AL PAN, PAN, Y CARTUCHO AL CAÑÓN

LEÑA AL MONO QUE ES DE GOMAEVA

MONO CLASIQUÍSIMOQuiero comenzar el año con fuerza. Me había propuesto hablar de otra cosa, pero se me ha cruzado esto y me ha venido la vena reivindicativa. No sólo las chicas son guerreras, los chicos damos mucha guerra también, aunque a veces nos pasemos de frenada. Y es que voy a darle lomo en caña a España y a los españoles.

Hace unos cuantos domingos llegué a casa y estaban poniendo en Versión española el film El cónsul de Sodoma (2009), del director Sigfrid Monleón. No me puse a verla, ya que como Woody Allen afirma en Annie Hall (1977) “aún me encuentro en el período de latencia y tengo que contemplar una película desde que aparece el nombre de la productora hasta que concluyen los títulos de crédito”. La vi en las salas cuando se estrenó y me pareció soberbia, me cautivó. Otro día hablaré de ella.

Esa noche de domingo me dio por pensar cuán injustos que son los españoles con el cine que se ha hecho y se hace entre estos tres mares u océanos en los que nos ha tocado nacer (nací en la antigua Hispania pero para determinadas cosas parecéis de Saturno, la verdad, por lo que me siento más bien ciudadano del mundo de pensamiento libre). A los norteamericanos no, pero a los franceses sí que los admiro por defender como defienden lo suyo, por valorarse a sí mismos, si no antes que a lo de fuera al menos en igual medida. Preservan su cultura y tradiciones de manera admirable, y respetan a sus iconos de una forma reverencial, no escondiendo su lado vulnerable y tenebroso. Tendríamos que aprender mucho de ellos y del mal llamado chauvinismo.

A lo que voy. Aparte de la película que sirvió de espita a esta idea encerrada en mi cabeza de botijo, he de reconocer que el subjetivo punto de vista lleva fraguándose muchos años en mi subconsciente, lo que ocurre es que no ha sido parido (no tuve necesidad de epidural ni trepanación alguna) hasta que en la primavera pasada la2 comenzó a emitir todas las noches laborables el programa Historia de nuestro cine. Un enorme acierto. Yo ya sabía de la riqueza y diversidad del cine español, pero muchas de esas noches he descubierto joyas desconocidas por mí, he logrado visionar otras a las que nunca había podido acceder, y por supuesto he revisitado magníficas obras ya disfrutadas en el cine o la ínclita televisión.

La lista sería larga e injusta porque me olvidaría de algunos títulos, pero como la vida es larga e injusta…allá vamos. Diré por ejemplo que El mundo sigue (1963), una verdadera maravilla del más grande y renacentista de nuestros artistas cinematográficos, Fernando Fernán-Gómez, se realizó al mismo tiempo que La gran familia (1962). Eran dos realidades de una época, tan diferentes y a la vez tan complementarias. Una era la verdad que no se quería mostrar (llevándolo a extremos shakesperianos), y la otra lo que se deseaba promover (la unidad familiar como sancta-sanctorum del régimen). Hablando de Fernán-Gómez, en otro país sería adorado como un dios, pero aquí siempre se le ha visto como un tipo con mal genio.

Filmes de los 30 y 40 como Embrujo (1948), con Lola Flores y Manolo Caracol en estado de gracia, Carmen la de Triana (1938), magnífica versión del mito con la gran Imperio Argentina, o Suspiros de España (1939), con Estrellita Castro y el tema homónimo que canta en el barco caminito de ultramar (pelos como escarpias), fueron grandes descubrimientos. Siempre genial Edgar Neville, uno de los grandes, como ejemplos La vida en un hilo (1945), El crimen de la calle de Bordadores (1946) o la inclasificable La torre de los siete jorobados (1944). Quien no conozca a este cineasta singular no sabe lo que se pierde.

De los 50 y 60 me sorprendieron mucho Condenados (1953), con una pasional Aurora Bautista,  un recuerdo del primer Pasolini es La busca (1966), con Emma Penella y Jacques Perrin, La niña de luto (1964), del minusvalorado Manuel Summers, o Nueve cartas a Berta (1966), ese mundo personal del Basilio Martín Patino que empezaba a surgir. Volví a saborear las mieles de Calle mayor (1956), una de las cumbres de Juan Antonio Bardem además de ser una de las obras más crueles que haya visto jamás, o de esas dos rarezas que son El cebo (1958), de Ladislao Vajda, y El extraño viaje (1964), de nuevo don Fernando. Calabuch (1956) y Plácido (1961), son punto y aparte. En fin, me comería medio artículo babeando sobre la vida y milagros de don Luis, pero aún no estoy senil ni física ni espiritualmente para repetirme…

