sólo las once y veinte de la mañana. Tenía tiempo de volver a casa, tomarme mi martini de mediodía antes de mediodía y ponerme a tono para saludar a puerta Gayola al siguiente toro que apareciera. Eso fue lo que hice. Borrón y cuenta nueva, que diría el otro. En este caso era un Miura italiano, con los ojos y las curvas de la romana Sofía. No estoy hablando de una balanza, sino de una mujer de formas rotundas con un corazón aún más rotundo. Al menos conmigo. Hace años el fuerte carácter fue lo primero que me atrajo de ella, aparte claro está de las dos columnas salomónicas que tenía por piernas, el voluptuoso vientre que se asemejaba al canto de las sirenas y esos enormes y macizos pechos que apuntaban hacia el cielo infinito con una insolencia que hasta el propio Dios aceptaría gustosamente. Pero ahora me estaba fijando en esos ojos color avellana, que me miraban como diciendo: ¿qué hacemos aún juntos si lo único que nos unía era una gran compenetración en la cama y hace mucho que eso terminó? Sorpréndeme, guapo, o te vas a quedar sin mí.

En ese momento recordé que nunca habíamos subido a la Estatua de la Libertad; aunque parezca estúpido y viviendo ambos aquí, no se nos había ocurrido. Viniendo como venía ella de la ancestral Europa, al igual que la consabida, se me podría haber pasado al menos por la cabeza. ¡Ay, que torpeza la mía! Nos dirigimos en mi coche a Battery Park, cruzando Manhattan de punta a punta. Después cogimos el ferry de Staten Island dirección a la isla de la Libertad, lugar desde donde la estatua miraba al mundo entre desafiante y acogedora. Nos pusimos en cola como cualquier “hijo de vecino”, y mientras esos “vecinos” se fijaban más en Sofía que en el propio monumento, yo sentía esas miradas de envidia alrededor de mi cogote. Subimos hasta el último piso y disfrutamos de una visión maravillosa del puerto de Nueva York; fue un momento mágico cuando le cogí la mano y le susurré al oído esas palabras en italiano que tanto le gustaban…pinastri, pinastri.

Desgraciadamente ese instante duró un segundo, ya que Carlo, su marido, la llamaba para avisarla de una cita surgida a última hora. Bajamos, hicimos el camino inverso y nos despedimos en la terminal de Saint George. Fue un beso apasionado que sincera y honestamente no podía desembocar en nada más. Era feliz con el exitoso productor y no era quien para entrometerme más. Y ahí me quedé como un pasmarote, desolado y solo.

Continuará.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

 

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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