AGUJEROS BLANCOS

Quizás mis neuronas necesiten algún tipo de reactivación, si es que aún no han perecido ya en algún rincón de mi cerebro. El caso es que cada mañana, tanto antes de, como tras haber sacado a pasear al bichito que ahora reposa a mis pies, me siento ante la pantalla del ordenador y abro página tras página a la espera de algún brote de inspiración que consiga atraer mi atención y dedicación para aporrear tecla tras tecla. Nada. Mañana tras mañana, día tras día, noche tras noche, agujeros blancos se abren en el Universo de la pantalla de mi computadora y acabo devorado por el vacío, acompañado, eso sí por la música que desgranan Bach, Debussy, Beethoven o quienes programan  los profesionales de Radio Clásica.Agujero negro

Puede que lo que tenga que hacer la próxima vez que comience “Correo del Oyente” sea solicitar un programa regenerador de la citadas neuronas.

Comienzo a leer una novela que está siendo un éxito en estos días, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, de Joel Dicker, y me encuentro con el personaje de un escritor de éxito que se ve atrapado en una de esas crisis en las que es incapaz de hilvanar una historia sugerente. Y me pregunto, ¿seré capaz de escribir algo con un mínimo de substancia un día de estos?

El caso es que sentado aquí, frente a la pantalla, oyendo esta música y conectado -o desconectado- al Universo por medio del ratón, el teclado y la impaciente pantalla el pensamiento va saltando de roca en roca del ciberespacio mientras yo trato de que el vacío situado a la derecha del cursor no me devore. Y entre salto y salto, el viaje a través del ciberespacio y el calor del verano continúa. Que la fuerza o la suerte me acompañen.

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José Manuel Lasanta Besada
José Manuel Lasanta Besada

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