Con este programa, que según tengo entendido va a durar un par de años al menos, me he fijado que tenía muchas cuentas pendientes con el cine español de los 70. Títulos malditos para mí por la imposibilidad, por fas o por nefas, de disfrutarlos durante décadas, como El amor del capitán Brando (1974), de ese maestro que es Jaime de Armiñán (revisitación de Mi querida señorita [1972], ¡¡vaya tela marinera!!), Hay que matar a B (1974), del poco prolífico pero estupendo José Luis Borau, o Los pájaros de Baden-Baden (1975), de otro director lleno de coherencia, talento y sobriedad como Mario Camus (al que revisité en la no menos intensa Los días del pasado [1977], con la madura y brillante Pepa Flores); Españolas en París (1971) de Roberto Bodegas, fue toda una sorpresa. Como cintas ya vistas pero que con la edad de madurito interesante y el carisma que desprendo se ven con otra mirada, disfruté, lloré, reí y me emocioné again con Cría cuervos (1976), del posiblemente más completo, genial y poliédrico cineasta español tras Fernando Fernán-Gómez, que resulta ser aragonés y tiene por nombre Carlos Saura, El anacoreta (1976), esa rareza del raro Juan Estelrich o Un hombre llamado Flor de Otoño (1978), dura y hermosa historia de Pedro Olea, con un José Sacristán que aparece en muchas de las obras maestras de todos los tiempos.

A caballo (nunca mejor dicho) entre los 70 y los 80 está Arrebato (1980), esa singular cinta de Iván Zulueta, que si te dejas llevar por ella te transportará a un mundo que merece la pena ser vivido. Pero para eso hay que tener mente abierta y no estrechez de miras. Tata mía (1986), también de Borau, fue una agradable compañía. Redescubrimientos tras muchos años como Epílogo (1984), del literario y magnífico creador de ambientes Gonzalo Suárez o Valentina (1982), esa tierna, emotiva y melancólica historia basada en la primera novela de la saga Crónica del alba, de Ramón J. Sender, hicieron que la magia inundara dos noches allá por Santa María del Pino. Víctor Erice con El sur (1983) y El espíritu de la colmena (1973) es la perla más delicada, hermosa y poética de nuestra cinematografía. Una verdadera pena que no haya rodado mucho más, pero supongo que eso forma también parte de su encanto y misterio.

Y de los 90 en adelante nada nuevo que llevarme a la boca. A toda esa nueva generación de cineastas personales y con talento, con mundos interiores brillantes, geniales y muy distintos entre sí, los vi “en er vivo y en er diressto” de la sala oscura (pero sin las dos velas negras). Amenábar con Tesis (1996) me dio un vuelco a muchas cosas. De ese mismo año fue Familia, de otro novato que empezaba a conquistarme por su mirada. Era Fernando León de Aranoa, con sus raídas camisetas y su pelo sucio. Dos directores vascos que iniciaron su andadura a principios de los 90 y que pronto me enamoraron por sus universos fueron Juanma Bajo Ulloa, con La madre muerta, y Julio “palíndromo” Medem, con La ardilla roja. Ambas de 1993 y ambas segundas obras maestras tras sus impactantes óperas primas. Y el siglo acabó con Almodóvar, siempre Almodóvar. La sombra de Pedro es alargada. Todo sobre mi madre (1999) es una experiencia que debería ser inyectada en vena en el momento en que tuviéramos uso de razón. Emocionante no, lo siguiente…

Hay muchas más pero estas son las que me han ido surgiendo sobre la marcha. Este alegato disgustará a muchos y otros no estarán de acuerdo, pero es lo que pienso. Me siento orgulloso de escribir lo que escribo y sobre todo cómo lo escribo. No voy a ser hipócrita, creo que lo hago bastante bien (desde hace tiempo mis dos abuelas no están, preferiría tenerlas a mi lado y ser un manirroto). En una cita del personaje de Manuela, interpretada magistralmente por Cecilia Roth en la cinta de Almodóvar arriba referida, cuando le regala al hijo por su cumpleaños un ejemplar de Música para camaleones de Truman Capote, ésta lee:

“Prefacio. Empecé a escribir cuando tenía ocho años. Entonces no sabía que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don también le da un látigo, y el látigo es únicamente para auto flagelarse”

Yo tengo uno de cinco puntas. Pues eso…

P.D. Si habéis leído esto, sois la resistencia…

 

Acerca del Autor

Pablo Solís del Junco
La Venganza de Alan Smithee junior

Comentarios

  1. Por Ana

    Responder

  2. Pablo Solís del Junco Por Pablo

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.