AUSTROHÚNGARO, HUMANISTA Y POETA

UN MONUMENTO A LA TRADICIÓN DEL SAINETE ESPAÑOL: DON LUIS GARCÍA BERLANGA (Y III)

berlanga azconaPara empezar este último capítulo (la lectura de Crónica del alba de Ramón J. Sender me ha dejado más huella de la que ha menester), quiero referirme a una broma personal que lo acompañó siempre: la frase imperio austrohúngaro. La usó en sus dos o tres primeros trabajos y, al revisarlos y darse cuenta de ello, continuó poniendo la cita en boca de alguno de sus personajes a lo largo de toda su carrera. La versión española y socarrona de las apariciones de Hitchcock en sus filmes. Tanto una como otra son ideas curiosas propias de dos genios. 

Entre la década de los 90 y la primera de este siglo en la que estamos inmersos fui intercalando visionados de películas más o menos actuales (como la genial La vaquilla [1985], retrato divertidísimo pero bastante amargo de la guerra civil española que no pudo hacer en los años 50 por mor de la censura y cuyo guión tenía guardado en un cajón, la flojita Moros y cristianos [1987], en torno a una familia de turroneros levantinos, o la subvalorada Todos a la cárcel [1993], que pone a caldo a la administración, a la cultura del cultureta y a la política de subvenciones y chanchullos utilizando como excusa el Día Internacional del preso de conciencia en la cárcel Modelo de Valencia), con otras emblemáticas de su filmografía como Plácido (1961) o El verdugo (1963).

Estos dos últimos filmes me sirven para hablar del giro que supuso en la vida de Luis García Berlanga el conocer a un chico de provincias (concretamente de Logroño), que emigró a Madrid para buscarse la vida como escritor, se dio cuenta de la enorme dificultad de la empresa y acabó convirtiéndose en el mejor guionista de la historia del cine español y parte del extranjero. Hablo por supuesto, y me pongo de pie para hacerlo, de don Rafael Azcona Fernández (Logroño 1926-Madrid 2008). Ambos se conocieron durante los 50 y se entendieron enseguida. Plácido fue su primera colaboración en serio y durante tres décadas firmaron como uno solo, como la pareja bicéfala que no tenía nada de extraña. Quedaban habitualmente en los cafés, en los bares, en las terrazas, y ahí hablaban de la vida, de los sucesos del periódico, veían pasar a la gente, escuchaban las conversaciones de sus vecinos de mesa, y en ese caldo de cultivo les venía a cualquiera de los dos una idea y la desarrollaban. Luego Azcona se iba a casa y plasmaba esa idea en papel, dejando lo esencial. Decía que lo que se le había olvidado por el camino es que no merecía la pena. Así de sencillo, no había trampa ni cartón. Venían y bebían de la vida, por eso su cine fue siempre tan personal, tan único, tan real. Y el cine de Berlanga cambió.  El fondo de sus historias seguía siendo crítico, con un punto entre amargo, ácido y tierno, pero ahora con Azcona se le añadían grandes dosis de mala leche. Tuve la enorme fortuna de conocer a Rafael Azcona durante un congreso de literatura y cine que organizó la Fundación Caballero Bonald de Jerez a finales de los 90 del pasado siglo. Al acabar su clarividente y divertida conferencia lo rodeamos unos cuantos jóvenes admiradores y nos pareció alguien encantador y humilde, con quien se podía conversar y a quien le encantaba rodearse de gente joven con espíritu y de gente con espíritu joven, que no es lo mismo. Nos dio ánimos para atrevernos a hacer y probar cosas, y nos sentenció: yo solamente tengo clara una cosa en la vida, hay que meter la cortina de la ducha por dentro… un genio. A Berlanga no tuve la suerte de conocerlo.

No voy a disertar sobre esas dos obras maestras que he nombrado antes. Sólo que me impresionan mucho sus finales. Si no las habéis visto, corred a ello. Y si habéis tenido la suerte de hacerlo, revisitadlas porque siempre vais a descubrir algo nuevo en ellas. Plácido y El verdugo no se merecen menos. Y no sólo no han pasado de moda sino que están más vigentes que nunca. Son dos obras cumbres del cine mundial que te ponen los vellos de punta.

Curiosamente la película con la que terminó la obra del valenciano y con la que comencé a divagar, París-Tombuctú (1999), tiene mucho que ver tanto con Calabuch como con Tamaño natural. Digamos que es como una mezcla de las dos. También vilipendiada, es para mí el perfecto compendio de toda su carrera y un homenaje a los maravillosos actores y actrices que poblaron su cine: Fernando Fernán-Gómez, Amparo Soler Leal, Chus Lampreave, José Luis López Vázquez, Michel Piccoli, Elvira Quintillá, Manolo Morán, Pepe Isbert, Luis Ciges, José Sacristán, Lolita Sevilla, Alberto Romea, Félix Fernández, Julia Caba Alba, Julia Lajos, Margarita Muñoz Sampedro, José Luis Ozores, María Vico, Juan Calvo, Manuel Alexandre, Amelia de la Torre, Cassen, Emma Penella, Nino Manfredi, Luis Escobar, Agustín González, Alfredo Landa…

Termino como empecé, con una cita del propio Luis que definía a la perfección lo que pensaba de la vida: Yo he dicho siempre que esta sociedad es una mierda, pero por desgracia, mi cine y yo navegamos en el barco de esta sociedad. Puede que no sepa darle un golpe de timón pero, por si acaso, lo que hago es mear siempre en el mismo sitio, a ver si consigo abrir un agujero por el que se termine hundiendo el maldito barco.

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. Por Garabato-5

    Responder

    • José Manuel Lasanta Besada Por José Manuel Lasanta Besada

      Responder

  2. Pablo Solís del Junco Por Pablo

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.