ARTE, DECADENCIA, MISTERIO Y VACUIDAD

ESA COSA LLAMADA SENSIBILITÁ

LA GRAN BELLEZA 2No sé bien cómo empezar este artículo. El síndrome de las tres Aes me ha atrapado sine die. Intentémoslo. Abrumado. Absorto. Alucinado. Cuando era adolescente me dejaba guiar en muchas ocasiones por las listas, ya fueran de éxitos musicales, de libros más vendidos o de mejores películas de la historia del cine. Pero me di cuenta poco después que todo esto no era más que un ejercicio de marketing llevado a cabo por intereses varios, y cosa además muy habitual en el mundo anglosajón. Ellos flipan con las listas. Y claro, me fui creando una personalidad con criterios propios a lo largo de mi juventud para pasar literalmente de las mismas.

A estas alturas de mi vida no tengoFAHRENHEIT 451 listas de nada; en todo caso la anárquica y heterogénea de la compra cuando se tercia. No existe el sindicato vertical en mi vida artística sino que la horizontalidad domina mis preferencias. En el terreno literario, por ejemplo, hay unos cuantos libros que me llevaría a una isla desierta. Rememorando la última parte de esa genial distopía que es Fahrenheit 451 de Ray Bradbury (con esos hombres y mujeres libro que habitaban ese bosque apartado y metafórico, se aprendían de memoria una obra y la iban transmitiendo oralmente a la siguiente generación), yo sería, cual hombre-libro (y libre), La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, Soseki, Inmortal y tigre, de Fernando Sánchez Dragó o La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro, dependiendo del momento y estado anímico.

Lo mismo ocurre con el cine. Nunca hice una lista de mis diez, quince o veinte filmes predilectos. Es cierto que tengo uno que está por encima de todos. La trilogía de El padrino (1972), El padrino: parte II (1974) y El padrino: parte III (1990) son algo tan especial y grandioso en mi vida que no lo puedo describir con meras palabras. Cuando las reúna primero y a continuación las ordene escribiré un emotivo y largo artículo, pero por el momento no me siento preparado para afrontar tamaña empresa. Volviendo a lo nuestro, hay un buen ramillete de obras cinematográficas, sin ningún orden ni preferencia, que pertenecen por méritos propios a mi Olimpo particular. No voy a nombrar ninguna para mantener el misterio. De vez en cuando iré sumergiéndome en las profundidades de algunas, una a una, gota a gota, verso a verso…

En el siglo XXI tengo también unas cuantas que me han cautivado y se han convertido en referentes. Pero una sobresale y me parece la película de lo que llevamos de nuevo milenio: la italiana La gran belleza (2013), del director Paolo Sorrentino.

De este napolitano de cuna y casi de mi generación ya tenía noticias. Había visto anteriormente su rareza Un lugar donde quedarse (2011), con un espléndido Sean Penn, y sobre todo me había sorprendido con Il divo (2008), ácido y a la vez tierno fresco del otrora incombustible líder de la Democracia Cristiana y guadianesco Primer ministro de Italia Giulio Andreotti. Ahí he de decir que conocí a su actor fetiche, el brillante y contenido Toni Servillo. Lo había adivinado en un papel pequeño pero lleno de fuerza en Gomorra (2008), pero aquí comenzó mi idilio con él. Of course es el absoluto protagonista de la obra que nos ocupa hoy.

Llega a mi vida este filme y es como un elefante entrando en una cacharrería. Desboca mi corazón, pone en órbita todos mis sentimientos y crea una nueva constelación llamada SENSIBILITÁ. Porque en este retrato amargo de la fauna mundana que pulula por las noches de la ciudad eterna hace aparición, cual rayo en cielo abierto y durante la fiesta de su 65 cumpleaños, Gep Gambardella. Con sólo dos monólogos, uno al inicio y otro como epílogo, podría definir y captar la esencia de este escéptico y desilusionado personaje que, desde que arribó a las playas de Roma cual navío solitario, no hizo más que corromperse día tras día, fiesta tras fiesta, banalidad tras banalidad. Escribiendo su primer libro tan joven, teniendo tanto éxito, perseguía la búsqueda de la belleza. Aún sigue haciéndolo. Lo que ocurre es que en estos cuarenta años ha estado llamando a las puertas equivocadas. Se convirtió en periodista diurno y fiestero noctámbulo, el de más clase de toda la ciudad. En ese circo romano, plagado de muertos en vida (en muchas ocasiones se ven a diferentes personajes tumbados, meditabundos, aburridos; como cadáveres) y dirigidos por mi tocayo con un estilo que me recuerda a Fellini 8 ½ (1963) y alrededores, Gambardella es el único lúcido que se da cuenta de su grandeza y mediocridad al fifty fifty. Pero él mismo tiene la decencia de incluirse en ese eterno trenecito de sus vacuas fiestas y de pretenciosidades varias, con continuas referencias literarias a Moravia, Flauvert, Proust, Breton, Pirandello, D’annunzio, Turguéniev o Dostoyevski. Todas vacías de contenido, trufadas de un ego de quien las pronuncia tan enorme como la catedral de Burgos.

Un encuentro decisivo con una niña llamada Francesca (que le dice a la cara que él no es nadie) hace que tenga la suficiente clarividencia de darse cuenta de una cosa, y le cito: “La mayor certeza al cumplir 65 años es que no voy a hacer aquello que me hace perder el tiempo”. Estoy de acuerdo con eso. ¿Dónde hay que firmar? Yo personalmente me di cuenta antes de cumplir los cuarenta. Para algunas cosas tengo las ideas claras, pero para otras me considero un inmaduro recalcitrante. Ahí reside mi sex-appeal. Me siento muy identificado con Gep cuando comenta que la búsqueda de la belleza, en cualquiera de sus formas y expresiones, es lo que ha ido tejiendo mi vida. Y BELLEZA con mayúsculas es lo que domina esta maravillosa experiencia fílmica. Belleza visual y estética, como la secuencia de los flamencos en la terraza con “la Santa”, las secuencias iniciales con ese coro tan hermoso y doloroso a la vez que acaba con el desmayo del oriental deslumbrado por la propia belleza, la visita nocturna con candelabros al Palacio de la Princesa entre estatuas, galerías y pinturas, o la fugaz aparición de Fanny Ardant, cuasi como un sueño.

Pero todo esto no está exento de profundidad. Se habla de la apariencia, del vacío de la vida que se cubre con autoengaños, de la crítica al “artista” que resulta ser un falso ídolo que ofrece frivolidades enmascaradas de arte a todo crédulo que se tercie (como la niña pintora y la artista conceptual), y se habla también de la amargura y el hastío ante la rutina y la pérdida total de valores humanos. En definitiva, del paso del tiempo, de la vida y de la muerte, todo un viaje. Como dice Romano, el más cercano de los amigos de Gambardella, “¿Qué tenéis en contra de la nostalgia, eh? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro”.

La música la utiliza Sorrentino de manera brillante, tanto si se trata de las desenfrenadas fiestas orgiásticas en las terrazas como de las sensuales y sugerentes melodías musicovocales que complementan las imágenes de vivaz y suave montaje. Hay también secuencias introspectivas que poseen algo de onírico; ahora que lo pienso eso me lo sugiere casi todo el metraje, pero recuerdo con nitidez la escena de la jirafa o el decisivo encuentro adolescente en el faro. Servillo, como bien dije antes, está inmenso en la composición de un complejo personaje con muchas capas de cebolla, que mira hacia adentro y no es demasiado expresivo. Memorable el rapapolvo que le echa a Stefá, una de sus compañeras de viaje (por cierto, la chica lo pedía a gritos). Y qué decir de todo el elenco, que está a su altura.

Habrá quien esta película le parezca un tostonazo, incluso un acto de esnobismo. O sea, que caería en lo mismo que critica. Pero como la objetividad no existe y soy yo el que suscribo, niego esto último. El cine de Sorrentino, como el de todos los autores, tiene una característica esencial: posee un mundo y un universo propios. Tengo el máximo respeto por ellos, me gusten o no. Pero eso no quita que tengas que tomar partido: o los defiendes a muerte o lo fusilarías al amanecer tras juicio sumarísimo. Personalmente, si en otra vida hubiera sido emperador romano en día de pan y circo, mi pulgar siempre apuntaría hacia arriba. Los leones en ayunas. ¡Alea jacta est!

¿Y si durmieras? ¿Y si en tu sueño, soñaras? ¿Y si soñaras que ibas al cielo y allí recogieras una extraña y hermosa flor? ¿Y si cuando despertaras tuvieras la flor en tu mano? Ah, ¿entonces qué?

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

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